EL SUBLIME Y EL VULGAR
Alicaído, al que se le cayeron las alas. Monte Parnaso, el conjunto de los poetas que gobiernan hasta nuestro apellido. El palacio de Sinforoso, un atuendo de Radamel. Las esquinas de Grecia y las espaldas de Hércules en pijamas. Total, el centro del olvido se encuentra en uno que no se percibe siendo centro porque olvida.
El atributo de lo polémico, el insoluto de lo debido, la parsimonia de mi mamá cuando me habla, el tiempo de los niños que corren lejos por entre los árboles que se elevan siempre en días con sol, algunos reencuentros.
Es posible que el tiempo nos cruce a todos en el mismo momento que nuestra paz invoca una canción, tiempo del tiempo que el viento fue lo que hizo que dijeron que hiciera como siempre estando suelto y riendo por allí entre los bacanales de nuestros ancestros divinos quienes nos legaron la salsa, el tuco, el pesto. Todo lo cursi del infante que deviene viejo sobre manteles de familias muertas y hogares tan fríos, otoños pasados y moralejas divinas buscaron entre nosotros algo nuevo del tiempo del año veinticinco. El milenio de la aurora del Saber intergaláctico. La progresión hasta el infinito.
Caperucita y el lobo ya buscan el momento ahora de ser en el tiempo lo que el lamento es al esfuerzo y lo que todos hemos de ser ante lo que se mueve en el sustento del mismo tiempo que dice digerir o ejemplificar. La manufactura del tortuoso esfínter del que siempre está en alerta por encontrarse lejos de un muelle, del buque en el cielo, del infierno y de cualquier lugar, y no tanto, que lo vea muerto por estar consigo y su madre en una última tarde con sol.
Polidogmático siempre persigue lo mejor y reclama por todo lo que se pueda morfar. Llevarse a casa, morir con... Los enfermos, en cambio, son como bichos o buñuelos –postres– de la irresoluta incomprensión de Polimístico, mi vecino. La polis griega, lo canastos de los enfermos con bilis negra, los estúpidos que nos creen leyendo. El yoduro de cloro y sus bondades farmacéuticas. El clero y la pasión por que existamos, tiernos corderos.
Carpa y domador de león, tumulto y acción, la ingenua mirada del primer amor, circo incomprensible de la adicción que tenemos hacia aquello que exhibe una cara y sólo una de su mísera constitución. Los fenómenos, hablan los literatos, de la mente apuntan los budistas. La ilusión de lo que no es completamente verdadero. Nuestra desconfianza natural. Hello, little tiny monkey!
Parásitos desconfiados, que chupamos la hendija que llamamos planeta y lo secuestramos y no sabemos siquiera qué es. Los abrumadores abrumados buscan en el cielo del más allá la respuesta, la verdad y la razón y el perdón y la vida misma...
Igual, y me da igual, seguimos chupando de la naranja que negamos como real. Tenemos hijos, los criamos, amenazamos y persistimos con la teoría de que todo es una ilusión, sin ver la ilusión detrás de la ilusión sin fin. La petite grande illusion!
Pensamos en asteroides que estallan en la atmosfera y decimos que venimos de las estrellas, mordemos polvo del olimpo, tragamos la cicuta por decir cualquiera.
Vengan los locos, los perplejos, los mansos, los austeros, las mafias, los cleros, el
bisonte pintado, el carpintero, venga Dios y Alá con sombreros, espántense de todos
aquellos que observan en el que canta y en sus musas la vuelta del mismo tornero.
La rima.



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