ESPEJO DE ESTACIÓN
Hombres de dudosa procedencia, orangutanes de cabezas elípticas y ojos esmerilados me visitan a diario y no encuentro explicación alguna para esas lenguas ligeras y espasmos narcisistas.
Los contemplo a ellos, y ellos a mi. Y, ¿por qué? Por qué he de mirarlos si ellos son la cruel desventura de mi propia percepción, si ni siquiera la soledad de mi alma los conmueve, mientras sus muecas burlescas y repugnantes ahondan mi malestar. Sólo quiero desgarrarles esa infecta materia.
Una vez escuché decir a uno de ellos que Todo el mundo ha de morir algún día; y siendo esto lo más sensato que he escuchado, deduzco que los seres agrietados y encorvados son los más temerosos, mientras que los otros, de ojos perversos, son soberbios y odiosos. Son hijos de la blasfemia, innombrables, calaveras pintadas de un tono rosado parecidas a las barras de jabón.
No se hace cuento tiempo los soporto, ya perdí noción. Los escucho quejarse, culparme e ignorarme.
Pero lo más abominable es esta luz que pende sobre mí, que me encandila y adormece. Este Sol horrible, azulado e intermitente. Las frías paredes, siempre estas mismas paredes, y el maldito marco de madera tallada que no me deja escapar para astillarme y morir.



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