"Fenomenologeta" de una nación subordinada



    La relación entre la ignorancia de (en) una conciencia, las posibilidades no elegidas y la creación ontológica de la Nada plantea una perspectiva sobre la naturaleza de la libertad y su influencia en la experiencia humana. En esta pequeña monografía quiero revisar esta relación y cómo la libertad y la ignorancia pueden generar una amplificación de la Nada en nuestra existencia.

  “El ser por el cual la Nada adviene al mundo debe ser su propia Nada” (Sartre. J.P, 1996, p. 58)

    La conciencia humana, aunque posee la capacidad de elegir y tomar decisiones, también está limitada (carenciada) por su propia ignorancia o desconocimiento (algo así como una conciencia que es consciente de aquello rarefacto delante, ¡y no lo puede discernir! Un socrático: sólo sé que no sé nada).  “Debimos entonces reconocer que, si la negación no existiera, no podría formularse pregunta alguna, ni, en particular, la del ser” (Sartre. J.P, 1964, p. 57)   Y agrego, el saber constituye estructuralmente al ser, el no saber lo niega y lo escinde. No nos quedaría muy lejos – pienso yo– esta, la siguiente afirmación: El no ser es no saber.

    La ignorancia implicaría la falta de conocimiento o comprensión completa de todas las posibilidades que se presentan en una situación o vida determinada-en-el-mundo. Como resultado, nuestras elecciones pueden estar condicionadas por nuestras limitaciones de conocimiento y “visión”. Sin embargo, es precisamente esta ignorancia lo que crea la oportunidad para la imaginación, o la generación de “contenido” dentro de aquellas posibilidades no elegidas. Que ya fueron, no siendo. La falta de conocimiento sobre todas las opciones disponibles nos lleva a imaginar y considerar escenarios alternativos que podrían haber sido elegidos, pero que no son el ahora-mismo-del-mundo. Como dijo Husserl, la conciencia es siempre conciencia de algo. 

    “…el acto de imaginación es un acto mágico. Es un encantamiento destinado a hacer que aparezca el objeto en el cual se piensa, la cosa que se desea, de manera tal que se pueda entrar en su posesión.” (Sartre. J.P, 1996, p.157)

    Es en este espacio de la “imaginación” donde la Nada ontológicamente se manifiesta – como una conciencia que intenta descifrar al rarefacto (noúmeno) delante –. Una creación que responde al impulso vital de una conciencia que ubica su espacio en el tiempo presente, pero que se auto-enmarca en la referencia de otro laberinto que le es desconocido; porque en realidad este no existe en su ahora inmediato, sino que debe ser mediatizado por un interpósito para su para-sí. 

La existencia conjuntiva, entonces, atraviesa este rarefactum, que, según la condición (de mayor o menor plenitud) de cada conciencia individual, las mismas pueden estratificar y conceptualizar, y hasta recrear. Una restructuración heurística no tética por impresiones originarias incomprendidas. Al no estar limitada por la experiencia inmediata, la conciencia de sí permite la posibilidad de explorar reflexionando, y crear nuevas representaciones mentales. Escindir para recrear con aquello conservado y conocido, en términos husserlianos: retenidos. Recreando de esta manera un continuo desde una fantasía producida por la nihilización de lo no percibido (interpretado) en-sí, y que es sustituido por aquello escindido dentro del para-sí retenido. Esta escisión separa los recuerdos, los interpone en el presente quitándole su tiempo adjunto natural y lo presenta como un ahora (aunque medio “patituerto”). Ese ahora fantasmal recompone los objetos mutados y los ensambla en un intento omnicomprensivo. Como quien recorta trozos de revistas antiguas y arma un collage, configurando un cierto estado de realidad sobre una cartulina escolar.  

    “Por el contrario, el re-presentar es cosa de la libertad, es un libre recorrer. […] La propia evocación o re-presentación es un acontecimiento de la conciencia interna y, como tal, tiene su ahora actual, sus modos decursivos, etc.” (Husserl. E, 2002, p.69)

    La existencia dentro del “laberinto” produce falsos portales de ilusión donde se puede hallar lo magnificente esperando, o esa angustiosa Nada. La realidad es, probablemente, que el laberinto es único e inexorable en su inmanencia de libertad ya previamente diseñada. Es más probable que no vivamos en nuestro pensar, sino en la perrera de la entrada.  

    Se puede decir, también, que el tamaño de la tierra habitable es rediseñado en su mundo con infinitos laberintos intersubjetivos, pero repletos de grandes bolsones de multiplicidad o heterogeneidad. Las redes cada vez más indestructibles dentro de un sustrato que por ahora sigue siendo único: el planeta habitable. Por eso, la libertad (no sartreana) desempeña un papel fundamental en esta relación. Cuanto mayor sea la libertad que “poseamos”, más contingencias se abren ante nosotros. La libertad nos permite explorar diferentes opciones y caminos en la “vida”. Sin embargo, también trae consigo la responsabilidad de elegir entre esas muchas posibilidades de enfoque o nihilización. Todo puede ser fondo, sino se comprende la forma principal a percibir. Un Pedro ausente, pero imaginado, será una figura vaporosa de un Pedro sido. Aquello que es incomprendido e imaginado será un monstruo, o una Nada. Una vida corta, una nada restringida. Tan sólo pensar en, ¿qué tanto de Nada puede haber en un recién nacido?

    Cuando nuestra libertad se limita, nuestras posibilidades se reducen y, por ende, el tamaño de la Nada también se ve disminuido. Por el contrario, una mayor libertad ampliaría el espectro de posibilidades y, por ende, también expandiría la magnitud de la Nada a la que nos enfrentamos (El Ser mayúsculo, participe ineludible del laberinto prediseñado; tal cual el griego minotauro, quien se alimenta de carne humana). La responsabilidad de elegir entre un amplio abanico de opciones aumenta, y con ella la percepción de la ausencia de una elección perfecta, la que tenga “el” sentido ipso facto. 

    Un anciano que envejece verá acotadas sus posibilidades día a día; relaciones que desaparecen, inmovilidades crónicas, decadencia neuronal, etc.  Este plexo de posibilidades en el mundo, que en la ancianidad se van obstruyendo provocan que la Nada, que es todo aquello que en la vida no ha sido (y no es), se convierta en lo que taxativamente “es” únicamente y por sí mismo, y sin otra elección posible; o sea, la muerte como la única figura posible de la percepción. La Nada desaparece agotadas todas las expectativas en un retorno a la ipseidad. Un renacer, un rebrote.

    La Nada como región ontológica, entonces, no debe interpretarse como una ausencia total o absoluta, sino más bien como una falta de elección o resultado específico que hubiéramos deseado o esperado. La existencia de la Nada se habrá de originar en el “verbo” de la imaginación, en la confrontación con posibilidades no elegidas pero que son, justamente, conscientes debido a nuestra ignorancia sobre la generalidad dada. De aquello invisible que está fuera del tablero. Imaginemos un escenario sin limites visibles, que, sin embargo, sigue siendo un escenario. Lo que caracteriza al acto imaginante es la negación. 

    “El acto negativo constituye, pues, a la imagen” (Sartre. J.P, 1964, p.235)

    La involuntaria ignorancia de la conciencia, las posibilidades no elegidas y la libertad están intrínsecamente vinculadas a la creación ontológica de la Nada. A la ausencia de ser, a la sombra. La libertad amplía el abanico de posibilidades en el laberinto-mundo y, al hacerlo, aumenta la magnitud de esa Nada imaginada como percibida. La Nada ontológica, en este sentido, se revela como una consecuencia de la interacción entre la libertad, la ignorancia y la imaginación considerada como real percepción (Justamente por Sartre, quien supone separar la imaginación de la riqueza propia de la percepción).


Libertad y responsabilidad:


     En El Ser y la Nada, Sartre enfatiza la libertad como la capacidad de elegir y crear significado en un mundo sin fundamentos trascendentales. La responsabilidad de elegir entre las posibilidades se convierte en una obligación existencial, aumentando la magnitud de la Nada.  En Ser y Tiempo, Heidegger también aborda la libertad, pero su enfoque está fijado en la idea de la existencia como ser-en-el-mundo. La libertad se entiende como la posibilidad de revelar y asumir las posibilidades auténticas que se nos presentan en nuestra existencia cotidiana. El Dasein es ser-ahí en un único ahora que se proyecta. Son dos miradas diferentes, pero ambas atravesadas por la ipseidad de la conciencia subjetiva. Lo que Sartre llama el cogito prerreflexivo. Un yo soy, primigenio (Y premonitorio, yo diría: en el sentido de un inicio de algo que necesariamente es en-soi). Por esto, según deduzco, la invención de la Nada es un tema discutible, ya que plantea importantes consecuencias en la formación de la personalidad y la manera en que los individuos interactúan en el mundo.  

    En adelante pretendo analizar muy brevemente la relación entre la invención de la Nada y el surgimiento de individuos pragmáticos, ¿soldados? A través de esta indagación, intento destacar cómo la conciencia de la Nada influye en la adopción de una mentalidad práctica y orientada a la acción.


¿La invención de la Nada es mala fe?


    La invención de la Nada refiero, entonces, a la capacidad humana de reconocer la ausencia de sentido o trascendencia en la realidad de su ahora (futuros o pasados). Es el resultado de la reflexión sobre la condición finita y contingente de la existencia. Al enfrentarse a la Nada, los individuos se ven confrontados con la incertidumbre, la angustia, y la falta de un propósito o fundamento absoluto. La negación de lo evidente (oculto por la ignorancia) se vuelve trascendente, se deifica y se la aprovecha ¿He allí la real intencionalidad de la conciencia sartreana? Una Nada, y con mayúsculas, es un concepto vampiro. Categorías auto-enunciativas que se adosan a un ente (real o imaginario) y lo subsumen en una sustancia digestiva. La Nada, como ente abstracto de dominio.

    Esta conciencia para con la Nada, objetivada por Sartre, puede despertar un deseo de encontrar sentido y significado en la propia vida y en las acciones que se promueven. Esto lleva a los individuos a adoptar una mentalidad pragmática y orientada a la acción (una determinada lucha). Se puede observar esto, bien representado, en la película de Godard, La Chinoise (1967).

     La conciencia de la finitud y la falta de trascendencia impulsa a buscar la construcción de significado en la propia existencia a través de la acción concreta. Los sujetos pragmáticos valoran la eficiencia, la utilidad y la consecución de metas prácticas; sean estas “justificadas” o no. Se centran y entrenan en la resolución de problemas y la consecución de resultados tangibles en lugar de preocuparse por cuestiones metafísicas o trascendentales. La invención de la Nada, por tanto, tiene un impacto significativo en la formación de organismos prácticos y orientados a la labor en su búsqueda por dar un sentido inexorable a la existencia conectiva o conjuntiva, siempre bajo una buena fe. 

    “La condición de posibilidad de la mala fe es que la realidad humana, en su ser más inmediato, en la intraestructura del cógito prerreflexivo, sea lo que no es y no sea lo que es.” (Sartre. J.P, 1996, p.101)



    Bibliografía:

    Sartre, J.P. (1943) El ser y la nada (1996). Editorial Altaya.

    Husserl, E. (1924) Lecciones de fenomenología de la conciencia interna al tiempo     (2002). Editorial Trotta.

    Sartre, J.P. (1943) Lo imaginario (1964). Editorial Losada.


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