ADENDA AL MENÓN

 



    
En este año de nuestro Señor de 1651, habiendo ya dado término a mi Leviatán, obra en la cual expuse con claridad meridiana la naturaleza del poder y la obediencia civil, me ha sido entregado un papiro de dudoso origen, portado por un mensajero cuyo celo en su ocultamiento no deja de ser digno de estudio... Sea como fuere, y movido por la curiosidad que distingue al filósofo del necio, he resuelto traducirlo con mi propia mano, no sin antes preguntarme si su contenido justificaba tan íntima precaución:

    Menón y Sócrates estaban mirándole los dientes al esclavo. Sócrates escupió al suelo y sentenció:

  • –  Lo que sabe, lo sabe por instinto.

  • –  ¿Quieres decir, Sócrates, que lo que sabe es por reencarnación? — Menón se persignó y escupió al suelo, como si quisiera expulsar un mal presagio.

  • –  No se asuste, esto es normal... Ninguno de ellos sabe que lo sabe, por eso no recuerdan lo que antes supieron... Una dilatada anamnesis.

  • –  Horrenda metamorfosis. ¿Pido un exorcismo?

    Menón levantó su temblorosa mano al aire, como si pidiera permiso a los dioses. 1 Un mancebo sacó la cabeza de adentro de una tinaja con agua y vino. Antístenes, un joven prometedor, golpeó las nalgas de un burro que acababa de devorar la cebada del pesebre. Otro esclavo, de tierras lejanas y de una batalla perdida, se orinó encima con la resignación de quien ha entendido su destino.

    Sócrates, rumiando sobre aquel asunto durante largos instantes, escupió sobre su sandalia con el aire solemne de quien está por revelar la verdad última. Luego, arrebatado por una certeza repentina, levantó los brazos.

  • Y Platón escribe estas pocas líneas más...

    ¡Esto ha de resolverse aquí y ahora! exclamó, con la mirada encendida por el ardor dialéctico. Y fue en ese instante, justo cuando la discusión amenazaba con tornarse en un festín de sofismas, que en su mente se dibujó la estructura de la Politeia.

    Sócrates, inmóvil por un momento, clavó sus ojos en sus interlocutores, como si la idea misma hubiese descendido desde el reino de las Formas a su entendimiento.

    ¡Un Estado! ¡Un Estado que refleje el alma misma del hombre! murmuró, entrecerrando los ojos con la satisfacción del que ha capturado una verdad.

    Glaucón y Adimanto, sin comprender aún la magnitud de la epifanía, intercambiaron una mirada. Trasímaco, con su risa de lobo, se limitó a cruzarse de brazos.

    Bien, Sócrates dijo finalmente Menón, pero primero terminemos el exorcismo.

    Menón se echó a un lado, temblando entre la devoción y el espanto. Sócrates, con la determinación de un hoplita veterano, se dirigió al esclavo, borró sus dibujos geométricos de la tierra. Escupió una última vez al suelo y con un tirón le arrancó el chiripá que cubría sus partes pudendas.

    ¡Mi Soberano! retumbó por cada rincón, lo salido de la boca del vejado esclavo.

    Sócrates y Menón contemplaron aquello, lo enorme y monstruoso. Lo que debían eliminar .

    Una hetaira se desmayó ante la visión de lo evidente. El mancebo de la tinaja cayó de rodillas, admirado por lo fenomenal.

    —Herramienta viva... — suspiró el joven de bellos púberes, alcanzando una instantánea eudaimonía.

    

Aquí fue donde el ancho de Platón dejó de escribir, y con ello se cerró, acaso para siempre, la posibilidad de conocer el resto de lo que en esta versión revisada dispuso su autor. Pues dicha versión, perdida durante siglos, halló su tumba en la célebre gruta de Corinto, donde el tiempo la devoró con la paciencia que solo la naturaleza conoce.

    Mas no todo lo que el tiempo roba permanece oculto, y de ello dan cuenta ciertos relatos oídos de labios inciertos, relatos de un hombre errante, náufrago y mercader de manuscritos, quien dicho sea en confianzacomerciaba en Alejandría a precios indignos de la nobleza de sus mercancías. Se dice que, huyendo de acreedores y deudores igualmente infames, halló refugio en la funesta gruta, y con los papiros por toda fortuna y abrigo, habitó allí por tres lustros.

    Y tan grande era su celo por preservar su tesoro que, temiendo ser descubierto, ocultó su herencia filosófica en aquel reducto corporal donde la necesidad enseña a esconder lo más precioso. 

Así vivió, nutriéndose de insectos y bebiendo su propia orina, con la entereza que solo la desesperación concede. Pero sabía y esto lo mantenía en velaque la Adenda al Menón que reposaba en sus entrañas bien podría transformar el pensamiento de Occidente, y que en la Biblioteca de Pérgamo hallarían por ella un precio más justo. No en vano se decía que todo lo platónico estaba en boga, como suelen estarlo las ideas cuando la ignorancia las viste de novedad.2

    Mas los dioses, tan inconstantes en su justicia como diligentes en sus caprichos, no quisieron que tal manuscrito viese la luz de la posteridad. Y fue en una de aquellas noches en que la luna, semejante a un tirano voluble, gobierna las mareas con furia, que el mar, alzándose en tempestad, cubrió la gruta y sepultó su contenido. Zeus, ofendido por otro asunto de faldas que aquí no atañe, decretó que la tormenta durase hasta consumar la ruina del refugiado.

    Así se perdieron los papiros, salvándose apenas la Adenda al Menón y un curioso tratado sobre los estrambóticos lujos de Diógenes de Sinope y su lámpara persa, cuya procedencia acaso le pareció más digna de estudio a los dioses que la propia filosofía de Platón.

                                                

                                                                                             Thomas Hobbes





1- Trasímaco luego dirá que no sucedió así, que es un relato inventado por un hombre fuerte o poderoso. 

2- La Biblioteca de Pérgamo, famosa por su vasta colección de textos y su competencia con Alejandría, se encontraba en un proceso de transición en sus últimos días de gloria. La ciudad, que había sido un centro de saber, decidía copiar sus innumerables papiros a pergaminos, material más resistente, ante la creciente escasez de papiros y el deseo de preservar sus conocimientos para las generaciones venideras. En el tumulto de este proceso, esta obra de importancia trascendental la famosa Adenda al Menón, perdida en las grutas de Corinto— terminó, por obra del destino o la pura casualidad, en manos de unos pastores.

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