EL SUEÑO DE MI PADRE
Gran parte de lo que ocurre durante la inspiración al escribir es aquello que “acontece” en el momento que escribimos. Por ello, diremos que la sustancia imaginación realmente no existe como tal, pero sí prexistiría a modo de forma “presustancial”. Es, en realidad, una enunciación simple y vacía ya que la misma debe desbordar con su propia sustancia en ejercicio para formalizarse. Como jarrón hecho de agua, quien debe contener su propia agua y durante la composición se valora en otra cosa desemejante. La imaginación, viva imago dei: no es de suyo, ni de suya. Será, entonces: del señor Suyo. ¡Famoso mentalista de los años noventa! (Suenan platillos).
La tríptica razón de memoria la concebimos como pasos de una gran mezcla de accidentes que se comunican en espacio y tiempo por cuerpo de entendimiento que emerge en presente, ese ahora. Por esto, en este juicio de memoria nos enunciamos como sujetos de un padre trascendente que nos sueña emergentes del ahora. Por consecuente posición simplista, tragedias de traición entre padre e hijo han de funcionar siempre bien. Traición del soñador y el soñado: ¿es la mentirosa, trapera traición una contradicción a la razón? Esta contextualización de mi presente como escritor de ficción, acometo en recortar la dislexia atómica de escribir con estilo “difícil” (de loco entontecido, o como bruto). Una lucha con mis dedos, artrosis del que no quiere simplificarse. Del adulto pequeñito que redacta difícil por no triunfar en explicarse como es debido. La emoción tornando a la razón como caldo de tinta negra. Expresémonos como adultos, resolvamos eso complejos problemas del universo. No parloteemos a lo niño, utilizando palabras difíciles para saber menos que antes por enredarnos en juegos con dificultoso lenguaje de inconciencia. Ser práctico y concreto, económicos, sin vueltas. A ver, ¿qué querés decir Husserl boy, Deleuze child, infant Hegel? ¿Qué necesita con urgencia expresarse por el Asombro de la pereza que al fin despierta? Final para tanta tiranía literaria, académica – hasta mi experiencia: apenas conectan con sensación de situación –.
Leyes de lo manual y automático que necesitan cierto parámetro para no enfrentarse entre sí, o consigo mismo (el autor). Para huir de la madurez, vivir en fantasía. A veces escribimos (mal) para no morir. Y no sólo eso, se lee aquello que uno necesita leer. Jamás todo lo que existe en el mercado. ¿Qué puede importarme en la vida cierta literatura, si no me he dedicado a las primorosas artes que traman la escritura (aclaramos: el guion de cine no se considera escritura)? Si la miseria positiva juvenil fue la de fornicar y trabajar. Disfrutar la plata, soñar que algún día todo mágicamente cambiará (se hará justicia). Que el artista debe al destino por mortificación de presente con nada, imité al que se observa sobre un espejo enamorado de sí; empavonado por la eternidad con ese reflejo de sueño no tangible. Al final, arte es una especificación de una necesidad. Almorzar y cenar, al menos con algo de decencia. Un camino privativamente contrario a la ofrenda, pero así y solo así han de pagarse todas las cuentas. Sirviendo al mundo con artesanías, muñequitos articulados, prismas de ilusión por algunos momentos brillantes (diálogos internos que llevan a la risa). También muchos otros con lustre opaco (la mayoría de mi obra).
En la voluntad de creación es que se descubre al propio padre soñándolo a usted, como el mío hace conmigo. Repetición de aquel que sueña en su proyecto, y que no sería tal cual la existencia de un hijo sino “una” de sus potenciales posibilidades. Yo y usted, su vecino y el mío, florecemos como una de esas infinitas posibilidades de nuestros padres. Nos erigimos como la posibilidad donada dentro de un cuerpo físico. Las contingencias repercuten en cada uno como sueño potencial de un padre que emerge en hijo desde una dimensión posible. En lo facto del tiempo superpuesto entre soñador y soñado se conserva la retroalimentación de dicha posibilidad.
Cuando el soñador primero sueña en la eventualidad de un hijo que ve morir a su padre, es cuando el soñador ya ha abandonado la posibilidad concreta delante suya por otra – otros – diferente (una nueva, otra posibilidad). La separación in carne de ambos espejos provoca que la posibilidad (yo hijo) de mi posibilidad posibilitadora (mi padre): haya abandonado toda posibilidad presente. Se desconecta al soñador con dicha posibilidad de existencia.
Uno (hijo), debido a esto (muerte del progenitor), dejaría de ser circunstancialidad y se convertirá en Fundamento; su propio referente. La madurez. Llega esa fina y delicada salida del nido, definitiva. La del ¡padre muerto!
El abismo del que hierra, iterando, absorbe de esta tierra hasta un último sudor de la frente. Al final, y como siempre lo ha sido, eso de aquello: “El sueño del pibe”.
Patrocinio de una posibilidad, de un pasado creador que suprime en aquellos que no somos más que contingencia, y ya sin interés alguno (no seriamos conciencia de nada si no recae una intensión sobre nosotros). El abandono definitivo del hogar, por ende, lo provocan, por lo general, los padres. Lamentablemente, esta ley no es de hierro y a veces mueren hijos antes. Residiendo los sobrevivientes a la manera de “creadores” de una mera ilusión o fantasía. Mirage de una posibilidad, como aquel que no se toma muy enserio a sí mismo (y sus posibilidades). No afirmarse como hacedor de posibilidades concretas de liberación es, quizás, una posible y estrepitosa respuesta a la tragedia de hijos prematuramente fallecidos. Pero también es una liberación amorosa, de un profundo amor, pero que requiere un sacrificio entrópico. Cortar la cadena residual de esta anomalía que llamamos humanidad.
Sin querer turbar con esta meditación aquella memoria de los que partieron antes: “cuando no era su tiempo”. Desdicha esta, que tiene un solo fin. Expresarse en horror. Porque desdicha y horror son lo posibilitante y posibilitado. Horror como posibilidad de la desdicha. Si el horror genera la infelicidad, he allí el verdadero espanto. El pathos reparte sin sustento su pura emoción: el caos. Una posibilidad hecha aventura del hijo, conforma una identidad potencial de padre. La muerte temprana acusa un abandono a la posibilidad de volver a reiniciarse. Mientras el padre esté vivo, el hijo permanece como una posibilidad cierta dentro (y desde) del padre; un desdoblamiento de potencialidad. Cuando un hijo muere esa misma potencialidad desaparece y el padre “implosiona” porque se reconoce delimitado; y el decurso del padre podrá ir por ese mismo camino, buscando o rechazando aquello que, sin embargo, no se repetirá.
Todo lo anterior es especulación análoga a las ideas que surgen del mundo del video juego.
Se necesita acción:
Misma noción sobre los Tiempos que concurren con el fin de violentar al alma. “Esto”: es un yo manuscrito de aquello que se habla o dice por acá y allá que debo de hacer. I must act like Perón. Estos “esto” conforman un cefalópodo mutante que emerge desde el seso hacia grandes antenas denominadas orejas. Los “esto” y “esto”, tumores que carcomen células formando una otra cosa muerta. Todos los “esto” que conforman lo que es en tiempo, espacio. Interjección gramatical superlativa en sentido de lo que aparece ante los ojos. Para nuestros sentidos afloran muchos nodos dramáticos “estos” y “aquellos”. Posiciones morfológicas de sustancia metaempírica que conforma relaciones extracorpóreas; sujetadas por el consciente que les concede forma mental-plástica – como lo es el ectoplasma para cualquier fantasma durante una exitosa sesión espírita–. Esto, medio a lo Kant alcoholizado, vendría a ser lo que narraré acá debajo.
La extraña historia del occiso, Monseñor Larumbe:
El hombre en cuestión fue exorcizado por un raro curita del interior; curita que atendió al seminario a la edad de treinta y tres. El exorcizado, un intranquilo por experiencias demoniacas que lo mantuvieron atado a la cama durante siete penosos años, hoy pervive...
“¡Mal de Chagas!” Cavilaban, pero comentaban para minimizar: “Será varicela”.
A la semana: “¡Esos ojos! ¡Los ojos no son los de Andresito!” Y entre baladros y ataderas, aquella calaca viviente yació expresamente sujeto a aquella gnosis demoniaca.
Fue con el correr del tiempo que un eclesiástico interesado por el caso visitó aquella casilla de Alejandra, hermana del mestizo poseso. Allí, ante el sonado, nuestro raro curita, que según comentaban venía desde la provincia de misiones, enunció unos cuantos “estos” y algunos “aquellos”. Este mágico conjuro desnudó al demonio, extirpándolo de aquel cuerpo esmirriado en pena.
Es así, que la vida entera cobró una nueva palidez carmesí. Los prados desplegaron por el viento sobre la tierra azul. La casilla mostró nuevamente aquel lustre que antepasados supieron ostentar. Una gallina puso dos huevos al mismo tiempo, y un perro cantó una melodía apofática.
La vida del desdichado mutó en pasión al mejor estilo cristiano. De la otrora: posesa palabra dicha en reversa, florecieron nueces con sabiduría. Años luego, le llegó también a él la curia.
Un peregrinaje entre distantes capillas. Con esfuerzo, la primera catedral, y años después las mañanas en el vaticano. Monseñor Larumbe, o Andresito el loco poseso de la estancia “El Campeche”, ganó su propia suma teológica. Aquel curita, liberador de los terribles “esto”, había desaparecido del mapa para siempre... Nadie supo jamás qué fue de aquel misionero, y nadie, siquiera Alejandra, recuerdan el rostro ni el nombre del misterioso.
Sí, ella evocaba de vez en cuando ciertos fragmentos del extraño rito de liberación. Retruco de los “esto” y “aquello”. La posesión de “eso” minúsculo que deja la memoria con nubes borrosas de un “esto” liberador. Hosanna en el cielo, hosanna en las alturas. Agua bendita y una cruz de madera que Monseñor Larumbe conservaba dentro de un pañuelo doblado, guardado dentro del cajón de la mesa de su luz donde siempre era de noche.
Tras la muerte de Alejandra, y luego de vuelto a leer Sobre Héroes y tumbas de Ernestito, “Nunca más” despertó aquellas últimas dos palabras que pronunció el misterioso curita misionero antes de marchar bajo la lluvia de aquel barroso arrozal que bordea todavía la casilla de la extinta familia. Monseñor Larumbe, Andresito, el loquito, aquel al que se le escuchaba gritar cuando los mosquitos arroceros desaparecen por un atardecer, escribió una memoire.
Toda la producción de “esto” fue propiedad de un tal señor Campeche. Todo “esto” y todo “aquello” pertenecieron a él. La familia Larumbe era peonada. Así funcionaba armónicamente en aquel entonces con “estos” problemas de supervivencia bajo el yugo del que posee “esto” de afuera y “aquello” que es de adentro del peón. Lo que brutos llaman alma, espíritu o consciencia. El caracú de la vida, mismísimo tuétano de “esto” que sirve para mis “estos” (necesarios y disponibles), y para “aquellos” con que me alimento. Como un feto que se alimenta con “estos” de su madre, el “Trompa” siempre necesitará de algún “esto” ajeno; pantanoso arrozal para alimentar a sus “aquellos” “esto” que conforman su relación de interacción con el gran “Esto”, el mismísimo ancho mundo. En definitiva, los “esto” de aquella familia Campeche, capitalistas de vieja escuela patronal latifundista, serían el múltiple cosmos de los “esto” menores de la familia Larumbe por dos largas y esclavas generaciones. Los universales “esto” para Andresito fueron el arrozal, la lluvia, alguna sequía, millar de mosquitos y la pobreza de sus padres. También enfermedades y consecutivas muertes trágicas.
Nuestros muertos regresan por las espaldas de los vivos; muertos que sostenemos en la inmanencia del recuerdo y dentro del calcio de los huesos. Cansado de las atrofias de los “esto”, las articulaciones de Monseñor Larumbe sucumbieron de recuerdo por su pasado de Andresito. “Ese loquito vomita sangre mientras habla en extrañas lenguas”.
Esto que es “esto” ¿quién o qué será? ¿Seremos “esto” alimenticio que nutre a la tierra? ¿El gusano triunfante de Poe...? ¿No será, entonces, que en los cementerios donde ocurren sucesos paranormales, que la presencia de dichos fenómenos acontece por mor de una usurpación de tierra hacia los vivos? Es, en definitiva, espacio improductivo. Algo así como los mapuches y la supuesta desgracia argentina. La propiedad privada, prebenda de un status en la “realidad” de seres vivos. Si uno no obtiene su porción de tierra en vida, se le otorgará una (si es que usted muere en suelo patrio). Un atajo para los monoambientistas.
Como el caso del doctor Palmetti, quien por su muerte ocasionó la separación de socios millonarios que apremiaban construir gran shopping junto a un cementerio privado. Pero la tumba de doctor Palmetti, y por orden de un juez federal, no podría removerse de su sitio; aunque el estacionamiento a construir solo pudiese ocupar 999 autos y no mil como figuraba en los planos aprobados. Es como Ford entendió al automotor: Si hay que morir no pudiendo comprar una casa ¡y alquilando con esta inflación!, ¡qué mejor que comprar un auto! Cuando muera, mejor cremado e ir por el viento, que público espacio necesitado con el fin de desarrollar una futura escuela maternal. En definitiva, como explicó Zapallo Naroski: las comedias son enredos, que sueltas por el mundo desatinan en concierto por estar atadas a una norma enredada. Una buena comedia será, entonces, el enredo del espectador sobre la línea fija. Digamos, que las pistas para el espectador han de ser claras y únicas; los enredos deben ser el resultado de estos disparadores “unicardinales”. Zapallo Naroski, junto a Horacio Ortiz de la Jota, promovieron el cine de la unicidad conceptual lineal y esférica.
Estamento número 1:
Es la esfera impenetrable que el espectador pondrá en juicio ¡y escorzos! Creando enredos para el que quiere entrar, pertenecer a la trama. La metafísica de “cosa ambivalente en lo cinematográfico” encarna en Griffith, dijo un texto de cine que ya no recuerdo. ¿Pintar a los blancos de negros y el montaje paralelo?
Fue el señor Mayorazgo, el argentino que triunfó con un tercer puesto en las olimpiadas de matemática, que en un pasillo de hotel escupió a David Wark Griffith por la horrenda Pimpollos rotos (1919). Una vez en su tierra y so pregunta por parte de la prensa, Mayorazgo admitió ser fan de Al Jolson. “Jerry Lewis siempre me pareció un imbécil, mi preferido siempre será Dean”, afirmó días antes de morir de viejo en 1977.
Es indudable que quien atraviesa una época de estupidez gustará de cualquier cosa. Incluso, gustará de sí mismo. La post guerra trajo mucha idiotez al mundo. No es Narciso, sino la alteridad de uno mismo sobre el espejo la que aterra. De joven se distingue uno como bello, con gracia al menos. De grande ya no importa porque sobra el miedo.
Buscar los desvelos es un camino oscilante entre cierta perversión y un poco de mala leche. Todos sufrimos afanes y a hijos de mala madre. Todos resistimos y marchamos. El último día de Jacinto Peracho ocurrió de mañana. Después, la noche eterna. Madurar la muerte es propio de los perezosos. Signo de nuestros días. El pan es dado para echarnos sobre el pasto a soñar con mulas voladoras y otras especies que uno observa por Tik Tok. No resistimos más el abuso de poder por parte de financieras que absorben los “ello” por “aquellos”. Y no más frenesí en parque Frenesí. La idea capital que sustenta la “morfoacción” de los esclavos dentro del sistema se quiebra día con noche. Los 90 depusieron a hijos desamparados (con pulsión de muerte elevada) en un dos mil violento y con recurrentes crisis. Este nuevo siglo amanece en la decrepitud del veinte y obliga a repensar las estrategias hacia el futuro de la humanidad.
Se conoce el cuento de don Alegro. Hombre de vernácula educación y pocas palabras. Ladino (aún vive), panadero de Boedo. Un tipo con educación normal, vitoreó a Perón en el año 73 bajo el balcón del “premuerto” López Rega; Lopecito lo echó por la fuerza de la triple A cuando aquel gritó, con absoluto fanatismo, “viva el brujo” a otro que se le parecía bastante pero que no era.
Sucedían las tres de la madrugada y el viejo no podía dormir. Alegro teorizaba que el peronismo era la nueva cosmovisión que originaba un cambio a nivel planetario; tanto ponderaba aquel pensamiento de la justicia social, que una mañana regaló una sana invención: medialunas peronistas para todos los buenos muchachos de esas tres A. Arribaron medialunas secas hasta Tucumán donde se sucedieron algunas escaramuzas; conflictos propios de la “sequedad de las masas” poco almibaradas.
Existe tanta amplitud dentro del pensamiento secular, que uno no recapacita del porqué de tanta payasada política. Habitamos aquí los payasos, muchos equilibristas, unos que se sienten leones, otros domadores y elefantes; todos dentro de un circo de iguales. Ofrecidos en espectáculo para aquellos que vendrán a recoger nuestra mugre.
Una historia sobre tigres conmueve la zona, el proceso de aquellos cuentos de la selva. El recuerdo de ese libro perfumado a Yaberirí, a cabeza de Horacio Quiroga. Una infancia hipodermica de padres que sueñan inmersos dentro de un edén de desgracia acumulada por rancios años que separan la longevidad con el terruño usurpado de la chacharita. Esta máxima explotación de los que más tienen, socialismo y federación. Canchas de paddle durante los ochenta sobre la calle Don Bosco, y, sin embargo, el cementerio... La parcela indigna del que no logró ser propietario en vida, por lo tanto, se la dispensamos cuando muerto. Un peronismo sin Perón.
Una ley para que no andar a los tiros y en perfecta sumisión, es el Avance Técnico de las Cosas (ATC, televisor a color); hoy más que nunca con los televisores de 8k. La tecnología puede empañarnos los lentes, pero la mandrágora que perfuma debe cambiar de olor también. Puesto que en un momento la técnica se acaba y habrá que volver a la fe, con el infierno y todo. Los orientales tienen el futuro, serán sus dueños una vez más. La armonía de lo que por “exceso” hará que reflexionemos. La expulsión del pulpito con sus tentáculos, de las mismas cosas por excesivo stock. Así como los curas bajaron en entropía de negación sobre el monto de bienes materiales que el pueblo supuestamente debía de poseer, una sobrealimentación de las mismas cosas por excesiva multiplicación echará a estos ricos sin rostro. Y el universo de la virtualidad convertirá a estas cosas en otro pasado. Sin embargo, siempre detrás del velo habrá un rico. Los pobres entretenidos con su nuevo dios y sus pequeñas cosas; dentro de un mundo virtual hasta el retorno, debido a una desintegración “virtual” desde sí misma. Y el principio del engranaje virtual en su virtud inorgánica mueve la inercia de lo sustanciado como un nuevo, nuevo-yo. Aquel nuevo-yo virtual acorralado por la diversidad de poderes hechas paredes con instituciones y Zentraedies verán reinventarse la salida a un postvirtualismo de orden orgánico-mineral. Mineral y microbiológico. Amebas de esencia pura sustanciada (unicelulares). Las máscaras irán cayendo con los siglos, y como el fin será la medida de una primera elección, nos percibiremos finalmente Uno; unicornios dentro de sólidas montañas.
Capítulos, más o menos, vemos películas, series y libros sobre distopías. Formamos nuestro propio canon. Varias anécdotas existen en el pasado de algún otro planeta que haya contenido a nuestro sol dentro. Como acá, en la Patagonia, que se incendian los bosques: ¿será porque existe una capacidad de la Tierra por quemar, como lo hace el mismísimo Sol consigo mismo? ¿Es valido declarar que el Sol es parte de la Tierra y viceversa? Los combustibles terrestres tienen al Sol como esencia, ¿qué hay de Tierra de facto en Sol, más allá de la consciencia de uno sobre el otro? ¿Cuánto de asno en el hombre que incendia?
En la ola virtual que nos quiere enjaular cada vez en sitios más pequeños, para que no prosigamos con la creación del extendido mal. Y si nos enfrascaron en la Tierra por ser imperfectos, malvados y sanguinarios... ¿Meternos dentro de en un tubo o probeta virtual hará que prosigamos produciendo al Leviatán entre nosotros? De caja en vaso, de vaso en tubo y, pronto, la celda más pequeña como en Bronson (2008). Abandonemos el pasado, observemos como salir de esta ola virtual, o nos convertiremos en el Señor Latifundio de los pixeles generados por otro fuera del “juego”.
Me aburren los filósofos (académicos y de saco), sus vericuetos de ratón. No me interesa el intertexto sobrador. Me mata la forma abúlica de la exaltación que se relame con otro. Fans de la interpretación, no piensan un segundo nada por principio sino solo por coacción. Pertenezco a los que no se afirman sobre nada. De muchas cosas conozco, pero en ninguna soy experto ni rindo culto; siempre ávido. Saltando entre intereses, algunos bellos y otros infantiles; ¿coleccionismo de muñecos de acción sobre alguna franquicia con monstruos? sí. Mujeres, música, “lajoda”, el “escabio”, los abandonos y depresiones. Todos estos “tormentos” conforman la vida de un vagamundo. El coágulo triunfó con los años, aunque sólo fuese por fuerza de una Voluntad, y de saberme un tipo totalmente intrascendente.
En seguida, luego de esta particular digresión, paso a narrar la horrenda y macabra historia del señor Pachulengo:
Mil novecientos noventa y nueve, la era del full color verde de Matrix. Pachulengo era un hombre sencillo de poco músculo, pero con gran sabor a pollo frito. Solía comer sus heces por el placer de la sustancia propia, excretamente saborizada a Kentucky fried chicken y a menemismo. El señor Pachulengo y sus heces son temas que nos sumergen en las aguas de los “pecesheces” rioplatenses. La boga, ser funesto y perturbador. “Pescados soreteros” los llamaba mi viejo con la caña armada para ejercer su pasión.
¡Aquellos hilos invisibles que buscan presas a rio profundo, turbio e infestado! Mi gran castigo ocurrió una mañana cuando la cubierta plástica que trababa las pilas de aquel, mi primer walkman, “voló” repentinamente sobre el agua. Pronto, aquella pieza clave del walkman desapareció en la negra “marronura” de la podrida médula. Ese abismo que mi viejo y abuelo glorificaban como “El rio”. El rojo de la tapa plástica hundiéndose dentro de lo negro del cauce y aquel vestido de la niña en la Lista de Shindler, homologan el croma de mi funesta escena.
En el inferior de los muchos avernos residimos los pobres junto a nuestros recuerdos. Cuando especulamos sobre gente sin recursos, invocamos a Mercurio y su infierno; cerca del Sol, chamuscado. Méndigo detrás de una estrella. No obstante, todos somos mendicantes detrás del Sol y vagamos por el mar del espacio vacío.
“Venga a nosotros tu reino”. Estrafalaria frase de expresar, ¿no? Y, sin embargo, mucho la repiten cual loros. Y el reino de ¿quién? Y, ¿por qué? Súbditos de quién más bueno del que tenemos...
Si esta conformación histórica es manifestación de la Voluntad irracional Schopenhaueriana que se lleva puesto todo, ¿seremos la contra racional? Sin embargo, mi supervivencia en este estado real de situación es: acatar ordenes; toda mi estructura fáctica, órganos, cuerpo, mente, están subordinados a una naturaleza que rige con puño de hierro. ¿El transhumanismo del cerebro embotellado en una virtualidad o “la vía eterna” serán la conquista contra la naturaleza coercitiva? Porque derivados de la naturaleza, cualquier elemento: Tierra, aire, fuego, agua, contienen el germen del mal. De la finitud. La invasión (el actuar invasivamente) de la naturaleza es dado como sustancia primera, y no como verdadera sustancia segunda. Nuestra esencia, aquello que deseamos ser, y la sustancia natural que nos delimita acortando o alargando ese deseo. Si el ser como deseo y la voluntad natural como veneno funcionan como simbiontes, está claro que lo ordenado residiría en lo armónico. Pero a la sustanciación de lo entes le existen distintos grados de interferencia natural. A mayor densidad de ser (deseo), la sustanciación de la apariencia volverá al cuerpo menos perenne. Esta situación es dada por una clarísima ley (de inversa o de tergiversación del deseante) que rige en esta parte del cosmos. Dicha ley, de sustanciación material de los entes con su reloj biológico incorporado, necesariamente beneficia a un Infinito. Y no por una cuestión de Lebensraum o racismo. Todo lo que se da en un tiempo determinado, será porque la atención o enfoque de la consciencia dura este mismo fragmento. La consciencia no externa (verbo) a los entes en tanto entes, sí en su sustancia material – carnadura –. El que abandona un deseo necesariamente se extingue en aquello físico que propone– esa posibilidad–. Los deseos son libre imaginación de la consciencia que articula (siempre en batalla) con la naturaleza y su “ortoposición” de fuerza antagónica, ya adscrita en el mismo desear (tergiversado). El deseo en algún momento debe terminar como finaliza cualquier multiplicación infinita – cansancio–. La naturaleza de nuestro deseo: negar, dar tiempo y termino al mismo. La gran conciencia individual inmersa en la unidad de los sentidos ordenados comprende que las fuerzas son todas posibilidades, ya sean rectas o antagónicas o asintóticas. Sin ser aquel temible viento asesino de Shyamalan, ese del bodrio cinematográfico El incidente (2008).
Los algoritmos, en lo virtual, serían las leyes naturales del mundo. No esencia, sino una activa sustancia segunda. Lo mismo sucede en esta suerte de interfaz cromática, texturizada y olorosa, que va cambiando de entes como quien se aburre de sus juguetes viejos. La intoxicación que recibimos de la atmosfera nos compone en una suerte de “terrarios” a cielo abierto. Por cavidades de la activa sustancia andamos mezclándonos todos.
“Vivimos revolca'os en un merengue
Y en un mismo lodo
Todos manosea'os” 1.
Parte de nuestra intranquilidad en el merodeo de la cosa urbana es la apariencia – un engaño– de que allí no existen leyes de natural destrucción. En el diseño del hábitat buscamos la tristeza de nuestra seguridad y dignidad. Una holografía de un algoritmo que subyace como la termita, comiendo los cimientos.
La seguridad de nuestra caverna no nos protege de la cura racional, sea en la distracción de quien ejecuta nuestro programa “.exe”: buscamos, entonces, construir colmenas donde unidos podamos aletargar a la impúdica muerte natural. La concentración de las colmenas, su superposición; la endometría de su conservación se ve resuelta por capas protectoras de humanidad junta.
Si bien la muerte llega en singular y de a uno a la vez (aunque sea masiva la extinción), la misma mayoría en masa confunde al hiriente y lo herido. No por nada la ciencia proclama la extensión de nuestra expectativa de vida. Esta ciencia es resultado de colmenas sobre colmenas en parámetros regulares de crecimiento. La cultura, el espíritu de cada colmena destilado en miel.
En fin, si la multitud escondida dentro de lo múltiple demora la partida y el olvido del ser en la muerte: ¿no será que el que acciona ese olvido, el que abandona su juguete se encuentra afuera de la colmena? Porque si estuviese dentro la muerte sería aún más temprana. Cuando el decisor decide es cuando recuerda que hay un juguete que ya no le representa. Este juguete, el hombre, es descubierto al aire libre en plena llanura o selva; es por esto, que cuevas y santuarios nos han venido protegiendo por milenios. Entre la larva y el mosquito hay otro insecto que produce, que “este” que es quien decide, ¿puede ser que nada de esto tenga en cuenta? El animal que entretiene, tal el gallo desplumado que arrojó Diógenes a Platón. Diógenes pudo entender realmente esa difamación que existe en la verdad. Porque Verdad es una sola en el paraguas ontológico del “para qué” del hombre maniatado como esclavo.
Si entendemos el para qué, podemos inferir el por qué. Y para esto habría que discernir entre diversas hipótesis.
La construcción de la materia, o su manifestación siendo esta misma voluntad y deseo, requiere encarnar en esta determinada sustancia por su participación activa dentro un determinado orden que no es involuntario. ¿Podemos afirmar que la subsunción de determinados deseos en centurias convocan una manifestación heurística como la presente? ¿Demasiado hegeliano? La materia también va retornando a sí en su conciencia de expansión. ¿Cómo lo logra? Quizá a través de Gaia, ya que su constructo mundo sería la solidificación sustancial de su inconsciente. La materia busca en su ímpetu manifestar su orden en el cosmos expansivo. ¡Viva Giordano Bruno! ¡Viva Perón!
De mayor importancia es el tema sobre la compactación de basura, si todavía deseamos habitar este planeta por más años. El chatarrero orbital será como los Rappi del hoy. Fuente inagotable de pobres diablos ganándose el pan y arriesgando su vida en vehículos no aptos para epopeyas con pizzas que arriban siempre frías. La mozzarella condenada a la frialdad, diferente estado al frio de antes de hornearse (la bendita alquimia). Una enjundia con los órganos expuestos, cuajos y úlceras de compuesto blancuzco y de sabor intenso porque se ha nutrido del tomate y vapores de harina quemada.
La ilustración de mi época asume que todo es pan (comida). Y ciertamente lo es. Pero “pansustancial”, emergiendo como voluntad del deseo de un loco; creo que nadie lo asegura. Sin embargo, estamos en condiciones de afirmar que el que nos domina es el mismo Diablo, invisible y fuera de esta “pansustancia”. Creó a Dios para tapar su existencia. El genio maligno de Descartes es, posiblemente, pluma de Dios; como Sócrates, un ágrafo. Por ello, el Diablo debe escribir sobre su existencia por medio de exégetas platónicos. El “robo” en la financiación de templos es siempre dinero mal habido. El Diablo habiendo creado la imagen del Dios, luego de muchos dioses, continuó profiriendo excusas para su propio entretenimiento. Hide and seek. Así es como trabajan las criaturas de la noche. El espectro que suma a la humanidad aparece como la demencia de un juego de Rubik. El inmortal que suma a su conciencia hábitos propios por los míos, es simulación del doble concreto: que fuera de este mundo nos sume en profunda ignorancia. Esta asignación mental que se esconde tras el latrocinio de los esclavizados rememora a la expansión de los imperios. Verdaderos organismos vivos. Un gran imperio contiene los órganos justos y necesarios para el triunfo. Estos organismos, instituciones, dibujan una cefálica conciencia con pulsión de guerra o muerte. La máquinaria de los imperios, en sus porciones de disciplina, compiten (entre sí cuando uno declina y otro emerge) por la supremacía de un plan mejor. China elaboró mejor sus comandos, aglutino sus partes, las ordenó todo bajo un plan mejor que los yanquis engordados. Con el tiempo pudo expresar el deseo de potencia mundial. Estados Unidos la vivió bien...
Mi vetusto imperio, el de mi abuelo y padre. Estados Unidos de Norteamérica, hijos de la otrora potencia; una colonia británica. La cultura del desarraigo que se da por adopción en la negación. ¡Y mirá que existen tornados despóticos en el cosmos! Evidencia de que con sangre estamos dispuesto a todo. Los guerreros blancos conviven con los pacíficos que arribaron desde México, habitan intramuros. Los que arribaron sirven para dominar. China deberá recordar que el deseo sustanciado siempre es tergiversado, convirtiéndose en entrópico con el correr del tiempo.
Una Utopía de Santo Tomás Moro. Reflejos de ideas conjuradas para fracasar. Es, por tanto, que todo lo que fracasa parte de una idea fracasada. Cualquier intento en la acción responde a su natural curso determinista. En caso del FRACASO: nace de una idea y se concreta en alguna acción que puede ser compendiada por un ente, cosa, película, libro etc.; el fiasco de ciertas películas y el éxito de otras es por la Idea detrás del evento (ser contrafactual a la razón). Y cuando me refiero a fracaso, lo digo en el sentido exacto de la palabra dentro de una sociedad de competencia y supervivencia. El artista que falla con su arte es un fracasado como cimiente del propio estilo o dilate (y circunstancia epocal). La fachada de la obra no depende solo de su técnica, también de la idea detrás de aquel cincel roto. No se puede separar la técnica de la trama, la idea o el concepto. La idea y el concepto determinan el estadio en la técnica del regiseur. Lo académico que imanta las percepciones de lo bello, lo probo, lo estandarizado, no sería en este caso regla solvente. Es ilógico pensar que la técnica que representa a la Belleza suponga cumplir ciertas leyes. Si la Belleza es el despojo de todo preconcepto, eso que despliega el instante cual abanico de aquello que nos apabulla... Si el virtuoso ejemplo de la Belleza es inesperado: ¿cómo podremos domar lo inesperado con reglas ciertas? Solo podremos estandarizar eso inesperado, convirtiendo a lo que se adviene en la desesperanza de aquello de lo que no “hay” más. Si a la noble atracción de lo que irrumpe le incorporamos camino, esta o aquella obra de arte en particular debería ser el resultado de una de las opciones dentro de ese camino. Si al encuadre cinematográfico se le volaran los índices, límites y escuadras, lo que notamos por gracia de su técnica, entonces, conduciría consigo una idea de libertad detrás (cosa que no sucede). Sería, en definitiva, otro arte. Sin límites – en cuanto al ratio espacial de lo que dejaría de llamarse encuadre –. El cine como arte vive condenado por sus límites técnicos, por cánones de “belleza”, por paradigmas epistémicos que trabajan directamente sobre la plasticidad de eso que pretende relucir. Limitado por su naturaleza (la nuestra), que al actuar lo vuelve sustancia segunda.
Pero aquello que brilla jamás puede tener limites u disposiciones, solo convendría que tuviese fuentes. Y si bien existen dogmas rotos y convenciones en desuso, al cine aún le sobra piedad consigo mismo por abuso de frivolidad, entre otras aberraciones de “sumisión intérprete” (mímesis purulenta). El cine de este siglo, y más dos docenas, perdió lo que nunca tuvo de libertad necesaria y se reembolsa únicamente con margaritas y Dalmacia; con demasiados premios. Encerrado en la propia caverna de hipocresía y vanidad. La belleza irrumpe entre el estrecho ensamble de partes que contienen leyes internas, no necesita de leyes externas para ser inducida y mezclada. Esta belleza es trenza de la cual los atributos cuelgan. Los atributos son leyes externas (pseudonaturales) que imponen los hombres. La trenza en sí, como “hilo dorado”, necesita ordenarse bajo ciertas dimensiones o condiciones para entrar en el canon del peón (del bruto, o del “ciego”).
Todo lo que es Bello – si es que existe tal cosa – no es por tramoya de pensamientos humanos, ni solamente por digestión de nuestros sentidos/cerebro. La voluntad del hombre es limitación, su negativa a la exposición natural en la realidad efectiva. Una tercera sustancia y modo de esclavitud.
Como cuando las liebres se paralizan alucinadas al costado de la ruta: nuestro mecanismo de orden parasimpático ordena lo que brilla en escalas lógicas. No se puede evitar la razón operando, ya que la misma es orgánica por venir de ciertas “proteínas”. La razón existiría a modo de elemento isotónico que se produce por la ingestión o deglución de ciertos compuestos cocinados. O, por tomar whisky con soda...
Viven generaciones de inentendibles entendidos. Pero la superflua acción del ego como marca registrada de cierta peculiar propiedad, contrae la búsqueda del yo a aquello que remotamente se nos parece. Cocinados en la emoción de ser hinchas de un equipo de futbol, bebemos vino y nos olvidamos (perdonamos) del gol en contra.
“Un reinicio y una vida de tormento es crepúsculo en la aurora”, dijo una alguien ascendido. Hombre común, sencillo y bonachón. Un pelagatos que remontó al cielo de los muertos; difuntos que insisten en subsistir. Hombres y mujeres, pejerreyes y merluzas entran al cielo con el coraje de la fe de ver sin creer, pensándose vivos en la tierra, en el ahora de los que permanecemos realmente por empíricamente comprobables...
Este hombre era centro de la galaxia, el pan nuestro de ese yo de cada día. Con esta figuración, el ascendido pudo conocer la Virtud; etapa socrática del primer desconcierto. Dijo: “Virtud es la búsqueda de todo aquello que nos llena de orgullo.” Un orgullo que, al desear virtuoso, florece, como, una, coma, mal, puesta.
Una hormiga sobre el teclado acaba de meterse por el parlante de mi computadora y desapareció dentro. La vida puede interpretarse a sí misma con el desarrollo de la acción de ser-para-sí. Y todo lo que repetimos es una cuna de barbarie. Si pensamos en el pelagatos, digno hijo de Apolo, buscapleitos en el bien... Llegando al mal por evasión de premisas anteriores, por escupir en la violencia del bien. Hay metalúrgicas palabras para sostener este rascacielos de vaguedades. Sin enfermar la cabeza del lector: lo comprendo en su astucia y posibilidad de tenerse a sí en mi. Todo es valido en este lugar, un paraíso para la palabra. Territorio sin tiempo que no estremece, y en el cual uno no debe moverse si se anhela conseguir el mismo tiempo en cada instante. El propósito de existir en esa repetición del mismo tiempo es puramente a nivel de la consciencia. La consciencia determina la progresión de instantes que sobrevienen en bloque. Buffer {...} entre tiempo que entra y el que sale por proyección del inconsciente (naturaleza) sobre la materia; allí, en este instante del Yo mayúsculo, se nos presenta la irrealidad de la espera, el mismísimo purgatorio. Elementales los seres extraños que conmueven al cosmos con su entereza de prexistir, como las alimañas más minúsculas hacia la detracción temporal de los que sabemos. La implosión sistemática de cada instante profiere una suerte de alarido en cachetada, un despierte que se repite una y otra vez. La progresión mental un constructo de una proyección futura. La consciencia del presente tropieza perpetuamente con un futuro de implantación por presentes continuos. La consciencia “afuturada” recopila, ensambla y despacha la secuencia. En este instante quedaría develado el concepto del a priori kantiano. Aquel ilustre a priori es el proceso de ensamble de un presente que se desenrolla. It unfolds on our eyes in the form of pre-rendered sequence. Como hijo de mi época convocamos al render como proceso ordenador de la data a manipular. Este prerrenderizado de la vida no es inconsciente, es desborde de un proceso que requiere del consciente para anclaje y desarrollo, tal cual lo hace un disco rígido. Si replicamos nuestra concepción de la existencia con lo que construimos, nos reflejamos en la tecnología de la propia (nuestra) ontología. Verificando eso que ya suponíamos: que lo empírico es un proceso posterior al ordenamiento de tiempos secuenciales que se suceden con cada agnición eléctrica del cerebro animal. Esta suerte de fusil fotográfico de Marey nos convierte automáticamente en caballos suspendidos en el aire.
Ilustre el postre del hombre excelso que surgió al kósmos de lo quieto. Pedimos plata a los que no dan y damos a lo que tienen. Le monde es una burocracia de agniciones estúpidas en concentraciones ajenas a toda “prerrealidad”. La creación anda construida por castillos de agniciones sincronizadas. Su frame rate es indecible. Porque el mundo permanecería configurado por una autopsia de cadáveres sepultos, frames quemados. Debe de existir una religión “mosaiquica” (de abstractos mosaicos árabes). Muchos intervalos entre blancos y negros donde el presente y el antipresente se desplieguen simultáneos a la esquina de un hermoso salón de fiesta. Buscamos auspicios y faltan donantes.
En el universo donde hallamos este mundo concéntrico, brotamos los de pálida tez y enunciamos al Sol: ¡lechosos acá existimos! ¡Negros acá estamos! ¡Amarillos, lo mismo hacemos por acá!; todos habitamos la búsqueda del mejor Sol. Él, nuestro Inti. Mañana es olvido del ayer. Y el Todo se encuentra en formación de orden secuencial por voluntad de lo que organiza y ejecuta la proyección. Proyecta aquello que surge de la agnición temporizada en la sucesión.
Stalingrado, terrible batalla. Una agnición compleja de un presente agrandado o ensanchado. Porque un presente (Cloto) determinante conforma una secuencia que se resuelve en sí misma. La bomba explotando sobre Hiroshima es un presente en-sí. Su magnitud supera cualquier “prerrenderizado” o Láquesis. La idea innata de semejante detonante es una imposibilidad, demasía de la consciencia que experimenta y sobrepasa la individual, a la grupal y a la mundial. Será un instante que supera la secuencia anexa a un determinado paradigma epocal. La Disruptiva comprende un momento de agnición de lo que brilla por de más. Eso que brilla no sólo enceguece y satura, clausura toda otra posibilidad de secuencia a la que encaminarse. El verdadero Átropo. Dicha trama culmina y resetea. Todo es en reboot. Tanto el horror como la belleza enceguecen por igual.
¡Viva Perón! Bramó mi viejo en el 73, bajo aquella ventana blanca de Gaspar Campos. ¡Viva! Perpetuamos exclamando a ese muerto sin manos, casi 50 años más tarde. Pero qué boludos inteligentes que hemos sido, eligiendo la posibilidad de haberme elegido.
1- Cambalache es un tango argentino compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo



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