Creatividad, ¿qué me induje?



    Creo, que el comprender de nuestras acciones sobre esta representación de la existencia (el verdadero comprehender con “h”), se transforma no solo en sabiduría como finalidad, sino además como Tránsito. Dentro de ese tránsito, y desde ese tránsito, encontramos la forma, la idea final que conjura la entropía desintegradora. “Hemos aprendido (en el Eclesiastés y en la Segunda Ley de Termodinámica) que el mundo de la materia y la energía cae en el curso natural de las cosas: del orden al desorden.” (Nachmanovitch, 2011, p. 69). 

    La creatividad utiliza el tránsito y viceversa, no es una herramienta, no es un bien asequible, ¿cómo se obtiene? Se la comprende de niño, probablemente. La raíz cuadrada de los movimientos especulares en nuestro entorno. Es decir, se va aprehendiendo a los fantasmas como aquello que verdaderamente son: representaciones. Las representaciones, como características de sí: son mudables, mutables, intercambiables, artificiales. La creatividad emboca la idea con la representación y la desplaza a placer o voluntad. 

    Así como la magia o la alquimia y la poesía usan de lo suyo, la música es un vehículo representacional de polifonías, tiempos, silencios que otorgan a la base representacional (nuestro suelo existencial) una afección para el cuerpo, el alma y contexto. Dentro de su lenguaje finito (por ahora), la integración de sus compuestos (el componer) se asemejan al juego de ensamblar. Con un número finito de determinaciones (notas, acordes, etc.) formales convierten, los dotados, su forma sustancial, aquello sólido – presión del aire, vibración, etc.–, en síntesis etérea más allá de lo físico. 

    La creatividad se da con cada ejemplo del que no la ejerce. Mucha gente adolece de creatividad, es un bien escaso. Sin embargo, es por aquella mayoría “adolescente” que la imaginación de los pocos estalla, creando nuevas posibilidades durante el inevitable tránsito. Comprehender la situación en la que nos hallamos provoca el querer enriquecerla, transformar este Hades, otorgarle una identidad propia. El ascetismo de significados posibles para una misma cosa o situación choca con la materia, esta se restituye como evidencia ante los ojos. Entonces, se la designa. Este proceso no es irreversible, puede ajustarse a voluntad. Con voluntad de querer, amor fati diría Nietzsche. La creatividad es condición natural perfectible con tiempo y valentía. Ya que este mundo no puede ser enfrentado por aquel creativo que le teme a lo ya decidido. Lo ya decidido es siempre una posibilidad para nuevas disposiciones singulares. Lo ya decidido es hormigón que debe romperse a mazazos. También quitarse de encima a sus custodios, quienes conservan la vieja decisión como a un bálsamo hecho de cal, cemento y piedra…

    El ejemplo siempre es negativo, es esa muestra, aquella prueba necesaria desde la custodia. Los que crean desde el vientre un mundo nuevo poco entienden de pares. Confabulan aferrados cada uno a lo suyo deseado. Los verdaderos creativos no tienen que ver con el arte –únicamente–. Un religioso renueva cada día su fe por aquello decidido hace siglos, en ese renovar imagina (“crea”) un estado de beatitud necesaria. Todo ser utiliza su creatividad para el servicio, la ofrenda. Esta ofrenda puede ser para uno mismo, o para un dios, un estado, o conjunto de normas. La creatividad en sí está ciertamente a la mano, sin embargo, no conocemos bien su propósito. Lo iremos descubriendo siempre en el otro. Uno (generalmente) no ve lo que es evidente para otro, sino se conocería. El entendimiento entre la mayoría que vela por lo creado es siempre del orden empírico (por ejemplo: comer). El entendimiento entre la conservación y la vanguardia se da en el fetichismo. Se la utiliza como bien de cambio. A mayor stock, un mundo de novedades asoma. 

    El celular como creación humana, subvierte el mundo cuando todos tienen uno en el bolsillo. La creatividad es la ruptura pequeña, a la cual, si se la cobija dentro de un pesebre florecerá como lo nuevo y para todos. Aquello que es nuevo y para todos de alguna manera mágico. Los escasos panes se reparten, pero satisfacen a todos en la boda. Nos comunicamos de acuerdo con cada necesidad. Cada época busca su creación, su espíritu. Este se desenvuelve aferrado por agentes de lo cotidiano, o permuta en conversación con los agentes creativos. Con diálogo de violencia perecen las eras que antes fueron creadas por aquellos nuevos, quienes imaginaron aquello a lo cual los anestesiados conservan día a día con cada recreación (la creación sobre y desde lo creado). 

    Una verdadera creación irrumpe la existencia unidimensional de lo que persiste, multiplicando panes, curando enfermos, resucitando muertos. La creación transforma el contenido del envase, entendiendo que ese envase debe agrandarse hasta romperlo.

    “La actitud creadora y la posibilidad de vivenciar el como si en la música, permite que el paciente materialice contenidos emocionales.” (Lichtensztejn, 2009, p.19). La música vehiculiza la transformación histórica de las mentalidades, las vuelve evidente. Además, la misma provee un sustrato emocional que vehiculiza las derivas de una afección. Afirmar, que la música tan solo embellece o evidencia y no dialogar que además transporta hacia nuevas realidades (emocionales) posibles, sería injusto. El mundo se tiñe con sonidos armonizados y el hombre inmerso monta sobre esa superficie convirtiéndose en sincronía. La sincronía produce placer. En Máximas capitales, Epicuro anuncia el tetraphármakon. Una de sus máximas para este remedio cuádruple, dice lo que sigue: “La expulsión de todo el dolor es el límite de la magnitud de los placeres. Donde haya placer, durante el tiempo que dure no existe ni dolor físico ni anímico, ni ambos al mismo tiempo.” (Epicuro, 2015, p. 86). De lo anteriormente expuesto, podríamos comprehender a la música como antecedente necesario para una terapia. La armonía de la música que se presenta perceptible desemboca en sincronía con la experiencia sensible toda. Esto es el principio del placer, la ausencia del dolor.



Bibliografía:


- Nachmanovitch,S. (2011). La mente que juega. Barrendero ediciones.

- Lichtensztejn, M. (2009). Creatividad como necesidad universal. Ediciones Elemento.

- Bieda, E. (2015) Epicuro. Editorial Galerna.


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