¿QUÉ DA MÁS MIEDO?


    El horror se mueve. No está estático, acaso obstinato en exceso. La música de John Carpenter da vidaal horror haciéndolo caminar. La arquitectura de su música es funcional, mecánica. Su cinética nos hace comprender que lo que aparece no está paralizado, sino que se mueve a velocidad y será imparable. Tanto, que nos sorprenderá...

    La música repite en su andar, remacha la melodía para demostrar que no hay otra rama de pensamiento posible por parte de "aquello" que amenaza. “It ́s Pure evil”, dijo Loomis en Halloween (1978) describiendolo a Michael.

    La música fúnebre o el réquiem son pesarosas, flotantes. La música de los clásicos del cine de terror es muy buena anunciando una inesperada y deformada presencia. Remarcan con énfasis a la representación espectral que ha emergido de las tinieblas. Sin embargo, estos clásicos fallan cuando quieren demostrar que al mismo tiempo eso aparecido se tiene que mover a una verdadera velocidad, como un aquelque efectivamente desea asesinarlo a uno.

     Carpenter lo entendió bien. La muerte puede parecer bastante lenta, pero sobresalta en cada rincón y detrás de cualquier puerta. Su velocidad es anterior a la posibilidad de una mala fortuna. Cuando vemos a Michael Myers avanzar para matar con una cadencia exasperante, debe ser porque el director optó por no revelar dónde se encuentra realmente. La música supera a la lenta sincronía de los pasos de Myers, lo traslada al fuera de campo. La música adelanta al brutal asesino y lo posiciona como ser omnipresente. La velocidad del cocodrilo para morder por sorpresa al salir de debajo del agua tiene una compleja relación con su aparente parsimonia.

    La falta de celeridad en el caminar de Michael Myers es su verdadero camuflaje, no la máscara que tan solo cubre una identidad. La música manifiesta a la forma yendo primero y la imagen a la materia que acompaña. De esta manera se recrea una nueva sincronía dinámica entre lo que vemos y aquello que escuchamos, y lo que imaginamos-uniendo: La omnipresencia de la forma que pronto se hará carne por un destino prefijado de muerte. Esta omnipresencia trabaja en una suerte de tercera dimensión, apareada al espectador. Un obstinado depredador.

    Esta dimensión del sentido encubre los verdaderos frutos del cine. Es bajo aquellas capas de estímulos que van emergiendo desde la película hacia nuestro entendimiento, que sobreviene la dimensión del sentido hallado. Un: “para qué”. ¿Qué sentido tiene esto?

    Este “para qué” es una invención maquinal que se comprende por lo que inferimos entre supuestos opuestos. Una oposiciónque la música le imprime a la imagen. Este sentido producido es directamente referenciado por la comprensión del texto. Esta comprensión funda esa suerte de tercera dimensión cinematográfica.

    El inconveniente es que esta tercera dimensión fue substraída. Nada en el cine actual para las masas goza de esta posibilidad por la cual nos preguntamos: “¿Para qué?”. Todo está dicho y acompaña monocorde. Un acompañamiento de puro monóxido que narcotiza como rétor de la antiguedad. No existen las discrepancias, todo es igual. Todo es lo mismo. Todos somos lo mismo. Todos entendemos lo mismo. La nueva dimensión que produce esta normativa es la inversa al modelo “yo entendí esto y vos aquello”. Aquí todos entienden todosin contrastes. Por supuesto que esoque debe ser entendido se presenta con torpeza. Cualquiera que imponga una idea de como han ser las cosas, durará apenas algún tiempo entre muchos alucinados. Inevitablemente, alguno levantará la mano ¿No?

    Tanto hedonismo entre la masa no puede perdurar eternamente, en algún momento el cerebro debe contestar la ofensa. Entiendo el difícil momento del Espíritu (Geist) que sostenemos con nuestra mirada, sin embargo, le pido un poco de dignidad al hombre.

    ¡Levantá tu mirada! Sacala del teléfono. Tan solo elevándola hacia el horizonte se te darán nuevamente aquellos sentidos de los que fuiste punitivamente privado.

    A la pregunta: ¿Qué da más miedo? Respondo: Un castigo embrutecido y The Thing (1982).


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