PURA & MALDAD
El día que abandonamos la tierra en búsqueda de un nuevo sol.
Sol, chispa para la vida. Para y desde este arquetipo de vida que los humanos pensamos que somos. Sin embargo, la existencia de criaturas persiste en el cosmos porque hay orden más allá del calor y la radiación, esa determinada cocción que a los entes sublunares nos brinda el gran Inti.
El universo entero está apestado por entes que nuestras capacidades cognitivas no pueden asir. Fuera del espacio y el tiempo, más allá de un proceso natural del orbitar conocido. Preexiste un otro orden que no es regular y no parece ser irregular tampoco. No podemos apreciarlo. Su iteración se podría revelar por el espectro velado. Como dentro de la nervadura de entre fotogramas. No adquirimos enlace para una síntesis.
La posible ventana del encuentro se podría dar entre las causalidades que simulan casualidades. En el evento indiscreto del permiso de entrada al mundo sucederían hechos que no pertenecen a causas identificables. Las enumeramos como: casualidades. En el hecho casual lo que afrontamos es un espectro negativo de lo que no tiene causa formal ni racional o explícita. Parece causa de sí, abordemos un poco más sobre este tema.
Es en el instante cuando sucede la casualidad que los humanos sospechamos las sombras de aquellos que manipulan en lo ignoto de nuestra razón (sensibilidad, entendimiento y raciocinio). Fecundando emociones cubrimos con velos esos hilos que nos sostienen cual marionetas. De esta manera nos permitimos soñar en este “suelo” o proscenio teatral. Se da con la causalidad, dada por razones claras y distintas, que comprendemos el flujo de la realidad relativa y conveniente para el equilibrio de un yo estable. El amor a nuestros hijos es lo que permite continuar con el engaño originario. “Lo que amamos es amado porque permite continuar soñando el sueño que aquellos impulsan retroactivamente”, José Narosky borronea sobre una caja de rivotril, pero ora sobre la amistad en pequeños sobres con azúcar.
La casualidad admite en su desinencia la sustantividad abstracta del asombro causado. Y si bien ambos términos son abstractos en sí, uno tiene la admisión de pistas y pruebas para una conclusión lógica o habitual. El otro fenómeno, sin embargo, tan solo aporta pistas o vestigios que conforman lo fortuito. El azar demanda de nuevos casinos porque allí es donde viven los elementos fundamentales de la fortuna. Unidades que certifican nuestra vil esclavitud por merecida naturaleza. Sublunares ciegos, sordos y mudos. Sometidos.
El mal es la niñez y son los niños – como extraordinariamente apuntó Rousseau en su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres–. Habrían sido los hijos aquellos que suministraron el lenguaje a sus madres durante el estadio natural o primitivo. El germen de la negación, el regocijo de la sinrazón. Un progreso indigno. Juntos son el caos alegre de un patio de juegos. Los alaridos son la nigromancia que nuestros recuerdos precisan olvidar. El problema en la solución, el devenir en lo estancado. El futuro del pasado. La redundancia de aquello que debe ser comprendido en su desaparición. Una extinción fulminante que derruya estas horribles criaturas que picotean los sesos de los hombres cuerdos. La causalidad es fruto de ellos porque se esparcen repartiendo lo imprevisto. Neguemos cuanto queramos esta causa eficiente por amor a esos pequeños diablos vestidos cual criaturas moleculares. Para eso los disfrazamos como hombres, pero son el verdadero agujero donde se desploma la lógica y la razón.



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