DEL PROCESO

MIMANIC × Claude

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    “Todo” aparece durante, más bien en el medio, de algún proceso. De un estado que se desenvuelve en otro. En el centro de este proceso se da la “cosa”, una cuestión, una quididad. En el centro del proceso de ambas “realidades” que están por colisionar brota el fenómeno que es objeto de separación y disparador de lo que va a acontecer luego. 

    Estoy observando un viejo VHS sobre ciertos cándidos momentos de mi pasado como estudiante de cine y ¡Zas! la cinta se engancha, la imagen se detiene por completo; la realidad se interrumpe por aquello “a la mano”, el artefacto irrumpe en contradicción con el proceso apático e inveterado de la conciencia, que era apaciguada (en este caso mío) por el mismo (artefacto/estado residual de la conciencia). Se produce una oclusión de lo percibido y una aletheia de lo fenoménico en cuanto disparador de una nueva situación de alienación que se padecerá en mayor o menor medida. En mi caso, como dije, sin enfado, pero con preocupación: me dispuse a desbaratar la cubierta del chasis de la videocasetera para poder rescatar el casete de un posible estrangulamiento, seguido por asfixia mortal con desgarramiento de cinta. Imaginando en la acción de semejante operación todo mi pasado sepultado bajo la ignominia del Tártaro, aglutinado por el Ceamse (Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado). 

    No es este fenómeno una síntesis ni una antítesis. El fenómeno es inerte. Meramente espontáneo, predecible, estipulable, porcentualmente medible, pero decididamente microconceptual en sí mismo. Sea por la posibilidad cierta de que se enganche la cinta de video, porque los dos dispositivos en juego son obsoletos, desgastados y con fatigosa falta de mantenimiento. Sin embargo, el evento es de por sí inerte de sus posibilidades más posibles. Es una manifestación única, propia de sí.  Una manifestación que puede ser cuantificada y calificada, y hasta prevista, sin embargo, es en el momento en que sucede un evento sin medianeras. Una nube piroclástica es siempre aquello, que, si bien es algo “anticipable”, no es una superación o negación de lo establecido como volcán. Es cualquier fenómeno previsible (o no) y habitual (o no), más sin embargo acaece como aquello que irrumpe. Bajado por el dedo de un Cesar aburrido de nuestra conciencia tranquila. Es esta raya (/), que no significa nada a no ser que halle entre microparadigmas de lo circadiano. Porque en el revoleo de sustancia supeditada a la manifestación constante por una determinación, por ahora inmedible: en este mojón que surge, y existen las posibilidades de regurgitación. Pero no es el mojón el lugar en sí, sino que se representa a sí mismo. Es una fantasmagoría, no de una interrupción del coito, sino la misma estructura del coito en perspectiva asimétrica, empequeñecida de sustancia a la cual análoga no en sí, sino como pathos putativo del coito en concurso. El invierno y el otoño se solapan por esos pequeños accidentes que reconocemos con nuestros sentidos y que ya son hábito: Las hojas de los árboles caen en otoño anunciando su presencia y su futura ausencia ante el invierno. Ahora, que esto sea a consecuencia de uno y otro, o que haga calor en verano como una categoría más de aquello que se esconde detrás manifestándose presente, no suena lógico. Todo fenómeno es inerte con respecto a su sustento. El calor no está sostenido por el verano, las hojas en el suelo no son una cualidad o rellenas categorías aristotélicas. El calor y la cinta enganchada son acciones fundamentadas en su propia obviedad del hábito, que ocultan en su fenomenalidad una culpa de tradición –como algún anglicismo dicho por un patriota argentino–. No es la máscara de un antiproceso, subsumido en el mismo proceso, pero diferenciando parágrafos de la existencia. Que la cinta de VHS se enganche en la casetera es una revelación de sí, sin esperar respuesta consecuencial. El evento no espera, no entiende, no sabe, no absorbe ni repele. El acontecimiento del VHS es una construcción empequeñecida de una realidad estancada (no interesa cuánto tiempo de ella), que es dispositivo de sí, como espejo alterno (no subalterno) de aquella realidad sintetizada. Entre síntesis existen las rayas, los puntos, las comas y los ecos. Todas estas son regla de una arquitectura que observa el fenómeno desde fuera, lo de adentro es ciego para nosotros. Su mecánica o medición no está disponible aún. Porque la epifanía, la prolepsis mental, la intuición asertiva, solo se muestra dentro de una conciencia que experimenta el estancamiento bien comprendido, sin embargo, este don de adivinación solo es posible entendiendo las aguas en las que uno se encuentra hundido, su profundidad y corriente. Sin embargo, existe “vida” en aquello profundo y que aún no comprendemos.  La vida del fenómeno es en sí y una creación de sí, absolutamente hermafrodita. No está dada por el hábito, ni por categorías trascendentales. Tanto la existencia de la presencia del fenómeno disruptivo como las de aquellos que discurren en el parlamento de lo que está sucediendo, disponen de unicidad consigo mismos. Sin embargo, los fenómenos no “involucrativos” de la persistencia de lo dado en continuidad, prefieren agruparse en una suerte cluster molecular.

    Y, más allá de lo entes intramundanos que puedan fallar en su función de automatismo para con la realidad continua y aletargada, además, existen aquellos que al grito: ¡Esto es un asalto! Para luego, cayendo muertos tres o cuatro frente a uno que, arrodillado, se pregunta al instante si no será él aquel próximo corte a negro de la realidad propia, o un simple dispositivo de autolesión de eso que fluye continuo: Una negación inveterada del espíritu objetivo, por decirlo de alguna forma.

    Ni la chispa trae el fuego por un hábito o por precondición ontológica de como conocemos, sino que el fuego es la reducción óntica de un ser “real”, quien sublima ante los sentidos una fragmentación de un estado de realidad dispersivo. Sin ser causa ni efecto, hábito o fenómeno gnoseológico, tampoco es noúmeno. El evento conquistado por la sustancia es la realidad construida dentro de un pequeño cuadril como la manifestación de una sublimación propia e intransigente de si mismo. Autárquica. Todo acontecimiento secuencial es en cadena de eventos emparentados, aunque no consecuentes. Y solamente emparentados por la conciencia externa del observador dentro de la cadena, como parte de su asociación a la misma. El repliegue de la conciencia hacia la autoconciencia expansiva se da en la disolución de la sociedad que preserva los eslabones de correspondencia. 

    Si bien, nada de esto dicho es nuevo en filosofía, tampoco lo es el fenómeno en sí que emerge en el acontecimiento de un VHS que falla. Era posible que suceda, sucedió. Luego viene la reflexión sobre el tema en cuestión o el enojo primario. En la comprensión de lo que manifiesta este “accidente” con la videocasetera se pueden asumir muchas estructuras que lo sostienen: La culpa (psicológica) por saber que era muy probable que aquello suceda, el lamento (del alma) por una injusticia divina, la burla (del cuerpo intelectual) sobre lo rudimentario de aquel aparato técnico, etc.  El catalizador del evento es siempre humano, la expiación es de sí para sí.

    Supongamos que un calambre atraviesa mi mano y mis dedos se agarrotan (cuestión que sucede a menudo). Dicho evento es una disrupción anatómica propia de algún mal físico, psicológico, patológico. Estos niveles admiten la conciencia perforando hacia la autoconciencia al resumirse. Pero esta anomalía de mis dedos que despierta mi atención componiéndose como lo que ver y sentir no es más que una muda de mi propia realidad al determinado evento que padezco. Es una figuración atómica de mi existencia, sentida desde la perspectiva no autoscópica. El afuera del fenómeno es el yo que siente, que piensa y evoca. En el momento en que mis dedos atraviesan la metamorfosis hacia el garrote, la coincidencia de mi experiencia con mi esencia general hasta ese punto del espacio-tiempo, la realidad profunda deja nacer una semilla en la que se resume lo que aparenta esta coincidencia elemental y figurativa. Porque la señal del calambre en su manifestación casi matemática con respecto a mi ser, hacen de este dualismo una ebullición hacia nuevos momentos de mi porvenir. Cada instante que entra en dialogo con lo que es en automático, termina descomponiendo la onda uniforme en coordenadas de aceptación por parte de la sustancia reorganizada. Este reordenamiento procesual hacia el porvenir variable no determina a ninguno de ambos. Se complementan como coordenadas de separación. La acción prosigue y el movimiento continúa sin detenerse. Lo que instaura el movimiento son estas polaridades fuera de la cadena de realidad, fuera del mismo movimiento. Nuestras acciones provienen desde otro espacio-tiempo y no fluyen en él, se reorganizan “aquí”. Sin embargo, este otro mundo casi platónico no lo es tal, es inmanente y es referente. Es decir que es una organización reticular de “metriculas” (subatómicas unidades espaciotemporales) explosivas, detonando en este espacio-tiempo, como huevos naciendo. El orden es aleatorio fuera de la conciencia que ordena aquello y le otorga cierta identidad. Este carácter kantiano es también comprender que lo que se ordena, carga a esta realidad entera inseminada consigo.  Todos los juegos en la sucesión de eventos en los que participamos son estructuras neutras, con una esencia que nuestra conciencia actualiza. Bebemos de ese néctar y lo sintetizamos. Igualmente, eso de lo que bebemos es adecuado de sí, con su propia historia. En el complemento con la conciencia actualizadora cobra su sustancia. Esa sustancia, empero, es una burbuja o cáscara. Mi anomalía física es una matriz actualizada por mi conciencia sobre aquello que resume el total de mi realidad posible hasta ese momento, y además seleccionada no por un orden trascendente sino por una figura físico-mental de comprensión.

    Una sonrisa resume un momento, pero además concentra toda la experiencia sustraída en el instante. Todo epílogo consume su combustible, toda muerte ha comprendido lo suficiente. Este trasmundo epifenoménico no es una realidad fuera de sí, es un instante antes siempre de que ocurra lo que ocurre: se enganchó la cinta de VHS. No está emplazado en el tiempo, se halla en directa relación, pero desplazado en volumen. Si observamos una gota encontramos en ella la monada que incluye al en sí del agua, a su quididad. La esencia es que no hay información sobre ella. Solo podemos entender que funciona como la gravedad en la tierra. Que es. Y si es, será porque debe ser obligado por nosotros, por si mismo o por otro. Este persistir es una equivalencia dormida. Por ello, todo movimiento de timón es lo que podemos realmente experimentar como anómalo, a la manera de gruesas gotas de lluvia. 

    Toda la anterior metafísica es producto de la fantasía. Una fantasía que se elabora en la imaginación. Imaginación que reestructura los campos de sentidos y alumbra los giros de este relato. La evocación teórica de los párrafos anteriores son una manifestación que aflora tal el calambre de mis dedos o el VHS deteniéndose en seco. Imagen oscura de un proceso que es tan íntimo como interno que se confunde con todo aquello absorbido de la cultura. Este regurgitar poco específico de nuestras lecturas. Este renacer deconstruido y barajado reserva lo ineludible: El hambre, las necesidades fisiológicas y el sombrío futuro en la muerte. Pensar teóricamente en su forma más primigenia de contemplar a Dios, requiere de prescindir aquello que nos encarcela en una identidad animada y animal. A las idénticas vicisitudes nuestros relatos corresponden, aunque en diferente orden o mixturas epocales. El VHS deteniéndose, con todo su gravamen de memoria dentro de él, vuelve al artefacto un inerte referente de aquello: lo más preciado que ahora está en peligro. Como si borrasen mis pinturas de los venados cazados durante nuestra vida en el paleolítico superior. 

    Porque hay que comer, y la memoria es siempre una anticipación de la comida necesaria para generarla. La memoria se alimenta de alimento, tal nuestras acciones y pensamientos posibles. La memoria sabe que si no come desaparece. Y es por la memoria añorada que el hombre sale a cazar, para conservar la presencia de sus antepasados. Una narcolepsia generacional de repetición. No comer es no recordar. Si recuerdo es porque comí y permanezco vivo. El recordar es la expresión de la espacialidad de un momento querido, sufrido. Evocar aquello que no surge como lo fenoménico de una contingencia (Mi cinta de VHS enganchada al vetusto cabezal), involucra una energía propia. Es una libertad. <<<< 

                                Libertad condicionada, no obstante: libre.


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