Esa vieja verdad mentirosa
¿Qué pasaría si la mentira fuese la única verdad? Si todo el mundo estuviese impedido de decir la verdad. Obligados a mentir por un orden superior, por un mandato de paz perpetua.
Si en nombre de esa paz fuésemos obligados a halagar, empatizar, mentir descaradamente sobre la condición humana en general. Si decir no, es sentir que sí.
¿Y qué pasaría si este mandato con los años fuese olvidado como lo que es, pero vivenciado como lo normal? Si la obligación, con el olvido de un principio, se volviese conducta. ¿Quién podrá salvarse de tal doctrina? Es que, ¿no mentir será realmente algo bueno?
Si la paz se gana a base de mentiras, ¿dónde queda aquella paz, ese bien ganado a base de un gran esfuerzo por imponer la nueva idea organizadora? Si cada guerra, cada conflicto es aquella lucha por la imposición de un orden singular y volitivo. ¿Qué será de nosotros sin eso que es ganado, o aquello que es perdido?
¿Cuándo se exige no mentir, acaso no es lo mismo que su contrario? Sí mentir, la mayoría de las veces genera conflicto, y el no mentir, la mayoría de las veces produce lo mismo, ¿qué beneficio tóxico existe en ambos extremos del mismo cordel?
Hoy la virtud más apreciada de un político es mentir. Mienten por la mera imposición de una empatía, por el lazo de un vínculo amoroso para con la masa. Este vinculo de paz se rompe luego con el discurrir, el desvelamiento de aquellas mentiras de campaña. La luna de miel acaba.
Tanto el mentir como el no mentir son decisiones en base a una conducta incorporada. Tanto el que miente como aquél que no, se hallan sometidos en mayor o menor medida a la ambivalencia y al perspectivismo.
Mentir será decir y pensar o hacer algo, pero desde una perspectiva diferente al fenómeno en cuestión. Decir la verdad sobre ese mismo fenómeno es afirmar o negar por medio de un determinado consenso ya instalado.
Hoy se procura la mentira antes que la verdad acostumbrada. Desde la perspectiva judeocristiana occidental huimos enamorados de aquel que nos quiere embaucar con lirios perfumados. Sin embargo, el camino en pendiente se vuelve todos los días un poco más empinado; quizá rodando cuesta abajo podremos alejarnos de ese amante presunto, hundiéndonos más allá de esos pies de nuevos surcos, allá, barranca abajo, subordinados hasta mentir de verdad.



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