NO HAY MÁS PAPELES
Los papeles, los papeles están sucios de tinta sorda. Todo lo que me dijo fue eso y luego se retiró a su casa con muecas abstrusas y formas corpóreas propias de un almanaque viejo. Si todo esto es verdad, solo lo sabe el cuento que cuenta todos los cuentos reunidos en un libro universal jamás compilado por nadie. Si todo lo que dice el siervo es real, todo lo que el súbdito cuenta como una aproximación a lo que pertenece a un sustrato común de entendimiento, si todo esto más aquello que no me arrepiento de pensar sucede: entonces me convenzo aún más de la propia integridad del mundo extraviado en una orbita dirigida al centro de la galaxia. El mundo astronómico de lo perdido es siempre un lugar difícil de hallar y peor de entender. Si las vacunas para el miembro olvidado de la razón física existieran, también habría médicos en estado de lunfardo próximo a una cura verdadera y no a la estupidez de la mala educación. Por tanto, el viejo que vende los posters de los grupos de música que ya existen en el recuerdo parece más lejano en la galaxia que se nos escapa por el torbellino de un fondo de radiación. En esta particular constancia de evaluación de nuestra paciencia armada por los ejemplos que nos atormentan en el decurso natural de las torpezas ajenas, en el bruto pensar y actuar del prójimo, habría de dejar claro que son de otra especie. Acá hay manta rayas y culebras, en el mismo modo que monos, y primates disfrazados de humanos. No debemos ser esclavistas ni identificar cuerpos, sino mentes, hábitos, estupideces. No seleccionaremos en el arca a esos que realmente no descubren la chispa mínima de fuego prometeico. Quiero dejar esto bien claro: El tuerto de la mente es un despreciable contingente que hay que asumir como lo nuestro. Sin embargo, a aquel no habrá que denostarlo ni herirlo, tampoco manipularlo. Con el bruto se convive en paz, relativa paz interior. En lo externo se lo padece. Padecer al común ciclo de una especie es religar. Intento hacerlo, duele en el centro de la cabeza llena de odio que rebota contra los parietales. Invertir tiempo en paciencia, amasar lo húmedo de la bondad y secar esas raíces que conforman nuestro árbol trepado. No puedo sentir más que olvido en soledad, angustia en vacío por el odio permisivo que no concentra su voluntad en la violencia. El miedo al mono, el pánico y su disolución, de estratagemas que confían en nosotros para percibirlas al instante del encuentro. Por todo lo visto en este mundo distingo que la cosa se aleja hacia un punto irredento de unificación total que derivará en un profundo y serio desprecio voluntario, excesivo y detonante.
El que se iba y se fue, regreso en mis dudas, tal almanaque de heladera lleno de hambre y frio. Me comentó que todos esos años que vivió durante la década de los sesenta fueron de vinculación exagerada para con la propaganda de los mismos. Todo hito de libertad es propóleo que no sirve para nada sino placebo mismo. Que la Libertad se logra con el relato sobre la muerte, dentro de su propia enciclopedia de perturbaciones hallamos el templo de los miedos más profundos. Que esta libertad es cosa de giles, imposibles. La verdadera liberación no se encuentra nunca en la muerte, sino que con el pensar en ella es que aparecen las isoformas de una realidad última. El almanaque de enero del 63, propiamente me dijo: Las estrellas en pirámides que se forman en el pensar, ese umbral hacia el epifenómeno que llamamos muerte es una valerosa demostración de que nuestras ideas son parte del discernimiento de lo que no comprendemos. El morir implica descubrir aquellas formas de la realidad última que se nos aparecen durante el instante previo a la detención total del cuerpo. Este entramado de figuras, digámosle nouménicas, trascendentales, y que se vuelven trascendentes. El comprender no es un viaje, es el instante del cual descarnamos entendiendo un fin total sobre todo este asunto. La película Barbie (2023) es pasmosa en ese sentido. La idea de la propia inexistencia produce angustia, desrealización, y búsqueda de nuevas formas. Nuevas formas ontológicas, y estas acompañadas con nuevos hábitos. Enero del 63 es un instante de ser, una fotografía ontológica que nos descubre con determinados hábitos y modas. Como que la muerte descubre formas y estas pasan a ser interpretadas por los hijos de los hijos en la forma como los cuerpos de sus fenecidos yacen inertes. ¡Porque no me explico la transmisión de conocimiento para reubicar un espíritu múltiple, más que por la experiencia externa de aquel que observa fijamente a un muerto! En el rictus, en la limpieza tanto como en la sangre hay una modelación de lo conocido: sea esto pacifico o caótico. Detrás de cada muerte hay un cuerpo que manifiesta una realidad última que espeja una cognición primaria en el fin.
Transpirado el verano del 63 miró por ultima vez como el otoño envejecía su forma pegada a la heladera Siam. Costumbre que yo imagino en su relato, ya que seguramente los imanes con las heladeras son obra de una posterior fetichización del Tiempo enrostrado. Los almanaques vienen a decirme algo que no puedo jamás recordar, pueden llegar juntos o separados, dispuestos en paredes o pequeños, y los de bolsillo. Lo que nos determina dentro de frasquitos diminutos que llamamos días es rito de estar en todo aparato que llevemos con nosotros: Relojes, celulares, fechas de expiración de tarjetas de crédito, anillos de casamiento, talle de la ropa y envejecimiento y desgaste, todo nos trae la última idea del tiempo mensurable, de la cobardía del que necesita ser inferido para luego ser clasificado. Es que realmente el tiempo es cobarde, destreza en su habilidad de manifestarse en lo ajeno, meros moldes de su presencia. Esta ausencia es como la del viento, pero al menos a este lo podemos oír. El crudo invierno sacó de mi vista al asqueroso almanaque. Inflado de neblina caminó a su casa, donde mi cabeza lo había puesto para quitarlo y ponerlo ante mi. Era tiempo de devolverlo al domicilio que imagino será y fue de mi abuela. NO hay papeles, oír una ultima vez…
Y si no hay papeles que cumplir en el tiempo que nos designan, adentro de las botellitas a las que debemos de entrar. Porque si no hay destino compartido y no existe un único espacio-tiempo primigenio de baja entropía, si mi vuelta al mundo sobre este anima mundi trae regalos que la mente no percibe solo si se da su muerte: Los túneles de luz que hablan esos que dijeron haber vuelto, como Víctor Sueiro y tantos otros. Si quizás leyeron a Platón, creyeron en la libertad de la luz; si todo este esfuerzo mayúsculo es en definitiva estar atados a las representaciones y morir en liberación. Comprender era morir para la tradición antigua. Pero morir sin el uso del conocimiento es una fantasía necesaria para no querer saber, extendernos la vida, promover la salud artificialmente. Nuestro ingenio es único, y los que murieron deseaban morir, como aquella facultad del que puede desconectarse de la representación cambiando de canal, sin tener que salir a ninguna luz. El trasfondo de los que fallecen es una habilidad no completamente consiente que, si para conocer hay que morir y viceversa, la única manera es morir por hartazgo del mero silogismo. Yo puedo, y creo que estoy harto de sentir en mi espíritu la idea de ignorancia; entiendo que todo se dará revelado en el fin. El camino de la razón es la acción sobre el entendimiento. El lenguaje verdadero de comprensión por el costado en el que se transita es apenas eso: transitorio, incompleto, borroso como paisaje por ventana de tren. En la detención del tiempo se dará la forma fija de este flan. Sin importar creencias metafísicas o místicas, lo interesante del silogismo: morir entonces conocer (incluso más insólita que el cartesiano: Pienso entonces Existo), que ha sido implantado en larga tradición, nos sirve bárbaro para poner en síntesis elementos tan ridículos como los almanaques. Poseer un almanaque del 2024 es como: quien sostiene probetas sin poder determinar el fin del experimento, su duración total, o su regresión hacia lo vivido como una negación de eso que todavía falta. Un asiento en la ignorancia de un paso mejor. La Carencia en la innovación y el recogimiento de un Pasado de feliz Ignorancia. No desear morir es no querer conocer. Y como dijo Aristóteles al principio de su Metafísica: “Todos los hombres desean, por naturaleza, saber”. Contesto: ¡No! Frecuento muchos que viven en la nostalgia y que la experiencia ganada con conocimiento vulgar agrieta transformándolos en poderosos negadores. La experiencia acuchilla a los que vamos en busca de conocimiento, quiere que miremos atrás, que conservemos aquello sin sangre, sin lucha, con determinada pasión. Yo estuve ahí envuelto en la negación so pena, en la rebeldía eterna de seré un asno, pero a mi no me convencen de nada. Y esta rebeldía trajo a cada paso un retorno al viejo almanaque de los años sinceros, estúpidos de entendimiento, vagos y llenos de creencias. Es que estar en la fe implica un detener el tiempo en un lugar móvil del ahora, y además que este nos acompañe como fantasma… Pertenecer a un tiempo actual negado y residir en lo pasado anhelado es como descomprimir una garrafa. En algún momento todo puede volar al carajo. El futurismo tampoco es adecuado, y eso es estar perpetuamente ansioso a que al fin llegue lo que debe de llegar. La demora no fue comprada, el insistente estado de ansiedad por desear conocer que vendrá en plazos indefinidos produce el abandono de una recompensa final. La mente queda en un loop del cual nunca supo como lo generó. En algún momento el deseo de saber la resolución, aunque sea esta de la más mínima contingencia, hizo que el futurista encienda un motor al cual se le puede echar carbón solo si se lo desea, y siempre se desea. Los futuristas se conforman con saber que ellos saben que en algún momento todo se desencadenará, es importante tanto el cuándo (en que esto será) que es preferible degradarse a ser un nudo de perturbaciones fantasmáticas, las cuales son preferibles de soportar a aceptar que, como dijo Epicuro: “Acostumbrate a creer que la muerte no es nada para nosotros pues todo bien y mal se dan en la sensación, pero la muerte es privación de la sensación”.
Todo tiempo presente no requiere de almanaque alguno, y para los extremistas tampoco la necesidad del reloj. Si morir y conocer vienen de manos, lo mejor será absorber el nutriente más feliz que haya ahora porque así nos preparará para recibir la postura que nuestro cadáver tendrá al conocer y ser conocido (por otro: en el mejor de los casos un familiar médico). Cuanto mas yoga, mi cuerpo con mayor flexibilidad subsistiría ante la mirada de uno vivo que ignora, pero que podría advertir el dato sensible de un finado flexiblemente posicionado o de forma pacifica. A los gordos nos queda nada más que una póstuma sonrisa. Los maquilladores de cadáveres que trabajan en las cocherías han de ser de una raza particular, dignas de un rescate documental.
Capitulo 1 y Fin:
Matar a una persona que desea conocer, ¿ayuda al proceso? Es importante comprender que el asesinato discierne dos disímiles formas de comprensión ontológica. El que conoce muriendo y el que asesina en la experiencia, obteniendo de esa manera una vivaz percepción humueana. Hay que detenerse en la percepción por un instante y recluirse en el mazazo recibido por el asesinado como idea ya constitutiva de su verdugo. Si es un nostálgico, ese quien ha revivido el calendario pasado desde todos los escorzos posibles: Música, películas, libros, ropa de aquella época, etc., en la negación hasta se convertirá a una religión a la que jamás incumbió. El flujo del tiempo de los premortales se reduce en la ecuación misma de la muerte, es un ente fluido e infinito, quien quitándose flecos los tira al costado del camino. Los tiempos singulares en algún lugar quedan dentro del fluido mismo, hechos coágulos. Por lo que el pasado para los nostálgicos es revisionismo eterno sobre diferentes periodos de su existencia: infancia, adolescencia, juventud, adultez. Ahí se detienen. Los que avanzan en el flujo no pueden dejar de voltear su cabeza, con cuellos fornidos por hernias ejercitadas. Los ansiosos caemos en la trampa de buscar el mazazo, encontrarle un posible ángulo a la defensa. Y en ese padecer constante nos paralizamos mirando también al pasado como un refugio. El golpe seco de un martillo partiendo un cráneo debe de ser una extraña exquisitez sensorial. Lo que se compromete con la acción impregna lo sensorialidad toda, la razón queda aplastada. Al menos en un primer asesinato, en los subsiguientes al parecer ya todo eso no es gran cosa. La sensación de matar jamás será como aquella primera vez lo ha sido: Cuando somos impactados con una sensación poderosa en la piel, como también sucede contra nuestra Idea de “trasgresión”, el cuerpo responde al instante de la mente y viceversa, ambos matan en simultaneo. Y matar es (como) abrir una nuez.
Uno debería poder resolver las quejas de los intensos estados mentales, pero a veces es mejor detenerse en diatribas estúpidas, y que venga y llegue eso: lo inevitable. Ni un bien bebido vino en damajuana nos salvará de esta tortura de comparecer en este planeta que tiene sol y luna. Tajante las primaveras que se fueron, y saber que las que vengan son involuntarias percepciones de lo necesario. Y mentirnos en la bañadera de agua caliente, esa que nos trae el confort de aquel pasado tan de nido. Y si el burgués se queja, imagine al pobre o el desventurado que naciendo ya con la espada de Damocles encima no le es permitida la nostalgia, la remembranza, la ansiedad, la imaginación asertiva. Muere el niño, cordero inocente y sin necedad. Tierno el mundo que te despide con tu postura final siempre trágica. Con un cuerpo de forma pura, de dolor. Es que las posiciones del feto muerto y la del viejo isquémico son manifestaciones empíricas tanto de naturalezas como de especies desemejantes. El feto tabula raza es la presentación de una libertad plena, la idea de que venimos todos en una botella sin contenido, pura primera inspiración cuando se nos incorpora por el oxigeno esta realidad acompañada de su inseminada duda. Y es en ese momento cuando las posiciones del camello, el león o el niño deben de asumirse, según Nietzsche. La duda nos entró, con una palmadita fuimos obligados a ello. Este oxigeno del vientre, de ese ser que nos contiene como útero materno, esta tierra viene múltiple y sin esa soledad de la que fuimos participes – aún pudiendo ser gemelos o trillizos–. Una soledad de homúnculo dentro de homúnculo. Tan adentro y dependiente fuimos dentro del vientre materno que podría afirmar que jamás el hombre llegó a la luna.
La muerte repentina, inesperada y convulsa imprime las formas observables en una comprensión instantánea. Como quien observa el logotipo de Apple y entiende todo lo que la compañía quiere que se entienda. No hay tiempo para más en la misma muerte. Las abstracciones son necesarias, y “esta” tiene necesariamente que ser perfectamente entendible. Quizás un círculo cuadrado, tal vez el vacío en su abstracción de la nada. Porque esto que conocemos en la experiencia solo puede ser respondido por su oposición multifacética. Así como existen las hamburguesas de carne, también se nos muestra que el pasto es una gran opción, porque: ¡Qué mejor que una vegana con papafritas!



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