LA DECONSTRUCCIÓN
PREFACIO
Escribí este cuento en cuadernos, en bares de Argentina y California, a lo largo de gran parte de 1997. Lo finalicé en enero del año siguiente.
Recuerdo que el título surgió por sí solo durante mis años como estudiante en la Universidad del Cine, aunque estoy casi seguro de que, en ese entonces, no tenía conocimiento alguno sobre Derrida. Tampoco había realizado un análisis profundo ni filosófico de Nietzsche, y mucho menos de Deleuze. Sin embargo, había tomado ciertos conceptos de lo que había leído: La náusea de Sartre, El ocaso de los ídolos, Ecce homo, Imagen tiempo e Imagen movimiento, además de fotocopias fascinantes de Georges Bataille y Paul Ricoeur.
El origen del título sigue siendo un misterio. Quizá lo escuché en algún comentario de mi profesora de semiología, o tal vez lo mencionó mi gran maestro de Pensamiento Contemporáneo. No lo sé con certeza.
Lo que sí tengo claro es que el cuento está estructurado en tres actos bien definidos, con ideas bastante claras e inspirado por Melpómene, la musa de la tragedia. Para esta publicación revisé aspectos gramaticales, pero decidí respetar cada oración y cada idea, por más ingenuas que puedan parecerme hoy.
Debo agradecer a muchas personas, pues este cuento sobrevivió gracias a la generosidad de amigas y amigos. Fue un manuscrito perdido, rescatado a pesar de roturas de disquetes y otras vicisitudes... pero esa es otra historia.
LA DECONSTRUCCIÓN
I. LA CAÍDA DE LOS FARAONES
Pronto comprendí que me hallaba bajo el hipnotismo de la ideología reinante. Deformado, moldeado bajo una superestructura que me corrugaba como al cartón prensado, pero que a su vez me mantenía respirando; aunque sea tan solo una exhalación esclava de la maldita materialidad biomecánica, falsamente llamada: “Lo real”.
Abrí las ventanas ilusorias de mi habitación y pude observar el cielo y la tierra juntarse dentro del horizonte de mi percepción ocular. Reparé en los techos y cúpulas que intentaban alcanzar ese cielo anaranjado y lejano. Noté sus cruces y torres, esa primitiva manera de llegar a la razón.
Los observé deambular como hormigas momificadas con sueños capitalistas. ¿Qué los impulsa a vender sus cuerpos flácidos en este mercado de mentiras sin enunciador? Caminan, inhalando el humo febril de sus chimeneas, los templos industriales que rinden culto a la serialización de la consciencia.
El sol cayó tras el horizonte marmolado, amansando las ambiciones de los peones de lo irreal. Regresaron a sus lechos de muerte cerebral. Pobres hormigas, incapaces de distinguir entre la carne envolvente y el ser existencial. Creyentes ingenuos de un dios que no vendrá, aferrados a salvaciones impresas en libros canonizados por muertos sedientos de poder. En papel marcado la ilusión y una falsa, absurda realidad. Jamás se detienen a pensar que ellos son sólo marionetas de este vampírico “sueño” vulgar.
Aunque sea, ¿tengo una mínima capacidad de dudar? Sin que esta pregunta me conduzca hacia algún puerto concreto y dichoso de especificidad, invadió en mi una terrible angustia. La cruel melancolía que legitima este Gran Imaginario Vivencial. Profunda tristeza y desesperación que castiga los delirios paganos, aquellos que son deseosos de toda la libertad.
Miré el suelo de mi habitación y supuse que me detendría si caía. Así, entregado a mi angustia, me dejé caer como una plomada, corroborando mi hipótesis. Desde el piso, percibí que la ventana, abierta de par en par, ya no mostraba el sol anaranjado. Detrás de mí estaba la Nada. Supe que, si giraba la cabeza, podría ver el crepúsculo acontecer, pero no lo hice. Me arrastré hasta la cama, negando la existencia de aquella ventana y de aquel horizonte marmolado. Acepté la Nada.
Precipitó la noche. Soledad y penumbras. La calle se vació por completo de mezquindad y agonía. Un tipo de silencio alivió mi nerviosa locura.
Inmóvil, casi fetal, me sorprendió una extraña visión: átomos multicolores y pequeñas partículas centelleantes esparcidas por todo el suelo. Una bruma violácea, con un aroma húmedo y dulce, comenzó a rodearme. Reconocí ese olor, familiar y nostálgico, similar al whisky. Con cautela, sumergí la lengua en aquella bruma y descubrí una consistencia melosa y brillante. Tras el primer bocado, mi hambre se volvió feroz, devorando la masa difusa que ahora llenaba la habitación. El sabor, parecido al de una hostia consagrada, me arrojó por pasadizos oscuros. Oí los murmullos de prisioneros de otras épocas, alabando a un dios de masificación violeta. Alas de lujuria y corrosión derritieron mis dientes, convirtiendo mi boca en un ectoplasma vibrante de placer.
Finalmente, la bruma se condensó en un débil relámpago que desapareció bajo mi cama, dejando tras de sí solo las hendiduras de los tablones agusanados. Drogado y líricamente atrapado por conceptos helénicos momificados, me sentí repulsivo, delgado, ignorante. Permanecí en aquel estado durante lo que parecieron tres cuartos de hora, balbuceando ideas incongruentes, hasta que fui arrastrado al letargo por los sueños de Morfeo. No recuerdo si al despertar recordé lo soñado, si lo que aconteció en aquel lapso fue real:
Una luz rala invadía mi alcoba. Allí, en medio del cuarto, una gran máquina repleta de prótesis humanas se contorsionaba al ritmo de Wagner. Aquella monstruosidad recubría la habilitación con un humo denso, asfixiante. Voces de ancianos murmurantes partían de altavoces encastrados a la estructura de un material irreconocible. Una rara materia que se fusionaba con el marco de mi representación onírica. Dedos y pies mecánicos construían un lenguaje olvidado, pero a su vez coreográficamente futurista. Recuerdo verme atado a aquella máquina, viéndome viejo y sintiéndome cansado. Con una cabellera larga, la barba canosa, sosteniendo en mi puño un extraño daguerrotipo del mismo Marx, mientras una mano mecánica me introducía un chip electrónico en el ano. Recuerdo también haber gritado de dolor y, quizá, aquel alarido fue el que me desunió del letargo.
Miré el reloj. El día aún no había concluido. Decidí salir a dar un paseo nocturno. Cerré la puerta de mi habitación ilusoria y bajé por las escaleras del edificio rancio, con paredes verdosas y descascaradas. Húmedo y nauseabundo era el olor de aquel departamento que dejó de existir inmediatamente que crucé el hall principal y llegué a la calle.
Mecánicamente, comencé a caminar sin rumbo. Pronto me detuve y miré sobre mis hombros, asegurándome de que aquel recinto centenario había desaparecido, desmolecularizado. En su lugar, el vacío oscuro llenaba mis pensamientos, un vacío que bauticé como “La falsa enunciación plástica de la imaginación institucional coercitiva”. En recuerdo de falsos profetas.
Una vez más se instaló en mí ese anhelo, truncado por una realidad opresiva, de alcanzar algo que pudiera llamarse felicidad. La desaparición simbólica de mi morada, esa representación socioexpuesta de mi existencia, desdibujaba la introspección del antiguo yo, aunque, paradójicamente, consolidaba esta nueva y amarga aventura existencial. Me encontré atrapado en un laberinto de fragmentos psicológicos, patéticos y contradictorios por igual: visiones de familias desplazadas, armaduras corroídas por la historia y serpientes que se deslizaban entre sombras. Escenas de películas de género y memorias de vidas moralistas confinadas en cajones de madera barnizada atravesaron mi mente como un rayo, dejando un eco punzante en mi consciencia.
Como agujas cayendo desde un cielo plomizo, los discursos de quienes observaban mi miseria laceraron mi andar. Anhelé, entonces, encontrar el bar vacío, un refugio donde pudiera beber sin que me juzguen. Pero ahí estaban los vigilantes en su decrepitud, escrutando con cuerpos apolillados y murmullos cargados con juicios. Se amparaban en una comunidad que pretendía legitimidad bajo un espíritu griego, aunque no fueran más que profetas viviendo en total falacia. Sus palabras, incomprensibles y corrosivas, resbalaban por mi piel, mientras el licor dulce envenenaba mi sangre, llevándome a un éxtasis dionisíaco.
Bebí con locura el líquido hervido de demonios, como si intentara calmar un hambre ancestral. Nunca rechacé un trago, fuera alcohol puro, rebajado o un regalo envenenado de algún extraño. Mi estómago, imperioso, dictaba mis actos, y nadie intentó detener mi abuso. En el néctar, en el delirio, llegaron los recuerdos de una juventud dorada, de días anaranjados en playas vibrantes y océanos insondables. La gente, extendida al sol, doraba sus cuerpos ocultos bajo las capas del invierno.
El techo de mi sonrisa oculta sobre lo patético e inconmensurable era infinito. Recordé cómo, con bufonadas, imitaba las deformidades de aquellos hombres desdibujados por el olvido material, privados de alguna que otra extremidad corporal. Sus huellas en la arena, marcadas por cavidades que delataban las diversas procedencias, parecían constelaciones dispuestas en conjuntos de dos, de tres, hasta de cuatro y de cinco. Por ejemplo: cada bípedo amputado de ambas piernas dejaba tras de sí dos cavidades cilíndricas impresas en la arena. El amputado de una pierna, con dos bastones, puede dejar dos huellas esféricas y un plantar. Empleando una visión cinética hacia estos tres sellos, se puede averiguar el amargo tránsito del bulto que avanzaba penosamente sobre las conchas molidas, quizás hacia un suicidio “sentimentaloide” en el mar.
Aunque nunca llegué a verlos desaparecer, supe que era allí donde ponían fin a su miserable existencia. Ahora, claros los divergentes pasados oscuros recobraron aliento en mi memoria. Pero, subrepticiamente y desde las sombras, susurrantes puntuales de envidia quebraron el abismo de mi aparente indiferencia:
Sobrevolaron mi mente imágenes de una mujer de cabello rojizo y ojos profundos. Las yemas de mis dedos parecían recordar texturas aterciopeladas, una cintura envuelta en un ropaje azulado, terso y suave. Labios fríos, saliva hirviente. La dulzura de un atardecer plomizo y ventoso. Marte asomaba en el cosmos desgarrando el gris infinito, mientras extraños ecos de luceros fallecientes se desvanecían en un océano de huellas.
Pronto su figura se esfumó y disparó hacia el crudo mar. Me vi siguiendo sus huellas hasta la orilla donde flotaba entre sus prendas aterciopeladas lo que parecía ser un gancho oxidado, horriblemente frío, articulado por decenas de remaches negruzcos. Hierros retorcidos de una mano fagocitada por su propio olvido. Me arrodillé en la arena, recordando los tormentosos abrazos con aquel ser deforme, incompleto, abominable... deseado, bajo ese mismo cielo.
Marte destelló un último y fulguroso carmesí. Fundió en el confín del cosmos. Derrotado, arrojé la botella al suelo, mientras el horrible viejo a mis espaldas exhalaba su último aliento. Cruel veedor de mis pensamientos, cuentista de historias que se entretejían con mis recuerdos. Ese descerebrado espécimen me ofrecía vivencias que no eran mías, pero mi desdichada conciencia, traicionera, las hacía propias.
Proferí un profundo alarido y lo observé en su amplitud. Allí estaba, aquel desdichado amante de la materia. Observé su rostro de odio, y aunque mi reflexión sobre el asunto duró solo un instante, supe que jamás podría comprender la necesidad de amar a un gancho mecánico de cabello rojizo.
Pronto, el recinto quedó vacío. Las luces se murieron. Intenté encontrar una explicación para mi exabrupto, para el alarido y para la huida que me dejó solo en el bar. Sin embargo, una extraña sensación punzante entre mis omóplatos me inquietaba. Mientras me arrastraba por una vasta laguna de sangre, no hallaba sentido ni para mí mismo ni para la mentira que el Todo parecía haberme asignado.
El cielo presagiaba lluvia. Las nubes se encadenaban, amenazantes, sobre los tejados y las cúpulas de la ciudad. En la tierra, decenas de insectos pululaban entre las alcantarillas, desarticulados y desafiantes. Minúsculos entes danzaban en el proscenio de los cordones. Tímidamente, el cielo vertió su sangre sobre mi rostro. Las lozas mojadas se encastraban, alejándose hacía un punto infinito, sufriendo extrañas mutaciones por los charcos de agua que reflejaban partes de antenas radiales y rostros supinos.Ruidos de sirenas y automóviles llegaban desde la distancia, fuera de mi alcance visual. Una conocida melodía de los años ochenta partía de un edificio deshabitado. Ciudad furiosa, envuelta en recuerdos oscuros y laberintos infinitos. Callejuelas, pasadizos de un mundo aparentemente paralelo a la necrópolis, pero de similar estructura arquitectónica e iconográfica. Fantasmales monolitos de granito, repletos de tragaluces camaleónicos al son de la luz incidente. Bóvedas burguesas de faraones horrorizados por el cruel destino de sus cuerpos. Creo verlos descomponiéndose en efervescente avaricia, mientras retazos de sus ropas envuelven los huesos desnudos, anudados por gusanos rechonchos, felices, desvaneciéndose lentamente en gasificación volátil – desventurados los pobres de gusanos, porque de ellos es el reino de las momias–.Avanzando entre las tinieblas del ensueño, el raciocinio comenzó a elaborar ideas congruentes sobre mi estado:El alcohol había sido contundente. Dudaba sobre lo acontecido. Todo se asemejaba a una flema turbia de situaciones adversas. Había olvidado la cronología de los eventos; me hallaba en un estado extremo de narcolepsia. Sentía la extraña sensación de leer libros sin hojas, de raros personajes de vodevil, siendo yo el protagonista – ¿No será que los teléfonos celulares están confeccionados para que la gente se controle y no mienta en los lugares públicos? – .La sangre se extendía por sobre la vereda, cumpliendo su misión delatora de muerte; se sazonaba con el agua del cielo y corría por los cañadones de mi cuerpo. Sobrevolé con la mirada mi organismo entumecido. Parecía completo. ¿Hace cuánto que me encontraba en ese estado y cuál era el motivo de la sangre? Reflexioné y recordé al viejo enclenque. La fatal estocada. El ponzoñoso puñal me hizo recordar a Antonio Torres Heredia – aunque no me dirigía a Sevilla y mi padre no se apellidaba Camborio–.Desdichado final sería, de no mediar una conciencia poderosa. Prometí una estrella difusa bajo el mundo de la moral reprimenda, y sin sentir vergüenza, desaparecí bajo el manto del olvido accidental de la tragedia.Doble satisfacción se produjo en mi mortal herida. El cuchillo habría cumplido el deseo de penetración por parte de mi carne efímera, y a su vez, el líquido sanguíneo se desperdigaba por entre los girones de la piel, proporcionando un color amarronado al espectáculo circense. Mi cuerpo estremecía de placer al sentir el roce del asfalto con aquella anémona artificial.De ser el mundo un conjunto de líneas cruzadas, probablemente me hallaba en la intersección de dos líneas paralelas, al borde del abismo de la propia imaginación bíblica. Sin embargo, me hallaba gratificado por la situación y por una vaga luminosidad en mis pensamientos. Una interesante idea sobre el desgarramiento de la sociedad y su propia fundación imaginaria hizo que mi cuerpo entumecido se incorporara.Debía encontrar el significado de la miserable existencia de la razón y su eje de jactancia dentro de la Nada. Negando un Todo coercitivo y aceptando una Nada restringida. Vapuleado por la necesidad de entendimiento, comencé a caminar sin rumbo. A lo lejos, entre las cúpulas, vi un sin fin de aves revoloteando el cielo. Supuse que quizá esos seres tendrían la respuesta que yo buscaba: “Corporaciones de productos avícolas...”, pensé, angustiado.Por mi espalda caían gruesas gotas de falso líquido vital – escapaban de mi cuerpo hacia algún horizonte más prometedor–. Creo que fue en ese instante cuando logré articular lo que florecería como una seguidilla de acontecimientos épicos de sobresaliente performance. Comprendí en un solo instante cuál era el propósito de mí retardada revelación. Presentía una vertiginosa sucesión de eventos de gran magnitud y un ineludible compromiso con la Nada.Toda manifestación es urdida por algo, y alguien, ajeno a su producto, pero que conserva una pizca de lo que crea. Supongo que esto me bautiza como un asesino material, pero con un fin aún no entendible.¿Cómo lograr terminar un lúcido sueño, si uno se localiza dentro y es manifestación de aquel? Determinación al accionar sobre un falso enunciador de mi existencia concurriría en una falsa determinación y, por consiguiente, un engañoso razonamiento sobre la existencia de algo. Incluso del supuesto soñador. La razón última de mi devenir era quizá un deseo interno de revolución y no el éxito asegurado. Es por ello, que el tiempo se desdoblaba en una proyección futurista ambigua y un presente eterno.Prolongué mi caminata entre callejones abarrotados de gente echada y moribunda. Evité cuerpos con gran habilidad. Mis pasos eran lentos y seguros, mientras mi mirada se mantenía fija, altanera. Cada día, recorría los pasillos de las cámaras de gases con gran fascinación hacia la muerte ajena.Mi pulgar destrabó el seguro de la pistola, acaricié su cuerpo frío y sus detalles de terminación: mango de madera atornillada, preciso, elegante. Gatillo de suave segrinado.Aunque las medallas sobre mi pecho parecían pesar una tonelada, mi traje era bastante cómodo e impermeable bajo la lluvia. Los quejidos venían de todas direcciones, emocionando mis odios como una sinfonía de violines. Restos de humanos devorados por ratas y alimañas. Caras deshechas, dientes rechinantes, mientras sus pensamientos se estrellaban contra las paredes y se transformaban en bruma violácea, con un sabor y aroma que me eran extrañamente familiares. A los costados, miles de ratas sucumbían envenenadas. Explotaban por el aire en una masa sanguinolenta. Contuve la respiración durante todo el trayecto, aunque sentí el deseo de ingerir aquella bruma, me contuve. A medida que avanzaba, el terreno se volvía más barroso. Mis pasos, ya vacilantes, se vieron acompañados por el sonido metálico de las medallas cayendo de mi pecho. Llevé la mano a la nariz, haciendo el último esfuerzo por no respirar el hedor traicionero.Finalmente, divisé la salida: un paraje luminoso que logré alcanzar con esfuerzo. Me detuve al llegar, ya no podía escuchar los quejidos, y la bruma había desaparecido. El callejón se había transformado en un pasadizo desértico, sucio. No recordaba el motivo de mi extraña vestimenta, ni cómo un pasado lejano se desplegaba en un presente tan palpable, tan físico. Observé hacia arriba. Recostado en la baranda de un antiguo balcón, el Alemán me observaba, taza de café en mano. Nuestras miradas se cruzaron fijamente. Pude apreciar su imperio desmoronarse en segundos. Di un paso hacia adelante, sin apartar los ojos de él. Metí mis manos en la gabardina ensangrentada y exhalé profundamente, sintiéndome vacío de monóxido. Fue en ese instante cuando comprendí el porqué de su fallido reinado; entendí que mi compromiso era con la Nada, mientras él se aferraba a una ideología monomaterialista que ya había perdido su vigencia. Nuestros objetivos siempre fueron opuestos, desde el principio. Su deseo era reinar, el mío, destruir los reinados. Hacia él debía embestir, contra el primer ente legitimador de la materia, el exponente máximo de la enunciación equívoca. Por un futuro de cristales opacos y sin refractancia.Recordaba haber leído algo sobre el caudillaje Nazi; algún impreso había llegado a mis manos. Los hechos humanos nunca fueron un tema substancial en el desarrollo de mi vida. Incluso, recuerdo haberme reído cuando, una mañana del mes pasado, un titular de los periódicos decía: “Morboso asesino descuartiza familia y luego se la come.” El pánico se extendió por toda la ciudad, las miradas de estupor en las calles se volvió la costumbre. Los programas televisivos, erotizados por el caso, alertaban sobre “los peligros de los asesinos seriales”. El caso nunca se resolvió, y el asesino sigue suelto. ¡Colesterol de una noche! Después de ese asunto, vino una puja entre supermercados y vendedores de vegetales.El Alemán abandonó su taza de café y entró. El momento de atacar había llegado, sorpresa la clave a seguir. Invocando los espíritus de los animales de presa, salté hacia la calle como un guepardo. Penetré el edificio, derribé un par de puertas y subí las escaleras. Paso a paso olí sangre caliente –más tarde supe que era la mía–.Finalmente, llegué a su puerta, golpeé dos veces y se abrió. Desde el interior apareció un anciano, decrépito, deslizándose con un bastón ortopédico de tres patas. Tembloroso como una hoja seca, me observó sin poder articular palabra. Lo eché fuera con un solo puñetazo. Con el Viejo fuera del camino, me lancé contra el Alemán. Me aferré a su cuello como un vampiro en celo, derribándolo al instante. Furioso, torcí su cuello y, con mi talón, le propné severos golpes en el hocico. El Alemán debía sucumbir, y con él, una parte del Gran Imaginario Vivencial. Era necesario que comprendiera la mínima expresión de la vida material, para que pudiera entender la verdadera magnitud de los propósitos que la Nada me había encomendado. Sentí mi sangre latir con fuerza en mi pecho, acelerada. Mis ojos exhalaban odio. Sin darme cuenta, uno de sus brazos logró soltarse de mi frágil agarre. Su codo impactó con fuerza en mi mandíbula. La habitación se iluminó con estallidos fluorescentes y música celestial. Rostros sonrientes me rodeaban, yo contemplando el dulce néctar de sus bocas. Recibí otro golpe en la espalda, esta vez del Viejo, quien me atacó con su bastón de tres patas. Éxtasis completo.No despertaría por mucho tiempo y tampoco sabía a qué despertar. Las realidades paralelas florecían, cada una de ellas con una esencia similar. El límite de una realidad y otra radicaba en el deseo y la elección. Por tanto, dejé de lado el Alemán por un rato.Recordé a la mujer de cabello rojizo, emergía como manchas de persistencia retiniana. Me vi junto a ella, bajo el limonero de la vieja casa de mis padres. La cantata de sapos y el olor de hogueras lejanas invadían mis sentidos. La saturación de un cementerio cercano llenó el aire.La brisa soplaba suavemente por su rostro, inundando mis fosas nasales. Sus ojos brillaban como antorchas prohibidas en la inmensidad, llenos de un deseo. El eclipse lunar se reflejaba en aquellos dientes afilados, mientras sus frías manos acariciaban mi latido pecho. No conocía su nombre completo, solo sabían que la llamaban Lucila.Muerta hacía tiempo. Decían que no pertenecía a este mundo y que su amor estaba destinado a otro, a un hombre viejo que siempre lo fue.Ella muere cada noche bajo el limonero, y yo la visito con frecuencia. Amantes, nos tendemos bajo el árbol a conversar, aunque nunca con palabras. Lee mis reflexiones y yo su cuerpo. ¿Algún ser podrá comprender el amor que sentí por tal ente ligero?Oscuras estrellas resplandecen nuestro secreto romance. En ciertas noches, huimos al cementerio a desenterrar cadáveres. Solíamos discutir con los muertos en un dialecto que ella me enseñó, pero que ya no recuerdo. Y si bien la palabra del muerto es axiomática, por ser un final, es la más sincera.Jamás hablamos de aquel Viejo. Él la había creado y tenía el poder de desbaratarla. En ese tiempo, amaba a Lucila. Último ser inteligente del mundo. Las noches se transformaron en semanas, las semanas en años, y todos esos años fueron otoños, y todos esos otoños, Lucila...Todo cambia, la luna nueva. Su cuerpo comenzó a desfigurarse. Cicatrices extrañas brotaron de sus brazos, y costurones aparecieron sobre su piel, que antes era tersamente fría. Agujeros prodigiosos perforaron sus muñecas de hielo. No le pregunté por qué. Sospechaba que el Viejo estaba involucrado en los cambios del mundo, y que su cuerpo se transformaría a medida que la consciencia del Viejo evolucionara y fuera mercantilizada, cada día más moderna.Noche tras noche, su cuerpo olvidaba su propia existencia, hasta convertirse en un ser incompleto, mecánico. Un ser fabril, un abyecto engranaje. Decidí no visitarla más. La observaba desde mi ventana, esperándome bajo el limonero, entre sombras, gimiendo de dolor mientras su cuerpo y mente mutaban en una horrenda máquina. Repudiaba su condición, y al Viejo, aquel ser repugnante.Jamás la volveré a ver...
Hasta aquella tarde en la playa.
Recuerdo el momento en que la divisé por última vez, abrazada al Viejo. Marte iluminaba en escena desde el confín del poniente. Vagaba entre las dunas grises de un invierno nublado cuando los descubrí en la orilla del mar. Ella vestía un traje azul, y él la sostenía con fuerza. Forcejearon, ella huyó hacia el mar tormentoso y crujiente. El Viejo la siguió en un último intento por detenerla, pero no pudo. Lucila se hundió en el insondable océano. Quise gritar el aullido de la angustiosa alegría, pero mi voz se perdió en el viento. El Viejo, arrodillado en la arena, abrazó algunos restos de máquina que el mar devolvía a la orilla. Excité mis oídos con los llantos que alcanzaron hasta donde me escondía.En segundos, el día enlutó y no vi más. Acomodado entre la arena escuché los llantos del Viejo durante toda la noche. No sentí pena por él, al contrario, me invadió una alegría frenética, extraña, siniestra. Lucila era parte de la memoria de un pasado, lo mismo que el Viejo.Hasta ayer, en el bar...Retorné al conocimiento sin saber quién era. Me suponía joven, apuesto. Pasé largo rato desquiciado. Pretendí abrir los ojos, pero no respondieron. Me esforcé por articular palabra, pero sin éxito. ¡Si tan solo pudiera escuchar algo! Mis manos estaban atadas, el cuerpo flagelado. Era víctima de horribles asesinos de ideas. Era Dios hecho hombre, crucificado por falsos profetas. Ra, Osiris, Alá, Jesús, SúperNada.Alguno tiró un vaso de agua sobre mi cara, recobré los perdidos sentidos. Aunque los sentidos ya no tenían sentido, observé al alrededor. Para mi sorpresa, estaba libre, sin ataduras, como un cervatillo saltarín, pero perdido en el bosque de la malicia. Mis pensamientos se agolparon en la punta de la boca, y proferí un insólito: “¡Hacia atrás, bruja del bosque!” Recibí un golpe de izquierda que acomodó mis ideas.Frente a mí estaba el Alemán, el Viejo – a quien desde ahora denominaré Viejo II, para diferenciarlo del Viejo I, que en realidad es el Viejo II disfrazado de bonachón. El Viejo I pertenece a otra realidad, a la de Lucila y con maléfico antifaz. Ninguno de los dos se conoce, pero actúan de manera similar debido a una conciencia combinada que comparten–, y el asesino serial que come personas.El Viejo II se acerco a mi nariz y escrutó con ferocidad las fosas nasales. Introdujo sus dedos y excavó buscando mucosidad. Cuando por fin lo consiguió, lo llevó a la lengua. Sus facciones dibujaron la sonrisa amplia de la satisfacción. Avistó sobre sus hombros a sus secuaces y asintió. Yo jamás perdí de vista a esos otros dos, que se relamían famélicamente. No pude creer lo que veía: el Viejo II llevaba puesto un chaleco naranja sobre un sobretodo marrón. Eso era una falta de gusto, algo indigno de mi historia. En cuanto a la "flemofagia", no me sentí para nada asqueado. Yo también había comprobado el sabor irresistible de mi propia mucosidad. Lo que sí me resultó extraño fue que yo ya conocía sobre la existencia de aquella secta, evidentemente, me había despreocupado demasiado sobre el asunto. Como hombre de mundo, conocía de esos rituales y de la extraña alimentación de grupos semejantes. Mi negligencia me convirtió en víctima de una violación nasal morbosa.El Alemán saltó sobre mí como un puerco sobre las bellotas. Intenté defenderme, pero fue inútil. Succionó mi nariz hasta que extrajo la preciada sustancia. Sentí como el cerebro era ordeñado de su savia natural, hasta que se vació. Borbotones del líquido verdoso burbujearon en sus monstruosas comisuras, ¡y cómo reían, Dios mío!Con un acto heroico, lo empujé hacia atrás y me reincorporé. Corrí hacia la puerta de entrada, como el Valiente de un western de Hollywood, acechado por vándalos y ladrones de ganado. Sin embargo, a pesar de ese vergonzoso momento de sumisión nasal, me sentí en completo control de la situación; con una inmejorable aptitud dinámica. Un trompito luminoso y ruidoso iniciando el frenesí endemoniado de un condenado devenir, el jovial sentir. Al salir, justo bajo el marco de la puerta, conjuré lo siguiente:“El silencio se disfruta en la muerte. La muerte se disfruta cuando uno quiere vivir. Bajo este cielo de cruel descomposición, sufro los espasmódicos estertores del silencio. Sonrientes convulsiones de sueño existencial llegando a su fin. El río de Heráclito es solo el espejismo de una noche de sueño aristócrata. Mi imperfección es el resultado de una negligencia propia, y es culpa de aquellos cuyo fin es legitimarse”.
Todos murieron incendiados por aquel conjuro, carbonizados entre las llamas devoradoras. En completo silencio se esfumaron mezclándose con el aire que antes respiraban. Abrazados, intentando protegerse del calor del fuego infernal. Sonreí ante mi gran victoria sobre el Todo, dejé exequias en un roto caño de gas.El edificio entero sucumbió entre llamas. Nadie escapó con vida. Solo yo «El que soy» pude huir de mi propio poder. Una potestad que la misma Nada me concedió en su divina gracia, dadora de los más bellos conjuros.El suceso ocupó un lugar privilegiado en mi galería de recuerdos épicos y folclóricos sobre la mundanidad. Sin embargo, no recuerdo la especificidad del desenlace fuera de esta diégesis, y cómo una adecuada construcción conceptual de ideas de relativa verdad y perfección ejecutó este gran artilugio. Intuí que la articulación de elementos imperfectos de la lingüística, llevados a hacia un patrón en concordancia con la situación vivencial, conforma la acción deconstructivista, alcanzando la verdad en su instancia más engañosa y sometiendo a los esclavos del lenguaje ordinario al averno de su propia esclavitud. No hubo tal perdida de gas.
III. CONTRADICCIONES Y PERDICIÓN
–La extraña sensación de victoria mezclada con desilusión me acobija en las profundidades de las pasiones animales bajas–.
Había dado un golpe maestro a los guardianes del Gran Imaginario Vivencial. Sin embargo, una serie de dudas emergieron desde el abismo. Llegar al final del camino consistía en transitar ninguno. Derrocar la ideología reinante implicaba destruir sus propios productos, es decir: “exterminar tanto a los defensores como a los críticos” «Lo que soy».¿Cómo erradicar miles de millones de consciencias en el mundo? Había comprobado que la Articulación Deconstructivista era eficaz con tres seres aislados y mentalmente débiles. Pero, “¿será tan feroz el convencimiento sobre mis propios actos que pueda borrar, mediante un hechizo, a la masa enunciadora de materia y espíritu? ¿Sería capaz «El que soy» de neutralizar una consciencia milenaria? ¿La cárcel sería el lugar adecuado para ganar adeptos?” Sospeché que no. Escapé, pues la policía ya rodeaba el edificio en llamas.La herida sangraba a cada duda plantada, la única cuestión fundamental era la negación. Ser y seguir negando. Negarlo todo, incluida la caminata, la ciudad, mi muerte, e incluso la Nada misma – debía haber olvidado todo y unido a un circo. Vivir de pequeñas demostraciones de mis poderes con la Articulación Deconstructivista, girar por el mundo ganando miles. Llevar mi secreto a la tumba–.No comprendía. ¿Es necesario ver mi ser «Lo que soy» como la imagen de un fracasado? ¿No soy acaso la razón monolítica, el verdadero gurú de la no existencia y todos sus planos insondables? Y si tuviera al menos un espacio en la televisión, después de juntar un montón de guita, ¿me encontrarían con prostitutas en un motel decadente...? Mi ser «El que soy» se fragmentaba: Moisés dudando antes de entrar a la tierra prometida y el retrato de la Nada cantando bajo la ducha. Era urgente construir monolitos de oro en algún tipo de alabanza. “¡Ya no vale la pena extenderse entre pensamientos herejes!”Me alejé rápidamente de aquella multitud de mezquinos y curiosos. Descendí por una de las bocas del subterráneo y caminé hacia la explanada. Mis ojos recorrieron los carteles publicitarios y otros ídolos del barro. Desde lejos, como desde una profunda garganta, se oyó el gruñido de un dragón infernal. El rugido de una bestia mecánica acercándose hacia la luz, rogando por su perdón. El olor a metal en fricción aumentó, acompañado por el resoplido del aire oxidado. Me acerqué, también de manera mecánica, al transporte proletario, que detuvo su marcha con un sardónico gemido de líquidos incandescentes y hierros torcidos. Las puertas se abrieron, dándome la bienvenida al mundo de los asalariados. Caminé unos pasos desde el borde de cemento hasta un piso de madera palpitante. Las puertas se cerraron detrás de mí. Observé a los habitantes de las profundidades, apresurado me senté en el único asiento disponible. El tren arrancó y la estación dejó ver los últimos rostros de pasajeros retrasados. Sin demora, la oscuridad absoluta. Solitaria cavernosidad, una gran catacumba. Los viajeros adquirieron una apariencia simiesca. Sus cráneos iluminados por un color amarillo lúgubre, como el chisporroteo de una antorcha paleolítica. El movimiento, ahora rítmico, era como el de un corazón con arritmia, al borde de estallar en pequeños coágulos.Rodeado de pueblo, desprotegido. Hastiado de toda ignorancia, mi cuerpo reaccionó con un rechazo de agónica y hermosa vanidad – maldito y tonto populacho,¿cuándo dejarás de agobiarme? –. Pronto, y de forma aún más arrogante, la locura dominó a la risa, seguida del desenfreno. Todas las miradas perdidas y amarillas se volvieron acusatorias, y las paredes se apelmazaron contra mis costados, fundando mi cadalso. Un organismo, sentado junto a la ventanilla, me increpó con labios revueltos y saliva seca; farfulló disparates y miró una estampita de la virgen con el sagrado manto. De misma manera, contemplé esa gran estampita en la estación terminal. Todos veían lo mismo, todos bajamos apretujados.Ascendí y corría un aire dulzón de rio. El populacho se disgregaba y reintegraba en cuadrillas paralelas y adyacentes al convoy inicial. Quería dejar todo atrás y marché por una calle tangencial de la estación, hacia las afueras del centro. El camino se dilató, mi mente se separó del cuerpo. En autoscopía se fundó un lenguaje ambiguo de reconocimiento propio: La mentira hiperrealista del cuerpo, la materia y los pensamientos atados a ella. Los que no lo están. El entorno es lo que da la razón. La razón falaz. La creencia en un Dios muerto concluye en el hombre. Se ridiculiza en el papel que fue escrito. Opiniones cuestionables por influenciables estados de ánimo. Narcotizados, llevando en andas la eterna aseveración decadente. La negación de los hechos sociales. El autor que endiosa su pluma y ansía la imprenta. Infantil, su propio dios y única muerte conceptual. Santas escrituras y seudo-profanas de clara percepción equivocada, como este párrafo cuyo contenido carece de verdades. ¿El dolor del hombre proviene de su obstinada legitimación en el ser?Escribí con aerosol en una pared: “El abandono de las teorías es la redención de la inexistencia” y firmé como SúperNada. Bajé hasta un páramo cerca del río. Me senté entre las piedras y contemplé la ciudad. Una nube negra de smog la abrazaba y la adormecía, como lo hace el opio. Mas allá, fuera de mi vista, un satélite fotografiaba todo a modo de panóptico. Abajo, los políticos, los verdaderos anarquistas, los moribundos, los recién nacidos y “el resto de lo que es”, siempre detestan.Lancé una piedra hacia el cielo, con la intención de dañar al que vigila. Una brisa despejó las amenazadoras nubes. El chubasco viajó. Lavó la inmundicia entre las piedras y destapó originales hedores.De nuevo, los interrogantes que apuñalan: no lograba digerir si, realmente, lo que me inquietaba era una pura envidia. Condenado, un secundario, el típico ignoto que por impotente no reacciona. Incapaz de llevar a cabo proeza alguna. El que se esconde bajo un cúmulo de palabrerías sin sentido, para desconocer desgracias económicas, morales, las excrecencias de la puerilidad del que caga con la puerta abierta y disfruta. Un diablo pobre, infame, incapaz de triunfar, vomitado por un entorno que lo niega. El ente clausurado, adormecido.–La amargura del olvido a un hereje– ¿quién me condenaría? Los talones de Galileo tropezaban dos peldaños debajo de los míos –la iglesia ha perdido el poder de antaño–. Me estremecí al comprender que el Hacer se antepone al Ser, y que absurdamente el discurso institucional creó un manifiesto sobre un Orden posible, según morales singulares de los que siempre quieren tener. Me horrorizó soñar que la órbita de la tierra era una estrategia del mercado de los comerciantes del neón. Profundamente creí en el deseo de ingerir la sustancia violeta, el pensamiento, la ideología, las creencias, el amor y demás males que fluyen dentro.El día resolvió, le dio paso al crepúsculo y, con él, percibí el vaho de una fragancia rancia. Eran pensamientos anacrónicos. Torcí mi mirada hacia unos arbustos cercanos. La frondosidad empañó mi visión y tuve que exprimir dos naranjas por ojos. El viento sopló sudeste y se arremolinó entre las copas de los árboles. Brotó la luna con su luz otoñal. En seguida, el tiempo suspendió el instante:Intento aguzar mis sentidos. El río enumera palabras revueltas que no quiero oír. De la tierra emerge una delgada neblina negra. Respira ante mí un anciano de aspecto cadavérico. Apretado traje, grandiosa y ladeada galera. De los huesudos garfios le cuelga una rienda. Con ella inmoviliza a un desojado ciprés que remolca sobre sus espaldas. Sin decir nada, me uní a su viaje.Oigo un enfático bamboleo y el crepitar de las ramas que chocan entre sí. La figura se recorta enferma y desgarbada sobre el río revuelto. Sus manos sujetan con fuerza la correa del popular árbol de sepulturas. Me siento compelido por la vaga figura, un magnetismo insondable incrusta mi atención, clavándola en cada movimiento que ejecuta. Hipnotizado por el ágora de su presencia visual, me sumerjo en un interrogante oscuro, del orden de lo visceral. Sus movimientos, musicales, connotan la ausencia de materialidad y arrastran mis pensamientos a un seguimiento global de su espectral caminar. Rostro de facciones inertes y pellejos quebrados, evoca el presagio del silencio eterno y un enigma tan corrosivo como inquietante. La escasa luminosidad se disuelve entre las ramas retorcidas del árbol, proyectando una sombra difusa en el sendero del captor.La caminata se extiende casi interminable. El ritmo de sus pasos resuena en el aire denso y húmedo, una danza macabra acompasada por el titilar de un centenar de estrellas. Un instante que se multiplica en mil imágenes: un cuerpo desmoronado observándose a sí mismo, un espectro maniqueo atrapado en una procedencia remota, con una mente varada en el pasado. Vacilo, maldigo mi suerte y la razón de este encuentro furtivo con la esencia misma de toda negación. De pronto, escucho sus susurros, un eco de quejidos enfermos que pronuncian palabras envueltas en una bruma de significado. Carraspea, su aliento denso con mil reproches."Maldito viejo", pienso en un nuevo sortilegio, "aparta tu mirada...". Entre los recuerdos se filtran escenas de Navidad, nacimientos pasados, rostros tensos rechinando dientes, ojos hundidos de santos flagelados. Deseo huir, perderme en la oscuridad de la noche, pero me fundo aún más en las sombras que envuelven este encuentro. Bajo mis pies, la tierra rota, mientras sobre mí, las estrellas y la luna otoñal ofrecen una pálida vigilia. Mi existencia, una baratija inservible frente a los conceptos maravillosamente entretejidos de este espectro. “Qué verde era mi valle bajo su ala protectora y concupiscente. Seré un feligrés incorruptible si el castigo es el infierno eterno. ¿Qué será el inexistir comparado con el oscuro destino de las almas? Será prioritario la acumulación de poder devenido en capital, porque sin existencia no se concibe una ganancia”.Un escalofrío recorre mi espina y reacciono. Me pregunto qué razón puede tener el oso con peluche deshilachado de una niña que ha conocido el poder. ¿Es ese oso el primer observador de su comportamiento? No cabe duda. Si nos justificamos incluso ante los objetos inanimados, ¿qué podemos esperar de todas las teorías insensibles? Escribo estas memorias para que las generaciones venideras no olviden cómo he vivido; y en esa lectura póstuma busco justificar mi existencia después de la muerte. Personajes caricaturescos irrumpen en esta necesidad, un desfile grotesco en mi obsesión.Atrás queda el páramo. Nos adentramos en pasillos interminables, donde el viejo arrastra su árbol y un primate amaestrado de feria lo acompaña. Ambos invocan a Dios, pero no aparece. Está ocupado justificándose en su propia ley. Un segundo intento fracasa, y aunque Dios finalmente se manifiesta, no puedo ser ya más crédulo. El viejo, con sus puños alzados y arrodillado junto a su ciprés de ramas bifurcadas, lo adora como un mendigo conocido. El tiempo retoma su curso inexorable. Me alejo del viejo, pero sus pensamientos cercan mi camino. La noche se ilumina con luciérnagas, almas liberadas de sus fantasías. Cada una susurra saberes eclesiásticos, y sus risas, burlonas, se confunden con la voz de Dios.Recuerdo huir frenético por pasillos interminables, aulas escolares y preceptorías. Deconstruyo todo a mi paso: mis memorias, las del rector de mi escuela, incluso el aire que respiro cargado de smog. Me siento un niño atrapado en la ignorancia de aquel tutor escolar que murió hace tanto tiempo...Exagerado tiempo ha transcurrido. He visto féretros vacíos de sabiduría hundirse en la tierra. Conjuro:
“Y en los espejos de la muerte se refleja el hombre antiguo, un mono y su árbol. Símbolos grotescos de la mentira de la consciencia oficial, animados por la luz coloreada de un rosetón infinito. El incienso costumbrista de reglas inviolables, que dan forma a la filosofía de los torpes y sostienen el cruel vivir de legiones de imbéciles.”
Querida Lucila, te recuerdo en mi pasado y te deseo en mi presente. Escucho la soledad de mi alma, aguardando por tu aparición en esta realidad propia. Necesito anclarme aquí, en este mundo de cruel desventura, o partiré deconstruido...Salté una tapia buscando compañía humana. Tanta infusión de extrañeza me llevó a la soledad absoluta, un estado que nunca deseé. La respuesta de los mediocres es evadir la consciencia y refugiarse en el rebaño. Es un sarcasmo de la existencia, un contrato perverso que ofrece esclavitud a cambio de un sinsentido llamado vida. Soy un simio maligno «El que soy», un metro ochenta de abominable simio-puerco (Lo que es), pero hay otros peores: los simios con poder. Los hay muchos en Hollywood, artistas de la represión.El día concluyó con una expiación insospechada. Hordas de gentuza brotaron del cemento, circundando un oráculo, el incienso prohibido que hace estallar los corazones. Ya no queda historia que contar, ni lengua para describirla. Solo queda un estadio mental, el populacho arrebañado, eufórico, con pensamientos viles que superan cualquier náusea.Son como insectos, dispersan propaganda existencial. Viejos afirmadores de vida: Vitagraph, Vitaphone, Viteltone... Don Vito Corleone. La mafia de la consciencia es la religión y la ciencia, y también el hombre que respira y el que escribe..."Soy yo mismo escribiendo en este aquí y ahora."
©Juan Manuel Rampoldi



Comentarios
Publicar un comentario