VIOLENCIA DE UNA ONTOLOGÍA BESTIARIA


    

      Este planeta puede permanecer por medio de: A) Estructuras materiales para el sostenimiento de la vida humana. B) Símbolos que emulan nuestras ideas más abstractas del existir. De un lado del pergamino topamos con los “unos” que manejan los “ambos” aspectos, y en el otro los “otros”, quienes asimismo replican esa equivalente capacidad de intercambio. Pero todo colisiona en la intensidad con la cual uno es amasado por el destino, pura influencia de un anterior pérfido (al cual uno le pertenece con mayor o menor ardor), siendo alcanzado, en consecuencia, por alguno de estos dos bandos. 

    Por lo que el inconveniente mayor puede ser el tránsito, hijo neutral de un par de influidos por la diferencia. Descendiente de madre simbólica y padre constructor (día a día y sueldo a sueldo) del sostén vital para la persistencia en la resistente materia. 

    El cincuenta por ciento de la división hace descarga con la desaparición de alguno de estos credos (inengendrados durante la experiencia propia) anteriores, fundamentados en epitafios de análogo parentesco (los abuelos). Tristes Trópicos, chozas de los Bororo que nos ha tocado observar. 

    En definitiva, ser neutro como Suiza es tarea imposible. Uno se forja a lo “padre” o a lo “madre”; aunque también se observan las parejas simbióticas (dos que son abogados, dos que fabrican cajas, dos que ejercen como poetas, dos apáticos, dos que sacrifican a uno). En este tipo de parejas de semejanza, el nido puede ser sujeto de múltiples pisos, y si ambos se razonan: las paredes no cederán, habrá de más. No en el sentido de riqueza material, sino que será exceso de lo mismo por los mismos hacia lo mismo (el hijo). En las parejas diferenciales los momentos permutan, uno, como consecuencia de aquel efecto, debe tomar un bando. El retoño trepa hacia la luz del porvenir de lo que es de sí, o sea, la materia es ¡ésta!: anclaje y seguridad de toda aproximación futura; glosemos que el brote se mantiene dentro de lo conocido que ya viene dado como este triunfo antiguo de un clan de ingenieros, no va hacia el Aqueronte en donde la estabilidad constituye la anomalía…

    Sin embargo preexisten los “moluscos”, que no pertenecen a ninguno de los andurriales arriba descritos. “No trabajan ni estudian” (en realidad, sí. En las sombras). Incapaces de una síntesis por puro desconocimiento de una realidad elemental, son aquello que son: Críticos de arte, jueces, doxógrafos, documentalistas de observación, ambientalistas, imitadores, baristas, Jacques Derrida (Negador con su différance de una síntesis positiva, totalizadora y hegeleana. Síntesis para gente como “uno”. ¡Viva Perón y López Rega!), etc. Larga columna trajana de parásitos. 

    La máxima instancia que poseen en su mísera convalecencia existencial es el don de la oportunidad, del timing. Algo que está fuera del tiempo de aquellos que escriben el mundo con materia, o de los que abrazan su negación porque aquella impide el despliegue del Impulso. Los parásitos viven fuera del diálogo, buscan aprovechar esta distancia como tiempo para un robo. Son los que no decidieron tomar partido entre padre o madre, abuelo o abuela, entre líneas de ascendencia. Sarna de la creación. Impedancia negativa a millón de ohmios. Aquí se los denomina: vivos o avivados. En la época antigua, Sócrates les llamaba sofistas. Porque estos eran pseudoproductores, mas bien, reproductores de sentido... No obstante, de sentidos “reconfigurados” (algo es algo).  De lo que ocupamos aquí en este espacio de reflexión es de vampirismo. Ni más y no menos.  

    Vlad Tepest fue gran decisor, empalador y hacedor de ejércitos. Principie de Valaquia y creyente de la simbología cristiana; primero ortodoxa, luego católica. Al convertirse en un tal Drácula literario, traspasó la barrera que separan a vivos de muertos. Como Prince, se convirtió en un símbolo. 

    En este efecto, ser un bebedor de sangre ajena relaciona la Idea con la cosa, la letra con la idea, el árbol con su dibujo, las posibles uniones por conveniencia: todo esto se resume en una entidad que funciona como resaca, parasitando los sentidos.  El vampirismo es lo que aparenta no ser y también lo que no es. Se encuentra entre el árbol verdadero y su dibujo. Una mancha, la atrofia, aquello subnormal. Su sustancia: necesita de la imagen y del sonido para reificar. No le sirve tan solo la idea, ni la sustancia por separado. Precisa del árbol completo, o sea, del tallo, la copa y la raíz, pero fundamentalmente de su representación adosada. Extraen ese pegamento saussureano, y todo aquello es su nutrición.  Un cover de una canción de Los Beatles es como suplemento dietario. ¡Hay que finiquitar con la simulación de aquellos! Súmenme a la meditación socrática, pónganme sandalias.

Pero mediocridad es otra cosa, sin embargo: Lo adjunto a la vida de todos es un mal necesario como los es el agua o la comida. Los parásitos residen entre nosotros, invariablemente lo han estado, incluso en la era de las cavernas. Sin embargo, lo del medio – ese languidecer en el intermedio del sándwich no es solo para los de esta raza vampírica – es auténtica abominación. Croar al centro del mosquerío sin estirar la lengua pertenece a los dudosos, esos amputados cerebrales que no discernimos que catzo queremos; anidamos la espesura de eso medio que nutre como legumbre a vampiros, pero, para nosotros, todo florece a modo de incomprensible chiquero ortográfico. Una inconsistencia apabullante no nos permite el afanado triunfo, un golazo de arquero, aquel más allá posible. Erramos los valles, socavamos nuestras tumbas del olvido generalizado, de la masa que solo trabaja... Así es que nos vemos atrapados, asfixiados en la medianía de “estos” que no entendemos bien del todo. Anclados en el lago profundo de la suerte. Anodinos intentamos nadar sin usar las extremidades. Como espermatozoides sin cola queriendo llegar a Dios sabe qué… 

    La inconstancia resuena en los que se saben estables en una realidad que los acompaña. Buena o mala, se la lleva al hombro con lo que se tiene. ¡Al menos ellos entienden que llevan carga! En este (medio) sitio vivimos los deficientes, príncipes y princesas, que soñamos que pertenecemos a algún distrito fuera del que es evidente; si bien no lo percibamos muy bien a nuestro barrio, en lo íntimo podemos distinguir que por algún “lugar” medio choto andamos. No somos muy simpáticos y desconfiamos de todos: los que operan con las ideas de arriba y también los que martillan debajo. Siempre caemos en los brazos de vampiros porque somos una presa fácil. Señalemos, de hecho, que los vampiros siempre se presentan como lo que no son y esto nos da esa luz de la ansiada Esperanza. Esta oposición evidente (los vampiros siempre desaparecen en su espejo, por eso hablan siempre de sí mismos y no escuchan a nadie) produce que ensayemos para estarnos al tanto sobre ¿de qué trata todo esto? Por lo menos un poco... 

    Los idealistas se advierten reflejados en nosotros como una posible manera de existir, les llamamos la atención. A los forjadores de metales, en cambio, les parecemos estúpidos. Y nosotros mismos también nos juzgamos de tal forma, pero con la esperanza de que tal vez seamos como suponemos nos ven aquellos idealistas de allá “arriba”. Tanto unos como otros son fervorosos creyentes, pero los símbolos son para unos una cosa y para los otros algo diferente. Por lo anterior, existen leyes jurídicas con un lenguaje tremebundo. Idioma para vampiros. Es en esta jerga que se convierte en jergón donde derriban a las presas impávidas, mayormente a los del medio que no solo no comprendemos la letra de la ley, tampoco su necesidad. 

Solo así se entiende que un pretendido cineasta haga una película independiente, sin importarle el argumento más solo quedándose con la forma de una filmación de ensueño: dos pesos, ignotas actrices de teatro, viviendo en carpa dentro de un campamento nudista. ¿Qué puede ser más independiente que esto? Ah, sí, no haber escrito un guión que filmar. 

    No juzgamos: ¿Dónde nos paralizamos? En la forma sobre el espejo, gritan desde la platea. Una película independiente ha de ser la conjugación de ambas latitudes, no únicamente quedarse con la experiencia de una producción precaria –forma de la forma–. Esta forma de la forma no le interesa a nadie, solo y quizás, o tal vez, a algún vampiro. Sin embargo, ya nadie se deja alucinar por la metafísica, la ciencia da respuestas absolutas conquistando la teoría y la práctica en enviar satélites a Júpiter. La forma de la forma choca como un martillazo que martilla lo martillado. NO TIENE SENTIDO – tampoco el cine independiente–. 

    Los Sarnas entienden qué es lo que eligieron, pero no se hacen cargo; eterno purgatorio, Vade retro. Modifican su rostro, pero todos gozan de la misma esencia: Una maldición de la necesidad eterna. La voluntad invertida. Mientras los unos canjean símbolos por bienes, ellos solo huelen el deseo inmerso en esta relación de intercambio. Así, desear es oler, husmear, indagar al otro para extraer aquello que “ellos” desean desear. En ese deseo deseado se encarnan y subsisten a su pequeña vida, vacían la fuerza vital de su víctima (su sentido pésame). Anteponer el vestido del deseo de un otro los convierte en espejos que dan hacia el vacío. 

    Porque nuestros deseos (asumiré la piel de un picapedrero de jaula, y, su reverso, un candoroso monaguillo de parroquia), cuando se intentan cumplir voluntariamente por una asociación necesaria de supervivencia, son extirpados por estos parásitos que luego se enseñorean bajo togas que poco tienen que ver con la necesidad del deseador mancillado. Es por ello, que no vemos eso que se nos presenta. Porque el reflejo del vampiro son los deseos de “nosotros” pero sintetizados – por este–, quien solo desea el deseo de desear dentro de una relación en la que él tenga algo que aportar (como asesino que deja pistas, sino poner los ojos en Zodiac (2007)). Persistentemente vacío de contenido, de sentido. Eternamente necesitados y deambulando en las tinieblas, ocultos de una luz que prefieren negar porque la consideran igual de falsa que ellos. El absorbente sin sentido, que originalmente fue el sentido de un otro, pero extirpado e implantado, pliego de cáscara muerta… 

Las narraciones con respecto a la succión de atributos ajenos son de manual. Porque bien haríamos en señalar que nuestros atributos son los mayores deseos de nosotros. Sin ellos, nos vemos desnudos (como Adán). La prenda de mañana nos da el sentido del hoy. Aquellos que moran el inframundo viven en eterno presente, no envejecen. No se presentan a si mismos con un diario, un hoy, un presente. 

    En la acción del intercambio se da la revelación del tiempo desenrollándose. Arriba, abajo, y hasta en el medio, todo sucede... Bajo el manto de la sombra, el anonimato insepulto se vuelve visible desde un afuera apareciendo como lo nuevo. El sapo espera al bicho cerca, pero en las sombras donde la luz no lo alcanza. 

De todas maneras, cada chuleta de cerdo que comemos aquellos que pululamos el centro de “entre hemisferios”, cada hamburguesa de carne y finas hierbas, corrompen las derivas de aquellos que intercambian. Comprendiendo que un bife de chorizo para los de abajo es ternero y para los de arriba cordero (ofrecido en holocausto). Para los medianos de la mediocridad, es lo que es; cerdo sustraído de una bandeja helada; Lechón que no crie ni invoqué, compré con tiempo condensado en dinero emitido por los que habitan arriba, los del mundo eidético que son los verdaderos crueles. Los aportantes de abajo con su cerdo y los de arriba con su dinero se conjugan en el centro de los que poco comprendemos sobre este mundo, ya sea su valor (tanto animal como el simbólico), como también el trasfondo. Los pisos y los cielos nos determinan, unos a martillazos y otros con sus luces puestas en todos los deseos que nos confunden. 


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