UN PLAN SIN TIEMPO


                

                Somos (los nacidos en los setenta) de una juventud sin recuerdos. Apenas unas fotografías ya descoloridas y pasadas de moda nos rescatan del total olvido. También somos un puñado de anécdotas y recuerdos difusos ya esterilizados por aquello que es incomprobable e inasequible. Somos, además, esa idea de que nuestros poderes pasados aún están allí dentro de ¿ésta? memoria; aquella de un cuerpo fuerte y brioso.

    Pero este cristal, que es ingobernable inconsciencia, perdió la brújula y se llenó de pétalos como la rosa de los vientos. Este ópalo-mente donde una vez anidó la conciencia, pero que se ha vuelto olvido, ahora es imposible deshojarlo por el laberinto infinito que esta vejez viruela nos ha tendido. Y, aunque convengo recordar, en algún lugar de esta mente siempre supimos que nuestra decrepitud sería ciega, sorda y mítica… Ya qué en un pasado, seguramente, hemos urdido el plan de no poseer videos de grabaciones, o fotos de una noche de parranda, o de brindis pasajero. He imagino, ahora, a toda aquella juventud complotada contra esta vejez para jamás revivir aquel tiempo de dicha, cuando las dolencias del cuerpo eran nulas y las del alma muy temidas.

    Esa juventud que fuimos y que hoy la reconocemos como ajena no es más que aquel plan dándose por terminado, triunfal siendo olvido. ¿Es que somos hijos de una memoria de algo fallido, pútrido, diagramado y maquiavélico? Porque, en definitiva, entonces, ¿nuestra conciencia actual es ahora sempiterna? ¿Una memoria que al final descubre sobre aquello en lo que se ha erigido? ¿Habría que aceptarse sobre las bases de una esencia para luego repensarse como errónea, subjetiva y maniquea? Porque así como lo hacen los programas de computación que vuelven al logaritmo anterior en eternidad cuando surge un error en la secuencia… Como esa cinta de Moebius, infinita, absurda, vista desde nuestra cosmogónica visión lineal del tiempo. Como todo aquello, entonces, somos. 

    ¿Somos en esencia lo que no recordamos al recordar? ¿Somos aquello que está vedado, oculto por nuestra juventud maldita, esa que nos volvió mortales y efímeros? ¿Existimos dentro de una tragedia griega donde los dioses no pueden intervenir? ¿Penalidad en la que estamos inexorablemente condenados?

    Una memoria orgánica amamantada por el engaño, viviendo en lo equivoco y finalmente envejecida. Como hijos de la apatía de unos 90 eternos. De una juventud sin final. Huérfanos de "La mazorca" que decapita a ancianos “futurizos”. Sombras de un mundo sin tiempo. Hijos del horror y de la propia traición.

    Los de “ahora”, con estos aparatos de teléfono y sus cámaras con 360 grados para no olvidar, deben de tener otro plan, una otra ideología. Porque en el futuro ellos podrán revivir esos miedos que nunca temieron. Al éxtasis de una noche de juerga. A una fiesta con "esa" novia inmortal. Recurrir por aquel almacén de recuerdos, al cristal sin tiempo. La montonera de contradicciones del pletórico universo con imágenes tecnológicas rellenas de píxeles. Al devenir de la edad en la opulencia veinteañera. A la lucidez de los 30 y ese inexorable vaciamiento de los cuarenta hacia la muerte.

    Estos hombrecillos sencillos de hoy que con todos estos elementos buscan sepultarnos como generación, y aniquilar todo nuestro panteón etario. Castigándonos de esta forma, por vivir (los girantes) en la ignorancia de auto-compararse, pero sin tener con qué material hacerlo. Y nos llamarán los desposeídos de la practicidad moderna. Nos señalaran como aquellos que caminaron las calles sin comunicación, ¡sin cámaras! Nos dirán que fuimos muertos vivos.

    ¿Podremos los viejos, recién ahora, entender algunas virtudes intrínsecas del olvido? Cómo la imagen deshilachada de un mal momento o la miserabilidad propia en algún evento vivido, ¿será esta desvirtud la dignidad del olvido?

    Esta generación parece rechazar todo postulado, directamente atacando la fuente del error, lo débil y humano. Acariciando lo racional, frío e imperecedero de nuestra más novedosa tecnología. Aferrándose a lo científicamente lógico, a lo indiscutible. A ese dios nuevito que todo lo recuerda y todo ve.

    ¿Es que nuestras virtudes valen poco porque son propias de un ser casi muerto? Quiero poder contestar, pero se me quema el pellejo. Y pienso que estos jóvenes del hoy, que se negaron a morir ayer, nos ganarán con seguridad.

    Tremendos tipos fuimos, creímos que fuimos, si es que fuimos. ¡Qué tontos somos, ahora, siendo viejos y aburridos! Y, si es que realmente hemos envejecimos: Quizás lo demás solo rejuveneció y recuperó memoria… Entonces, por ahí, únicamente me apartaron de la piara. Me metieron acá dentro, en este horno funerario donde desaparezco y el mundo sigue rejuveneciendo, mientras yo me quemo.

    ¿Somos como algo que se va y transmuta, que se extingue para siempre en aquella idea de que vamos a volver acá nuevamente, al ayer y al siempre, en un cuerpo joven y esbelto? ¿Y, ahora, dónde está aquel cuerpo de piel suave, músculos fuertes y alma “pura”? ¿Dónde está? Me quemo.

    Esa tibia noche de verano en juventud se aclimata dentro de la habitación fría con un horno que arde, con humo todo se eleva hacia el cielo. Con estos huesos duros de miedo, acortados por los años, me consumo en el fuego. Esta nueva e insospechada fe de un posible más allá. Y la idea de que mis padres tuvieron siempre la razón. Ahora, este pavor a lo que regresa, a ese vacío donde ni siquiera nuestra memoria nos podrá recordar como algo u alguien por descubrir. Y "esto" de morir para oler porque apestaremos, aunque seamos solo cenizas de fuego.

     En este tiempo los hermosos jóvenes, y sus musas nocturnas con cuerpos poderosos: Ellos, que tienen la posibilidad de tener todo el tiempo en su tiempo. Todas estas imágenes de cuerpos incorruptos al pedir de un deseo. Presente de ellos dentro de la memoria infinita de la red virtual. No necesitan recordar el hoy porque no lo necesitarán en su mañana, ya que lo tendrán grabado por los eones de los eones hasta que se acabe su tiempo en el fuego. En aquel oráculo verán sus rostros una y otra vez, vida después de vida; inmaculados como dioses que vencieron a la muerte y al propio olvido.

    Cuando en este lecho de muerte recuerde a esos que fui, en mis vidas que fueron, y sólo imagine eventos que nunca sucedieron, es allí cuando veré lo que soy: un  desposeído del rodeado tiempo y un comido por el fuego. Y las noches arden con cámaras de celular, una foto tras la otra para nunca jamás olvidar. Revivirlo todo. Para que no nos quede nada.

    Mientras, morimos sin el trono de viejos, sin imágenes en espejos, como zonzos de estar en este mundo mientras se nos sale el pellejo. Cual gusanos quienes despiertan para comerse enteros; el horno prendido queriéndome dentro, matando a ese gusano que sale hacia dentro. Viéndome desde las llamas divinas del averno más humanamente creado, como se me esfuman los huesos; en el humo negro me elevo junto al cielo. Y por el dios que siempre juraré, estaré contento y viviré feliz en esa tierra posible de videos que jamás fueron, con amigos ya todos muertos. En la hora exacta, cuando mis amigos idos claman, hacia allá me elevo. Reptando por esa chimenea y por aquel sendero que me devolverá nuevamente acá, a este mismo horno donde las llamas son mucho más que tan solo fuego.

    Que la vida postrera marche en velocidad para que regrese este mismo instante, justo antes de que recuerde que no fui lo que yo me creo. Pero tampoco tan veloz, para que el amigo que tuve en aquel tiempo sepa verme de nuevo en este camafeo que solemos llamar “ nuestro tiempo”. Si es que me recuerdan o si es que te veo, amigo no te vayas de ese llano. Regresaré siempre como una madeja a la cual se le encuentra el otro extremo.

    Se me calme el alma y cuerpo en este momento mientras escribo bajo fuego este “sincericidio” tardío, último deseo… Quede claro lo falso que es creerse un tercero, por no saberse qué es lo verdadero y ajeno. A todo esto lo llamamos sueño, hastío, el oscuro sinsentido del olvido. Y si la vida es un sueño sin tiempo, si ni siquiera las espátulas más duras pueden escarbar este desierto, entonces donde no haya memoria mejor que no haya nada. Que se muera esta sombra que proyecta mi cabeza humeante con cenizas esparcidas por el absoluto cielo.

   Final es plegaria nueva dentro de evangelios del tiempo: guíe en este lugar, a esta muerte que sube quemando los pies hasta mi entrecejo. Volvámonos vigías, sagaces con ese tiempo, porque si no lo hacemos existiremos siempre dentro de un video o foto de entierro. Nada valdrá el haber guardado aquella vieja cámara en el bolso luego de un festejo. O acarrear ese catafalco por aquellas vacaciones bien lejos.

    Siempre habrá que saberse pobre de todo: sin fotografías, papeles impresos y excesos. Para aquellos que perdieron todo en un incendio, hurto, o en una tirada de limpieza ¡vaya a saber uno con qué objeto!, a esos, les queda el infierno de la repetición. La misma vida una y otra vez de adelante con regreso. Porque no hay ciencia o decoro en el deceso, en todo caso es pura realidad estallando delante como un abismo que se acerca desde atrás de todo esto. Un negro agujero que vive y respira de nuestro miedo, tapándonos la boca para no gritar ante lo que la muerte ha dispuesto. Difíciles serán aquellos tiempos que van llegando en segundos y que reaparecen cual objetos dentro de esta memoria que se niega a irse por completo. Apenas recordando a mi padre en eterno fallecer. Mi madre "compleja en su alma" me dio sin pedirle a nadie que me eduque en esto, que es su triunfo: la extensión de su pluma.

    El fuego se apagó y solamente quedó algún pulpejo. El horno se abre, me sacan de adentro. Luego se toman una foto junto aquello que dejo, un oscuro pulpejo pegado al hierro de adentro.  Escucho las voces de aquellos que me llevan, jóvenes que tienen teléfono. Para ellos el día queda hecho, no lo evocarán nunca jamás. Para eso tienen la foto junto al inmundo pulpejo.




                             Juan Manuel Rampoldi 2020 (junto a la cenizas de mi viejo).


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