EN EL CEMENTERIO
Detrás de los estoicos árboles del mal, en las hondonadas de la perversión, se divisa en el confín del poniente el fuego fatuo agonizante.
Sendas calaveras pensantes mellan desafiantes los misterios cósmicos y debaten sobre folclores mundanos.
Manos de hueso sobre losas mojadas por el rocío señalan la dirección del olvido.
Ellos se incorporan, maniatados por la lluvia que los cala. Lejanos murmullos de vidas pasadas surgen de las fosas con lápidas grabadas.
Al tranco cuatro ojos de jade sortean el páramo en búsqueda de los trofeos de la tierra removida. Dan un respiro y el hálito de la noche los envuelve, pronto renuevan su ponzoñoso caminar cual víboras de presa.
La luna cornuda, fiel testigo de noches sabáticas, escupe su luz sobre los hijos bastardos de la carroña.
Vacías ya las tumbas, víctimas de la necrófagia. Mientras, las alimañas se pavonean de su voraz profanación.
Saltan y cantan alabanzas a su dios pagano. Pronto, el bosque los engulle y desaparecen babeando herejías...
Recuerdo bien...
Aquellos endemoniados alaridos de bestias hediondas excavando con sus garras, miradas color jade. Golpeando la madera de mi morada eterna bajo una luna cornuda. Famélicos, execrables, mientras los bronces de mi pequeña caja blanca soportaban la cruenta violación.
Rampoldi, J M. (1995)



Comentarios
Publicar un comentario