EN EL PAÍS DEL NOMEACUERDO
Un lugar, ¿dónde estaba?
Primavera.
Un lugar donde estaba todo perdido y más por perder se hallaba sentado un hombre que no lo había perdido todo. Y aunque todo en este mundo era bastante poco, ya que no había casi nada, apenas era lo suficiente como para sentirse “algo” amargado... Porque si bien las cosas que él manejaba como absolutas y poderosas residían cual migajas dentro de este reinado tercermundista de la existencia, donde las clases trabajadoras gozaban de un nuevo contrato social llamado “Nunca es lo suficiente”, y con el cual todos aquellos que ocuparan su tiempo (única cosa que sobraba de manera abundante) en las llamadas “refacciones del corazón” (tareas comunitarias de elevación existencial) poseerían un trozo más de nada al término del periodo de ese mismo corriente momento. Porque el tiempo y su medición era cuestión de perspicacia. Y, ya que si bien sobraba y nacía detrás de los muros imaginarios que residían solo en la mente de aquellos más dotados, dificultoso medirlo porque no se disponían de elementos para aquella empresa.
Este hombre en miseria con depresión no había conseguido un boleto a la carrera capitalista que su gremio perseguía con tanto afán. Por ello, y en la confusión de momentos amargos, decidió hacer absolutamente nada. Solo accionar el mecanismo que articula la “No proliferación de acciones para algún tipo de cuestión”. En definitiva, llevar a la apoteosis la acción en sus sentidos inversos. Pero no murió, recordó...
Ya que en este páramo se podían recordar muchas cosas, aunque sin fecha ni precisión. "Memorias de la ausencia solían llamarlas", murmuraba sin palabra.
Recordó las tareas en las colmenas donde el programa “Refacciones del corazón” solía llevarse adelante. Estas celdas (o panales) diseñados en cuanto a su concepción y técnica, a su vez carentes de materiales y de luz, aunque se disfrutaba del agua salada tomándose un baño de vez en cuando, eran aquello que los ciudadanos aclamaban como “El recinto de la sana curación”. Porque él fue Doctor de doctos, respetado en toda aquella cínica área. Sin embargo, ya no tenía a quien curar porque las enfermedades no existían más. O, al menos infinitas eran “esas”, las desconocidas, como para detectarlas a todas por lo que directamente se las catalogó como “males inexistentes”.
Vaciló, aceptó por fin que nadie moriría nunca ni jamás. El gobierno había abolido la condición natural de todas aquellas “cosas” sentidas “vivas”. Fue durante aquel relámpago de su pensar cuando la gran desdicha lo ahogó...
La simplísima idea de que: “Sin trabajo no hay futuro” asfixió su sintaxis, y en balbuceo halló algunos sintagmas hundidos, aunque no tan absurdos: “Porque, también, el, futuro, era, un, privilegio, de, los, ricos”. En la cantidad de sílabas y monosílabas que rondaban eligió pronunciar solo una sentencia breve: Grrrr... “Gemido lastimero”; algo que le hiciese recordar felices momentos, pero resignado a vivir sin hablar: “un ahogado quejido” se confundió con el del único perro que subsistía por aquella malandrina zona: “¡Ayuda!”.
Perro viejo y huesudo, quien había almorzado de sí mismo y del que ya poco quedaba salvo una torcida cola. Extraño el destino de aquel desdichado animal que eligió la “negatriz” decisión de auto-fagocitarse para subsistir a “Aquello”.
Pensamientos abrumaron al hombre. Mareas de situaciones repugnantes y vergonzosas. Él también mutiló algún propio miembro para subsistir a aquella: ¡Adversa época!, aullaban ciertos carcomidos ancianos.
Si uno se regalase un breve paseo por estas plazas desprovistas de pasto y ausentes de estatuas quizás podría observar restos semidevorados de pretéritas “unidades sintientes”.
¡Restos vivos de lo que alguna vez fue algo u alguien! Seguramente lo biografiará usted, Sr. Estupor – flâneur de ocasión –.
Por aquella “Adversa época”, la muerte autoritariamente abolida fue:
“Con el fin de evitar que la tasa de mortalidad aumente descomunalmente, asustando al turismo que llega por el puerto”.
Debajo, membrete y sello:
👺 La municipalidad.
Puerto que, sin embargo, no funcionaba desde mucho antes de declarada la emergencia. Allí andan esos restos “vivos”, sin hablar, sin pensar ni sentir. Pero vivos, vivísimos al fin...
Estos recuerdos no lograban encontrar asidero dentro de la escueta mente del manco doctor. Porque nadie recordaba cómo había llegado la malaria aquella, ni cómo se la pudo erradicar. Aunque él nebulosamente evocó haber sido uno de los héroes de aquella gesta: Elevados brazos fornidos y él en andas por plazas arreboladas, avergonzando a serenos monumentos de bronce eterno. Mientras su aspecto recordado, esculpido a la piedra sobre algún monolito que no conoce nadie y del cual solo el musgo y la hiedra habitan sin mostrarse, continuamente incipiente...
Porque el antídoto se localizaba en la sangre que antaño fluía por venas y arterias de todos esos que no se alimentaban más de lo corriente. Un consumo hervido de la propia sangre solucionó el grave problema de la auto-fagocitación caníbal, pero no acalló los susurros del gran Olvido. Del mismo modo, un otro paladín citado con frecuencia: El Filósofo Lírico – al parecer éste habría colaborado con determinados laudos de suma relevancia durante el proceso de la cura–. Se transcribe un fragmento de lo chamuscado:
“Olvido digestum, olvido donare. Olvido restablece nuevo orden y Recuerdo estanca todo presente en silencio... Lo estancado con Tiempo revertirá hacia mentira repetida. Porque golpeado ese lago por la actualización del Mundo, quien muda constantemente olvidando con cada torsión, en cada giro alrededor de la Gran esfera, lo sujetado en lo estanco mendacium ha de reaparecer. Verum aquello que dura el Instante sin estancarse en supuesta veritas. Todo ha de girar, moverse, actualizar, y aquello que no lo hiciese: como Mentira permanece.
Culpa será la manifestación de la actualización que golpea con aquello establecido como veritas en carne. La única salida residirá en olvidar, incluso a Olvido. Porque no existe lo vero más allá de nuestras carcomidas Cabezas.
Cántese y luego quémese”.
El manco médico – Doctor de doctos– al conjeturar sobre los adagios del Filósofo Lírico, concluyó: “¿Dormirá en espesa sangre la memoria que tanto se cree como verdadera?”
Además, descubrió por vuelta de algún destino la proteína necesaria para subsistir. No en la cruda carne que envuelve la sustanciada lengua, mero Olvido de la memoria. Supuso que la palabra moraba en la sangre circulante, en el torrente mismo como Eterna Fuente, y no en la mera líquida materia. El manco, un esencialista, todo esto lo perturbaba sobremanera: “Siempre la Memoria de la Sangre como sujeto adversativo de la Razón equivalente y para todos, popular...”. La vida, para él y a caballo de su agujero, no eran pasados ni recuerdos sino dichas y muchos coloridos sombreros. Su existencia con el otro consistía bajo una República del vasallaje; profesaba la Santa estabilidad del Cosmos y sus Formas eternas, y también que la Memoria fuese cárcel. No imaginaba la mirada de ningún otro espejo. Para él este mundo esfera era garantía de aquello que persiste, esa larga espera: “Y, en el otro sitio del paraíso habrá flores de eterna primavera”.
Sin embargo, aquella maldita Plaga merecía un acompañamiento distinto de aquello que siempre regresa. Observando al Sol y la Luna posados en el mismo Horizonte, fue que atravesó las paredes más oscuras del castillo en que Drácula se había mentido, y luego entronó su huesudo traste sobre la copa del árbol de la fascista sabiduría...
La síntesis entre la memoria del olvido por la raíz cuadrada de la inclinación de su silla para con el cielo, dio esto que sigue debajo:
“Si como opina el Filósofo Lírico y la Memoria se establece necesariamente como Verdad, aunque la materia cambie de infinitas Formas en flujo continuo, entonces, el Olvido será la Memoria (disfrazada) de la cura de aquella supuesta Verdad generalizada – que se establece como razón de acción dentro de lo que muta en comprensión–. Sin dejar de lado, por consiguiente, a la Fe: Residuo de la colección idiomática del legado pasado y que no se comprende por correspondencia o mímesis del mundo que se nos presenta.
Detallaremos la consecuente simbolización:
Fe (Hierro), según la tabla periódica de los elementos de Mendeléyev, se observa con abundancia en la sangre.
O (Oxígeno), Olvido. Se localiza necesariamente en la sangre de un cuerpo vivo que se actualiza.
M (Memoria), elemento inmaterial y fuera de la tabla periódica de los elementos de Mendeléyev. “Disfraz” a descubrir.
Resolución esquemática del trilema:
M: Fe → ¬ (¬ O)
–––––––––––––––
M: FeO
La Memoria por lo tanto ha de sustanciar en FeO, que en su manifestación formularia representa al Óxido. Y la polarización de la sangre (mediante una determinada alquimia que explayaré en libro aparte) hará que la decrepitud propensa al óxido de hierro se convierta en un (O ⇔ O) – bicondicional de Oxígeno u Olvido positivo–. Logrando de este modo fascinar al espécimen con un olvido iterativo, de reposición química en adecuación con el mundo circundante”.
Firma:
❤
Doctor de doctos.
Primitivamente podríamos convenir que la intención de ese (futuro) manco médico era transmutar la sangre en savia, eliminar todo el material ferroso de ella. ¿Comiendo pasto? ¿Volvernos vacas de este pasto? Tal vez un regresar, asemejarnos a aquellos micos herbívoros que alguna vez darwinianamente hemos sido. ¿Quién sabe? Todo esto es pensamiento sin correlación empírica que dictamine una verdad; el mundo ha cambiado su morphe elemental desde que Darwin dijo lo que dijo, ¿o no tanto?
“Todo aquello que se precie de genial lo es en su ínfimo instante de manifestación. Si lo genial es magno, su resonancia preexistirá como epifenómeno de verdades relativas que sostienen aquel núcleo, como si fuesen dolientes cálculos renales”. Comentario escrito por un pedazo de tero, hecho sopa y mezclado con ternero.
La alquimia jamás fue actividad sin riesgo, el (futuro) manco engendró diecisiete pies, ocho uñas, dos loros, veinticinco cabezas de ganado Shorthorn, tres burros con perro y dos litros de aceite para motor cuatro tiempos. Una noche, decidido a darlo todo, “cocinó” dentro de enormes cacerolas cobreadas su propia mano recién amputada; inmediatamente una extraña sinergia entre líquidos, grasas, y traídas raíces de una canchita de fútbol de Burzaco, desencadenó la tan ansiada interjección de Arquímedes...
Intempestivo, el Olvido suplantó a la Memoria en su vestido fundamental: el Recuerdo. Torno en Tiempo porque lo extirpó de la Memoria, entonces, así cosificó en alimento para el cuerpo al desintegrar aquellas entelequias pasadas. Savia sin hierro, sin Fe, un puro sosiego. El Olvido pudo adquirir duración (quitando la coraza de hierro de la Memoria), su contraparte derramó recuerdos reemplazados por presentes eternos. Toda acción pasada sin tiempo se convirtió en un ahora eterno que itera dos veces por momento y que luego desvanece hacia otro cerco más allá de la Memoria, en un agujero negro que retorna en Olvido como siempre siendo lo primero. Este circuito eidético de momentos que caen en amargo clinamen verbalizan la secuencia de un olvido permanente, sin remisión. Atesorado en el propio seno de un bicondicional eufórico, el Doctor de doctos, el manco más diestro, prestidigitó las cartas de lo que no supo prever. Y, en este malentendido del querer comprender sin tener la capacidad para retener, pifió en la repetición del experimento incansables veces por culpa de papeles escritos con signos que no anclaban en lo que se podía conocer en su presente de iteración reorganizado por el Olvido con Tiempo. La lengua y todos sus signos le eran a veces primitivos, y otras de avanzada incomprensibilidad. El ajuste a un presente no tenía el tiempo suficiente para encarnar, no florecía. Persistiendo los años entre frascos y pócimas que no eran las que debían utilizarse, el experimento perdió su curso. La savia que reemplazaría la férrea sangre del hombre oxidado para que este pudiese olvidar lo esencial de su paupérrima condición, no apareció jamás...
Todos los esperanzados del municipio cayeron ante el desafuero de la Esperanza. Malinterpretando aquel primer eureka repetido iterativamente por el (presente) Manco médico (Doctor de doctos). Un no “encarnado”, por su instancia de ser afirmado como el sujeto polivalente que una vez fue, ya que no poseía en sus enceres (ousia) contenido “accional” alguno más que una mera interjección deíctica de tiempo y espacio: ¡Eureka! ¡Eureka! repetido ad infinitum...
Aquella instantánea sonora exhibía en lo visual tan sólo una mano dentro de una olla cobreada. Fue así, que todo aquel invento acabó tergiversado, degradado y ¡alabado! Los esperanzados permanecieron con aquel instante, en la pura verdad del acontecimiento, en el shock del descubrir, en el asombro máximo ante lo que se convierte en real por desesperada búsqueda. Y el Manco, quien olvidando no podía explicar, tuvo que advertir (y sin poder reaccionar) como los asistentes al experimento devoraban su propio cuero de a poco, arrojando sus manos dentro de la olla cobreada, convirtiéndose en alimañas, repitiendo aquel experimento uno detrás del otro, suplantando a la población entera en la búsqueda de la síntesis que diera un estado de realidad positiva; o por lo menos, que aquella existencia fuese una en la que todos cohabiten en el mismo Tiempo de ese Olvido simple. Ya que, si triunfase el Olvido simple pero generalizado (convirtiéndose en Gran Olvido), de alguna misteriosa manera los agenciados entrarían en grupo dentro del mismo circuito de independencia, y no en el loop “eternizado de eureka” como le había sucedido al mismísimo Manco. Es por esto que el triunfo de la Metamemoria fue el fin para aquel mísero poblado.
Todo el experimento que debía solucionar la crisis de la permanencia de un caserío estancado en verdades ya vetustas, naturalizada en la escasez de bienes y servicios, terminó en atroz canibalismo autoinfligido. Roma será siempre Roma por su memoria trabajada en piedra de recuerdos, sin embargo, este páramo acabó olvidado con ese puro tiempo extraído de las canteras del Recuerdo, bajo la sombra del monte Memory plaza. El otorgarle retazos de Tiempo al Olvido para desalojar aquellas antiguas leyes, difuntos familiares o dioses maternos, acarreó lo que algunos expertos dieron en llamar “Las siete plagas”. Un reporte incluye una chispa sobre dicha cuestión:
-Paralexia.
-Homeostasis inversa derivando en autosarcofagia.
-Ilusión de tiempo acumulativo informe (ausencia de forma).
-Fantasmagorías temporales disyuntivas de asociación libre – que desembocaron en el hallazgo constante de nuevos y diferentes elementos –:
De diversos tipos (que olvidados y vistiendo el tiempo de lo que había sido alguna vez recuerdo: porque solo les comprendía un tiempo que no poseía figuras recordatorias). Como simples canutillos de un rosario, los hallazgos van mutando de – y en – formas inclasificables –poliédricas– , pero permaneciendo en lo que se refiere a ocupar un único lugar del ahora. Estos elementos constantemente nuevos son utilizados para diversas y siempre nuevas actividades (palas, rastrillos, raras gemas, plantas exóticas y minerales vaporosos; palabras que ocupan nuevos significantes solo para decir simples cuestiones como “ahora” o “ya”, pronombres mutantes, olivos de ciruelas, mentes que pasan de la “excelencia” al “burrismo” absoluto, un eterno etc.).
- Vagancia generalizada: Al no poder contar con herramienta de trabajo fija, ya que toda sustancia muta con el tiempo ajeno de lo que ya no representa; el trabajar es cosa de un pasado de esclavitud, el cual, si bien ignoran por no recordar, lo aceptan como lo cambiante y siempre nuevo. Estado de Felicidad y autarquía.
- “Sintagmatismo” cacofónico.
Debajo, membrete y sello:
💥
"Ent4 e ekstu, dios socio lógijo, L2 muNicpalidd.”
Una vez generalizado el estadio del Olvido como la superficie máxima de extensión comunitaria, comenzó aquel Vivir absurdo de aquello que emerge siempre como lo nuevo. Además, se convino al nanosegundo como la medición del tiempo alcanzable para una agnición mínima de la realidad, ya que al próximo nanosegundo todo sería distinto otra vez, y nuevo por vez otra: segunda, tercera, etc. El Es del ser y el nanosegundo fueron equivalencias de un andar retórico acompañado con el acto de señalar – de aquellos que aún conservaban una de sus manos–. El señalar comprendía un saludo también, ya que siempre el otro delante era alguien u algo continuamente extraño. Es así, que este continuo interrumpido produjo instantáneamente el Hábito, y, de esta conducta, aquello Todo quedó como cosa en sí. Para lo olvidados bajo las faldas del Olvido, lo en sí es eterno señalamiento, un reconocimiento del otro como otro de otros Otro. La sorpresa alterna de un falso continuo, junto con el señalar del saludo, habitó la iterativa existencia. Usted, flâneur de ocasión, caería en estupor inmanente que mimetiza su nombre propio: Imagine un imposible no recordar aquella postal fílmica enviada desde el mismo pliegue de ciudad Olvido: Fijeza de todo eje visible. La sustitución de lo absolutamente perdido por el encuentro que se extravía en lo nuevo que también se perdió, pero encontrado como lo que simplemente es más allá de su forma. Esta equivalencia sería como nombrar lo que no existe por sí mismo con infinitos y extravagantes sinónimos. A la manera de un mal escritor. Tal se intenta comprender a Dios, al principio, o a cualquier elemento que quite la piedra delante. El reino de Sísifo, el inconsciente de lo habitual.
Otoño.
Estimado narrador:
Paseando por calles arreboladas de occisos puentes, enturbiados por pútridas hojas del cercano invierno, le comento lo verificado.
Fracaso y rencor de cuerpo entero. Semejantes ensuciados por la mancha de envidia de hondo pesar por aquello que los rodea. Una ciudad bella de múltiples construcciones con estruendosas ambiciones, pero, sin embargo, con derrames aquí y allá de mansa podredumbre, hábitos y reflejos. Por aquel muro siento a Humpty Dumpty, never falling dentro de mí y gritando por el rey Carlos. Estos absurdos pobladores que sin saludar a este humilde paseante representan un florido cuadro sinóptico sobre las desventajas para con el turismo alegre, de ocasión o el intempestivo. Verborrágicos los soles en este otoño producen cálidos reflejos en esas lágrimas de unos que van y otros que arriban por este puerto solaz de mundo entero. Y veo que la algarabía de lo que somos habita en aquellos que fueron; muchos andan acovachados dentro cementerios y loqueros.
Admito que la inesperada visita a mi habitación del Plaza Memoria por un tal Doctor de doctos ha sido de impacto. Su relato sobre ciertos sucesos acaecidos sobre esta urbe, aploman las falanges de mi puño enojoso. Por lo que he decidido construir un teatro de comedia basado en poetas extintos, y que estos cadáveres farfullen aquello que he visto durante mi estadía por este caserío de estilo décadent.
¡Sufrimiento en éxtasis de cejijuntos amputados! Moribundos de sed y de memoria, con extrema urgencia de lo que aparece brillando nuevo, la estrella del nuevo hombre. El divino que encuentra en los mancos un momento en el que redimirse por esa letanía de los pensamientos compuestos por turbios dogmas y desencuentros. El opio del momento, el renacer de una época embutida en estos hombres nuevos. Prósperos amaneceres esperan en la aurora que ya viene asomándose como lo que estamos siendo. Un espectador de este mundo nuevo, que se forja en la atmósfera de un cuerpo mutilado por ese repetido eureka eunuco. Tanto miedo al devenir ha sido lo suficiente como para perder la sanidad mental de un conjunto de paralizados. Es que el pánico al dogma los ha llevado a repetir un experimento que en su infinita repetición del “Encuentro”, ha provocado un dictamen siempre nuevo de una realidad que sin embargo se repite in aeternum.
Por lo que pude comprender, en la aligerada sintaxis de este manco doctor suyo, he notado que al menos esta criatura inveterada de su texto pudo surcar los laberintos de una mente destrabada. Si bien cada dos o tres sentencias el estruendoso eureka retorna como olvidada epifanía, pude comprender el estadio en que usted ha dejado a la multitud diezmada por su enojosa pluma.
¿También los escaparates para huir de su prosa han de ser retóricos, subjuntivos, entrecomillados, perezosos y con pueriles rimas? Comprendo ahora, observando a través de la ventana de mí habitación, que esas máquinas y resortes que distingo reanudarse sobre la calle debajo son partes unívocas de extrañas tramoyas que usted mismo ha creado en su fantasía poco entusiasta, ennegrecida por la desvirtud propia de un mal educado con respecto a la aprehensión sobre la humanidad. Este prefijo que usted ha convenido en enunciar lleva en sí la estampa de su finitud. Porque el Doctor de doctos, en su afán iusnaturalista, ha logrado descifrar el código de su propia e irredenta descripción. Doctor de doctos como prefijo de intensificación le ha cercenado parte de su esencia, de sus posibles posibilidades. Este desgraciado ha sucumbido ante la fijeza de esta determinidad absurda y fascista. ¿Qué clase de monstruo es usted? ¿Quién puede absorber la grasa de estos pobres difuntos que usted ha asesinado con la pasmosa retórica de escritor en síntesis permanente, babeando sobre el teclado? En mi barrio estas cosas ya no suceden. Canceladas por mutilar la imaginación de aquellos que viven dentro del texto, de los sacros y los impresos.
Nuestra biblia carece de momentos como los suyos, no existen los eurekas ni las estrellas seguidas por tres cometas. Los reyes magos fueron exiliados al subtexto, quizá en alguna glosa impertinente hállese huella... Sin embargo, le aseguro que todo lo que las escrituras han dicho sobre lo que podría suceder, durante el epílogo de la misma, ya ha sucedido. Diademas es aquel perfume de burgués que sueña en grande y actúa en chiquito, ¿no se da cuenta? El matemático me lo ha dicho. El Doctor de doctos, como usted lo ha seccionado para esta conveniencia literaria que también me involucra, jamás ha leído un libro sobre medicina ni alquimia. El pobre hombre, que en aquella plaza sentado: me ha comentado que en su positiva razón encontró la verdadera justicia. Verificable. La misma excusa hecha circo, devenida ley.
Las mentiras que ha escrito son propias de un exegeta de lo ordinario. Usted es un demagogo. Cerrados los caminos del sentido, este pobre hombre pudo reencontrarse con su sustancia, con aquella mano amputada que le había quitado el don de la expresión libre, de su intrínseca humanidad sin destino fijo. Parte del sentido mismo de todo aquello lo descubrió por medio de una fórmula matemática de evidente genialidad, y propia de un moderno gimnósofo. Ha contado todos sus adjetivos y ha comprobado, para mi horror, lo que usted ha definido como sujeto de múltiples predicados. Ha definido que el molde sea moldeado por y en sí. Determinando sus causas ha creado una falsa libertad. Porque quien adjetiva en demasía distancia de la verdad a su lector. Lo confunde, lo molesta (injustamente) por demás, busca en él su propio yo. Pero, sin embargo, para los leídos la sustantivación de su adjetivación provoca repulsa. Nos muestra cuán pequeño es su mundo premeditado y cuán determinado es todo para usted. Por ello, esta pobre e indigente criatura suya, habiendo contado cada una de las cualidades propias y ajenas, comprendió esta alienación a la que fue ejecutado. Sistematizando una réplica a su texto empírico de miles de respuestas, plantea la siguiente cuestión: ¿Qué cosa es, que es y no es?
Agregue a la glosa o al prólogo de una segunda edición, y sea capaz de responderle. Mientras tanto, mi nuevo amigo me enseñará qué fue de aquellos programas sociales como: “Nunca es lo suficiente”. Aquellos que usted planteó al comienzo de su texto, pero como politiquero de cuarta que resulta ser: no ha resuelto; ya sea por falta de imaginación o porque se vio enredado dentro de su sintáctico laberinto barroco, repleto de constantes nuevos elementos que obstruyen cualquier tipo de sentido a este paseo mío, que espero: ¡sin usted sea bueno!
Adjunto el cálculo final hecho por su criatura, esperando que reflexione y abandone nuevos intentos de copiar a las santas escrituras con ese modismo de educar y aleccionar en nombre de un otro:
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