GENEALO-MUSICOLOGÍA
La “experiencia musical” durante mi gestación nadie tiene una idea clara, salvo que indague en lo profundo del tiempo perdido de los otros que me son ajenos, al amparo de aquella proximidad biótica y social que uno arrastra consigo.
En los setenta había música en cassette, en disco, en películas y por radio. Algunas imágenes de mi nacimiento existen en super-8, que, luego, al digitalizar durante mis veintes, musicalicé con la fanfarria de Superman compuesta por John Williams (vaya a saber uno por qué).
Bastante rock suave y pop: Neil Diamond, algún disco de John Lennon, Elvis, Los Gatos, Joan Baez, Paul Anka, Johny Mathis, Creedence Clearwater Revival, junto a discos infantiles de Chico Novarro; todos (la mayoría) subsisten dentro de mi batea. Esos long play son anteriores a mi existencia, por lo que deduzco que eran los que sonaban en casa mientras yo estaba en el vientre. En el hogar se escuchaba música con regularidad.
La memoria alcanza a 1982, mi primer disco: Clemente. Cánticos, chistes, y música popular. Otros discos anteriores y de mi hermana mayor, aunque absorbidos por transferencia: Meteroro (disco desaparecido), Parchís (fanatismo absoluto). Quizás la primera canción aprendida con fervor: La marcha de las Malvinas. No obstante, anterior a esa: Yo soy un robot muy inteligente. En otro escrito reflexionemos qué nos quisieron exponer aquellas forjadoras letras.
En el intento de recordar surge el desorden. El orden está dado por lo que se presentifica en el cálculo; la evocación es pura caza al boleo, el caos.
Sí, a nivel general, la música fue importante durante mi infancia. El equipo y la calidad sonora también eran temas de relevancia. Teníamos buen equipo: un combinado o equipo de multiformato. Radio, Cassette, disco de vinilo (como se los denomina hoy). Parlantes de 8 pulgadas con una potencia decente de 40 watts. Mi viejo grababa de la radio, elegía las canciones, producía sus mixtapes. Se disfrutaban durante los viajes eternos a la costa en aquellos febreros con vacaciones pagas. Esos mixtapes, sin embargo, proseguían una línea editorial propia, aunque basada en la exigencia de mi madre que mi padre aceptaba como parte del contrato filial: No debería haber canciones en castellano. Para mi madre, la música era en inglés; cada tanto, en rebeldía, aparecía alguna gema vernácula que mi viejo se negaba a quitar.
Durante los años que comprenden mis 8 en adelante comencé a escuchar otro tipo de música, la “propia”. Influido por mi hermana mayor aparecieron en mi vida: Ramones, Iron Maiden, Culture Club, U2, The Police, y, especialmente, Mozart. Influido por la fascinación con la que me atrapó la recién estrenada película Amadeus (1984). Film que fui a ver cuatro veces al cine durante ese mismo año.
Mi infancia y adolescencia se encasilló casi exclusivamente, en cuanto a lo musical, en el heavy metal. Con todas sus variantes y nacionalidades. Algo de música clásica, como mencioné: Mozart, Beethoven, Albinoni. No mucho más, no había tiempo para indagar en todo... La literatura, el cine y el heavy metal prevalecían la mayoría del tiempo. Incluso, cuando llegó el primer instrumento musical a mis manos – regalo de mi hermana– (luego de la tradicional y odiada flauta dulce, marca Melos), un bajo eléctrico. Lo primero que quise aprender fue una canción de Maiden, sin siquiera tener que pasar por el aprendizaje de ninguna escala. Asistí a clases de bajo, duré dos meses. El ejercicio de la paciencia no era lo mío, aun no lo es. Todo debe ser “ahora”, antes que el deseo se consuma y mi atención recaiga en otra cosa que brille más. A los 15 años ya había vendido el bajo eléctrico, luego de algunos años infructuosos de digitación (todavía puedo ejecutar a velocidad la pentatónica mayor de La, estilo rockabilly. ¡Es algo fundamental! insistía tanto, aquel profesor...).
Frustrado, proseguí con la guitarra por medio del revolucionario método Ilvem. Primero criolla, luego acústica, finalmente compré no una, sino dos guitarras eléctricas. Portaestudio a cassette Tascam, algunas composiciones propias, unos covers. Insuficiente de todo; descubrí lo poco que me divierte la ejercitación de cualquier cosa. Un par de bandas donde toqué el bajo, “otras” la guitarra. Una en la que canté. ¿Se puede decir que lo intenté? Ni idea. ¿Me divirtió? Por momentos, sí. Pero, por lo general, los demás eran mejores ejecutantes que yo, y se dedicaban a la cosa con maduro desempeño, ahínco y voluntad. Lo ensayado, lo que se ejercita en la repetición me aburría. Me aburre. Lo que se da en el momento de libertad es más disfrutable. Así no funciona la música. Al menos, no la que se precie de querer alcanzar ciertos objetivos. Aquellas grabaciones por algún lado andan. Algunas fueron a parar como banda sonora de mis cortometrajes estudiantiles (en la carrera de cine).
Quizás prefiero adorar ídolos, asistir a recitales, escuchar su música, dejarlos que sean lo intangible. Durante los noventa fui descubriendo bandas nuevas: Radiohead, Nick Cave and the Bad Seeds, Depeche mode, Nirvana, etc. También conocí la noche y su exaltada música... Poco a poco, o de golpe, abandoné cualquier intento de interpretar con instrumentos. Sólo subsiste una guitarra con falta de mantenimiento, la que conmemora a aquellas épocas. Hoy, además, poseo un teclado Yamaha con el cual improviso lo que “pinte” muy de vez en cuando, si tengo ganas o estoy con los estados “alterados”.
Me divierte editar música cuando compagino video; a esto me dedico profesionalmente, entre otras labores que incumben al ámbito audiovisual. Creo tener buen oído para el tempo y el mood que requieren determinadas escenas con las que habitualmente trabajo durante cualquier sesión de edición. Sin duda (creo), que creo tener sensibilidad. Al menos creo (dudo) que así lo ven los demás con los que he trabajado. Cuando dirijo alguna serie me he acostumbrado a llevar un equipo de música portátil (esos de bluetooth) con el que musicalizo la jornada; predispongo al equipo de trabajo mientras ellos ponen luces, la cámara, o arman un decorado. También me ha servido principalmente para asentar el tono de que va la escena a rodar. La música describe (e inspira, conforma) mucho más que algunas torpes explanaciones a los actores, o la mera letra de un escueto guion. Descubrí, hace relativamente poco, que en rodaje la música es una herramienta muy importante para canalizar el sentido de lo que está por filmarse. Concentra a un grupo de treinta/cuarenta personas dentro de una afinidad única, sin distorsión de la razón que siempre divide.
Gozo de la música, tanto es así que concurrimos con mi mujer durante nuestras últimas vacaciones a un concierto de la Orquesta barroca de Barcelona realizado en un pueblo perdido por el desierto de Túnez. Ambos lo disfrutamos supremamente. Consideramos la música una parte fundamental de la existencia. Intentamos escuchar todo el tiempo algo nuevo: hay temporadas de jazz, de Bach, de Erik Satie, de Piazzolla, de folclore, y, a veces, si se debe disfrutar de lo popular, soportamos lo que se escucha. El famoso “ponerle onda” para que no nos vean como dos viejos amargados que únicamente ven películas Fellini. Cada día cuesta más, sin embargo. Tal vez sea la edad, o quizá el empobrecimiento de todo lo cultural.
Así, en este caos evocativo, recuerdo haber cantado en bares con alguna que otra banda de amigos. Dos o tres canciones, siempre las mismas. También recuerdo: En mi casamiento perpetrar una performance de Elvis.
He cantado en público, algunas alcoholizado y otras no. Eso es una tilde ya hecha,
quedan otras pendientes. ¿Grabar un primer disco con canciones propias? No me atormenta.
Concluir algunas pinturas, filmar otra película.
La vida necesita más años, ya que la dedicación a una sola actividad es prisión que no se
merece. La música reside “allí”, la componga uno, la ejecute otro, no tiene dueño más
que de sí misma. Todo lo que sea inteligible, pero que se formalice mediante una actividad con herramientas puede estudiarse como idea pura también. Esto no necesita de ensayo, solo
sensibilidad que, en definitiva, es cierto tipo de entendimiento.



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