Duḥkha

    

    

    ¿La ignorancia es pereza? ¿La pereza de los despiertos fue vencida con voluntad? ¿La voluntad fue insuflada por la desconfianza que es producto del malestar? ¿Siempre habrá malestar porque la vida es sufrimiento? Así enseña la noble verdad. 

    Si nobles son estas cuatro verdades, si son verdad: La mentira es lo que no será sufrimiento. No su antagónico, la felicidad aristotélica, sino ausencia de sufrimiento como dijo Epicuro. Inefable. Porque sin sufrimiento solo hallamos un vacío saturado de frialdad –llamémosle frialdad a lo neutro y cálido a lo patético–. 

    Sin patetismo no existiría lo moral. La frialdad no conlleva reglas, de ahí su neutralidad como único estamento. Lo patético consume estantes, depósitos, puertas, subsuelos, escondijos, infinitas reglas para escaparle a la voluntad que no desconfía; ya que el malestar es la única opción posible. El tunnel vision procura una luz del final. Un destino único más allá de lo aparente (todo el mundo circundante) que relaja a un segundo plano. El solipsismo del ladrón, del asesino o del que miente sistemáticamente. Lo patético del que no da cuenta del dolor porque él ya se ha convertido en ese dolor, amerita procesarse por diferentes estamentos y categorías; leyes de castigo ejemplar (hiperbolizar nuestro encierro cotidiano, llevarlo al paroxismo de una celda) que le hagan ver el dolor que existe en y por él. 

    Quisiéramos (y lo vimos con el caso de “Los rugbiers”) ver esos rostros de los asesinos cuando en pantalla de televisión se les dice: “Usted hace sufrir a la gente porque no se ha dado cuenta que el dolor ya es parte suya por una dedicada pereza.”  

    La ignorancia, como nos enseñó Aristóteles, no hay que aplaudirla ni levantarle ofrendas. Por o con ignorancia el sufrimiento no se siente. El no desconfiar siquiera de Qué es lo que produce dolor; no investigar causas y orígenes prohíbe conocer los principios, las reglas que emanan como rayos de sol. 

    Todo lo que la humanidad niega – iterativamente – oculta la génesis. Los mantos sucedidos por los siglos enmascaran la causa; improvisamos principios. Pastillas, libros, films, actividades de todo tipo nos sirven para relativamente comprender aquellos principios: por la negativa de un trabajo forzado, o por la positiva creyendo que alimentamos a algún espíritu trascendente con nuestra poesía brillante, con nobles verdades.

     Sin embargo, opino que el verdadero origen del dolor es suponer que existe uno tal y que es diferente a mi, pero que sin embargo me pertenece como propio; y, entonces, solo quitándome la piel hasta mis huesos descarnados podré ver que el dolor ha sido siempre la piel del otro. 

    Sólo, y aniquilándolo a él (a todos) desde sus mismos huesos es que podré “salvarme”, sin tener que ser necesariamente feliz.

    

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