Breve sobre Nietzsche
Nietzsche (para mí) el “inconceptuable”, que, en su propia conceptualización contradictoria de sí mismo, creo, se le desbarata un poco la bella prosa… En sus inmensas contradicciones (En realidad, declamaciones incomprendidas) de artista que filosofa. Filólogo, creador de genealogías de aplastante intensidad. Escritor tremendo, potente y mordaz, agudo. Y es, quizá, ¿el tomarse a sí mismo tan en serio, por lo que él cae en la espiral hacia su locura? En este período traumático de la historia del hombre, por aquel camino tríbulo por mor de un cristianismo derrotado, y con aquella incipiente industria, en ese fin del periodo “renacentista” posromántico de su adultez, en aquella transición del que sale de pollo de los grandes “Genios” como Wagner o Schopenhauer, en esta salida aparecen ya consolidados ciertos conceptos éticos como el del amor fati. En la aparición de aquello estoico, eso que se da en una madurez con cierta sabiduría del que se enferma habitualmente. Porque, creo yo, que la vida es el reflejo de la obra del hombre, y porque estoy convencido de que él también entendió que su obra era el retrato de los estadios de su propia existencia.
Distingamos su romanticismo en esta pura ambición, un tanto desmedida, pero asombrosa y que se articula objetivandose con el iluminado Zaratustra. Miremos también el idealismo de una negación, y no sólo la puesta en crisis de un cartesianismo de razón deificada y edificante. A los grandes elefantes de la razón se los convierte en moscas que vuelan con el mismo pathos… Y todo aquello de Kant ahora es, en Verdad y mentira en sentido extramoral, una x absoluta. Lo incognoscible desnudado, como aquello que vive cubierto por cobijas de verdades útiles y mitológicamente blindadas para ocultar a lo que se teme realmente. Y es en esa gran x donde el hombre postkanteano puede hundirse en la inmensidad de la humillación nihilista, o convertirse en otra cosa posible. Transmutar, transvalorar, traspasar esta etapa hacia otra, ya no tan “enferma”.
Nos encontramos en las puertas de lo que vendrá como un despertar casi inevitable, el asunto es qué hacer con todo esto demasiado humano que hemos construido para disfrazar nuestro mundo con fundamentos y con lenguaje. Cuestionando ese antiguo logos, al cuestionarse: ¿Qué es una palabra? para responderse, “La reproducción en sonido de un impulso nervioso” (Nietzsche, 1996, p.21). De un tapaboca habrá que ir borrando las caricias de una verdad mentirosa. Hemos de aventurarnos valientemente en esta nueva creación del hombre (Nietzsche diría o pensaría – especulo –, mientras escribía: Que estoy intentando establecer, pero que, para ello, se necesitan estas nuevas herramientas. No tan diferentes a las antiguas, cosa de que se me entienda algo). Aprender es vivir.
Algunas de estas herramientas conceptuales éticas, y otras mistéricas – como lo es la secularización de una advertencia, tal fue el infierno para el cristiano, y con cierta interpretación particular, y materialista, de lo temporal en la Duat y la tradición Kalachakra (ciclos del tiempo) – con el eterno retorno de lo mismo. Nietzsche nos narra de un tiempo circular, pero atómico. “Unicelular”. Un retorno basado en la elección, en la única posible deliberación entre el bien o el mal. Un “bien” y “mal” particularmente transmutados, en la consideración de aquello, lo que se desarrolla como cuerpo animal, o, como los animales que son de primavera en primavera. Y es ese demonio, que viene a hurtadillas en el parágrafo 341 de la Ciencia jovial (joyful) ¿el mismísimo genio maligno que se le apareció a Descartes?, que reaparece para volver a preguntar si es que uno (el Hombre) retornaría al cristianismo, o si ya no más – Si tuvo lo suficiente… –. Como la inversión de dioses es acorde a su transvaloración, será necesario, esta vez, escucharnos a ver que tiene que decir este hipotético demonio, y de paso reemplazar a Dios y a la razón luz. Y del rechinar de dientes del infierno que ha creado el cristiano-hombre-camello se pondrá un nuevo hombre de pie. Ubicará en la duda “todo”, como lo primero; y como un hombre puente, un hombre preparatorio que se quita al viejo yo de la mochila, subirá esa montaña olímpica hacia el superhombre; la transformación a un verdadero león, uno auténtico, y no intermediado por un amo (al menos no cristiano), un en-sí para-sí. Y es en este periodo de su madurez (la de Nietzsche), cuando Dios muere; en realidad, ya lo hemos matado “nosotros”. Espejando con el relato de Diógenes Laercio sobre Diógenes el cínico – quien buscaba a un hombre (verdadero) con una linterna encendida durante el pleno día–, Nietzsche arma su propia fábula, pero invirtiendo los roles dentro de su lógica que trueca, sin subvertir, transvalora. El Dios del hombre es el Hombre de dios. Ambos buscan lo mismo, tanto Diógenes como Nietzsche, buscan eso verdadero y fundamental (de fundamento), pero lo “verdadero” ha muerto asesinado por “nosotros mismos” que somos tiempo circular. Que retornamos una y otra vez rechinando los dientes, que caemos en las mismas trampas. Porque, “[…]los hechos necesitan tiempo, aun después de que hayan ocurrido, para ser vistos y escuchados” (Nietzsche, 2010, p.440) Y, por ese tiempo (de largo lapso) es que se pierde la memoria por mor de una nueva “razón”. Es por esto, que Nietzsche, se considera incomprendido en su propio tiempo; por aquella mucha memoria que se tenía oculta dentro de un agonizante cristianismo, y que ha devenido en angustiosa estética de nihilización. Porque la barbarie debe ocultarse en lo profundo de la memoria que acaece siempre cándida. Una aurora –se necesita– hasta que se gane (en el sentido absoluto de ganarse algo) un nuevo tipo de entendimiento. No aquella razón idealista comprensiva de un Dios eternizador so pena, otra en tanto que seres contingentes. Una dimensión del y para el hombre actual, para aquel semejante que logra despertar del shock por la rotura del cordón umbilical de su ascendencia solar de rebaño. Escindirse de una vez y por todas con el “viejo hombre”; y, entonces, contarlo todo en forma de cuento, estilo bíblico, a ver si “aquellos” me logran comprender… Como un comunicarse con títeres para poder ser interpretado. (Y, sin embargo…) Pero, hete aquí, el tiempo lo sustrajo al mal descifrado en gran parte del siglo XX, como todo pensamiento que abraza un bien demasiado difícil. Porque amor fati es la condición sine qua non para que la revolución del ser verdaderamente suceda. Es que, sin amor a la contingencia, o al destino de sabernos finitos, a nuestras amarguras y tristezas, o a los dolores por enfermedad y su calma en la salud, en definitiva, amor a todo aquello que es inevitable e inherente a la verdadera condición del hombre, no podríamos desvestirnos para ser lo que verdaderamente debemos de ser. Con amor fati la historia superior emerge. “¡Que apartar la vista sea mi única negación!” (Nietzsche, 2010, p.482) que espeja secularmente con “dar la otra cristiana mejilla”. Es decir, ¿es amar a cada uno pastando en lo suyo, sin mirar el corral de al lado?
Son procederes de concebir diferentes, y que requieren exégesis profundas para comprender, para no quedarse en la mera superficie de lo que encabeza, o con el título de la noticia del periódico de una dormida mañana. Es un contrato. Porque también, lo anterior (y es lo que hoy se estima como lectura válida), puede ser considerado estoicamente; como Hombre emancipado de todo (propio y ajeno) pathos esclavizador. Y de cualquier Verdad ilustrada, y ya sin lustre. El abandono de un fundamento sólido requiere de cierta mansedumbre, no vamos a andar a los tiros… Nietzsche quiere decir que sí, incluso a lo feo. Y eso es muy noble, aunque para él exista tal cosa (lo feo) como posible.
Por lo antes dicho, se sigue que es un pharmakon muy valioso el que nos suministra Nietzsche; el tema es que vencieron más los efectos nocivos que los pasivos en potencia (O, porque su “buena” interpretación hizo que nunca fueran, o porque realmente el Leviatán – monstruo artificial– es ineludible para que se continúen tramando fábulas) La medicina nietzscheana para el hombre frenético es poderosa y deconstructivista del poder de la “verdad”, de su genealogía, del camino a seguir de ahora en adelante (Desde el siglo XIX). Este humanismo, hoy está bastante desdibujado. La apertura de los prácticos inertes a un mundo de razón absoluta abandonó ese perfecto equilibrio entre lo Apolíneo y Dionisiaco, que tanto le preocupaban al joven Nietzsche. En especial, para mí, es un autor que por momentos me da cierta amarga-ternura. Hay buenas intenciones de no querer acusar con el dedo, pero después incrimina a los que le parecen que son unos decadentes.
¿Será que deberá producirse un borrón y cuenta nueva a partir de él? Un: No me pidan que demuestre porque no soy un mesías, pero ¡sí lo es mi creación, mi Zaratustra…! “[…] con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes” (Nietzsche, 1996, p.22) Nietzsche entiende que lo que él escribe, también será incomprendido – lo fue–. A la verdad se accedería en la acción, pero él fue un hombre enfermo que se sentía bien muy pocas veces. Durante aquellas vitales caminatas por Génova, y luego volver a enfermar… Crónico y postrado exige abandonar el fantasma del idealismo (y, sin embargo, suena lógico).
El superhombre será aquel que quiera repetir su vida tal cual es y ha sido. No cayendo en un nihilismo de euforia autodestructiva. Se necesitan hombres nihilistas activos, encausados y no derrotados. Con una propia tabla de valores que representen su voluntad de poder. De poder superar una y otra vez los obstáculos, de aniquilar esos viejos valores y crear nuevos, volver a ser niño para comenzar todo de nuevo. Así el hermoso ciclo nietzscheano para llegar al superhombre como el estadio sublime de la existencia; abandonando al último hombre que se encuentra envilecido, empequeñecido y torturado en su propia cultura. Y, por esto, Así habló Zaratustra es un libro para todos y para nadie; interpretarlo requiere del entrenamiento para con las pasiones, y de la dirección interna entre Apolo y Dioniso que desgarran la propia mente. Es mucho más razonable que la razón triunfe, podrían decir, si no se “dirige bien el espíritu”. Pero Nietzsche no deja un manual, sino una obra estallada.
Lo aparente derrota en cada pantalla encendida, y la docilidad apagada, hoy se ve aplastada por la necesidad existente de todos los días lo mismo, en un eterno retorno de este mismo colectivo en el que me muevo por esta ciudad de leyes impuestas que hacen rechinar mis dientes. Es que, ¿recién nos tropezamos con los umbrales de los hombres preparatorios? Queda un largo camino hacia la cima, apenas hace pocos años hemos comprendidos que los animales son nuestros pares y no enemigos de diversión. ¨Las almas son tan mortales como el cuerpo, pero las cadenas de las causas en las que estoy trabado volverán a producirse y me creará de nuevo” (Nietzsche, 2013, p.176), esto es lo que le expresan los animales a Zaratustra, también, esto mismo me lo hace saber la paloma (con su lenguaje, o sin él) que regresa todos los años para anidar en el árbol de mi casa.
Bibliografía:
- Nietzsche, F. (2010) La ciencia jovial. Editorial Gredos.
- Nietzsche, F. (2013) Así habló Zaratustra. Editorial Edimat.
- Nietzsche, F. (1996) Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Editorial Tecnos.



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