LOS ERNESTOS
OFF NARRADOR:
“Condicionado por lo que tiene allí a la mano, con escaso dinero, Ernesto decide filmar, improvisar una película con tan solo aquellos pocos elementos. Piensa en una de terror, con sangre, mucha sangre para vendérsela a los gringos. Una que incluya a un loco. ¿Con alguna demencia en particular que lo lleve a asesinar de un modo específico? Que conserve un trastorno psicológico evidente. Ok. ¿Un esquizofrénico? ¿Un psicótico? ¿Será un subnormal y ya? ¿Un maníaco? ¿Poseso por algún demonio? Y de ser un demonio, qué tipo de demonio sería y por qué no responsabilizar a la demencia, o al delirio simple y llano. No hay mucho que pensar: es un loco. En el pueblo lo llaman: El Loco. Punto.
Avistamos a El Loco efectuando lo que describe la voz en Off.
OFF NARRADOR:
“El alucinado en cuestión despelleja ovejas, quiebra el cuello de las gallinas de las granjas vecinas, mata novillos a martillazos, acuchilla perros y luego se los come... ¿Mató a su madre al nacer y a su padre lo decapitó con un disco de arado?
No, eso no puede ser una película seria. Nadie la vería. Hay miles, y todas son iguales...”
Descubrimos ahora que Ernesto se incorpora, abandona la máquina de escribir y mira por la ventana. Repara en la tranquera, el paso, los árboles, el cielo y, en el fondo, un viejo silo. Por el camino polvoroso pasa El Loco, el que él fantaseaba mientras escribía. Ahora transita junto a la tranquera. Cruzan miradas. Ernesto voltea, repara en su vieja máquina escribir.
OFF NARRADOR:
“Él sabe que aquello es pura alucinación. Imaginería que prosigue viva más allá de la letra de molde y del papel oficio. Lo que percibe, no sin horror, son los paralelismos, las equivalencias que persisten en su mente. Ernesto no consigue desconectarse de la herramienta, aquella vieja Olivetti que emplea para la creación de los personajes de su ficción...”
Ernesto despabila, el agua hierve, hace un té. Camina hacia la galería de la pequeña casa de granja, marca un número en su celular. A lo lejos, El Loco detuvo la marcha de su bicicleta. Ahora, al costado del polvoriento camino, persigue a un perro roñoso con un machete en alto. Atardece feo, naranja coágulo.
Ernesto bebe otro trago de té, repone: “El diabólico entró por mi cabeza”. Josué lo ataja: “Si lográs recuperar los viejos hábitos en los que las creencias antiguas y verdaderas puedan coexistir con el presente... Como te dije, si eliminás todo rastro contemporáneo en tu vida, viviendo como la concebíamos en el pasado, yo puedo ayudarte. Pero, mientras reclames medicinas o culpes de tus problemas a las neuronas, yo nada puedo hacer. El cientificismo de esta época no lo comprendo”.
Ernesto repara nuevamente en la antigua máquina de escribir sobre la mesa. Observamos que no usa un celular moderno, sino de los viejos, los primeros. Ernesto corta la comunicación. El Loco desapareció. Ernesto arroja el celular contra el piso y lo destroza.
Anochece en el campo, frente al silo abandonado, tras la capilla en ruinas y sobre los restos del pueblo. El Loco va con su bicicleta, se pierde en la noche del polvo y las estrellas.
OFF NARRADOR:
“Cuando el orbe inventado excede al papel que lo soporta, ¿ha de ser por una enfermedad mental, una determinada psicosis...? Pero, aquello Todo, puede ser verdad; enorme como la vanidad”.
Descubrimos una pila con varios DVD, entre ellos, se distingue la película de John Carpenter, In the Mouth of Madness.
Ernesto repara en un calendario que testifica el año 2025. Lo quita del gancho, lo rompe y lo tira al tacho sin bolsa. De un cajón extrae otro que indica el año 1961. Lo cuelga del gancho, redondea el mes diciembre con lápiz negro.
Lo propincuo del asunto es y era la ubicación temporal de la masa inefable del ser de Ernesto, es decir: la conciencia atada a momentos específicos del tiempo yecto, desde un pasado remoto con creencias mistéricas hacia un futuro irresoluto con cientificismo de esquina y proletario. Es decir, la reificación de la conciencia activa del hombre moderno, positivista, fervoroso de la razón”.
Ernesto camina hacia una pequeña biblioteca, los lomos de los libros revelan que todos poseen el mismo título: El Loco.
OFF NARRADOR:
“Todo lo que le representa está allí, expreso en volúmenes idénticos. En mil vidas enteras de hombres pasados, unidos por la matriz del encierro mental. Presos en la locura de cumplirle al porvenir con responsabilidad y así generar el dinero, ese, que siempre vio pasar de largo”.
Ernesto caza uno de los idénticos libros y se sienta al sillón dispuesto a leerlo. En el mismo instante, golpean el vidrio de la ventana con inusitada violencia. El Loco lo mira baboseado, cubierto en sangre, y con oprobiosas moscas sobre su cuerpo; reclama con viva voz: “Mamá... Mamá... Papá...” Y repite unas dos veces más: “Mamá... Mamá... Papá...” “Mamá... Mamá... Papá...” Ernesto arroja el libro contra la ventana, que ahora queda vacía, sin El Loco a la vista.
OFF NARRADOR:
“La moneda, los auspicios, los hospicios, los malentendidos, las escaramuzas de la vida lo encuentran siempre del lado del esclavo. El amo, el eterno amo que lo parasita siempre pide más a cambio de menos. Si por la moneda Ernesto ha de escribir una próxima película, por esa moneda pondrá su espíritu y alienación al servicio del jefe, el capitalista de turno, el chancho”.
Ernesto trepa al apoyabrazos del sillón, logra pararse sobre él: “Morite, morite, morite... ¡Aprendan a escribir ustedes!”
OFF NARRADOR:
“Cierta locura entretiene a cualquiera, sin embargo, la verdadera espanta hasta al demonio”.
La cámara se aleja de Ernesto, quien aún parado sobre el sillón observa hacia la ventana vacía. Presentamos la sala entera, revelamos un revólver cargado sobre una mesita poco iluminada. Y, en el fondo, descubrimos a un hombre vestido como se estilaba en el siglo XVII. La cámara se acerca hacia él.
Es Ernesto, escribe con pluma de ganso sobre papel iluminado por tenues velas.
Ernesto del siglo XVII profiere un soliloquio hacia el vacío del foro oscuro: “Y el demonio, que siempre busca la oportunidad del endeble para incorporarse al alma, transforma la realidad en un transito de dolor y espera”.
Ernesto, el otro, firme sobre el brazo del sillón, emite un aullido demencial para con la reaparición de El Loco por la ventana.
El Loco campanea: “Papá... Mamá... Mamá...”. “Papá... Mamá... Mamá...”. Ernesto deforma su alarido en una puteada al aire, una blasfemia en “arameo”. La cámara retorna a Ernesto del siglo XVII. Escribe con pluma de ganso los insistentes gritos de El Loco, que se oyen fuera de cuadro: “Mamá... Mamá... Papá...”
Escuchamos a Ernesto, parado sobre el sillón, también fuera de cuadro: “¡La reputa que lo parió! ¡No se me ocurre nada!”
Ernesto del siglo XVII se levanta de la mesa de escritura, antes de apagar la vela vocifera con el alma inquieta: “Que Dios tenga misericordia de tus demonios. Aquellos que escribimos para la posteridad no nos afligimos como aquel que lo hace por el encargo del vil mecenas”.
“¡Amén!”, clama Josué en la penumbra de un rincón. Descubrimos que es un monje de clausura.
OFF NARRADOR:
“La cama iluminada por velas, esparcidas con la idea de mundo, conforman una única luz que irradia la máscara de lo evidente...”
Los «Ernestos» se recuestan uno junto al otro. Los pabilos ardientes figuran sombras en el techo. Los «Ernestos» se perciben, palpan el rostro de su igual contrario.
OFF NARRADOR:
“Anhedonia, exceso de bilis negra, melancolía, depresión, neurotransmisores, serotonina, dopamina y norepinefrina...”
La cámara se aleja hacia la ventana como quien no quiere oír más; afuera, un mar revuelto y el horizonte tormentoso cubren la pantalla. Se oyen los crujidos típicos del barco de madera que transita un portentoso mar.
Ahora la cámara no enseña la pintura de El Bosco: La nave de los locos, expuesta en el Louvre. Con zoom llega la imagen hasta un hombre, quien inclinado hacia un lado de la nave vomita bilis negra hacia el mar.
Funde a negro, la música sacra que escuchábamos se apaga por completo.
La luz de una antorcha bordea los relieves de una pared cavernosa. Unas manos peludas comienzan a dibujar un bisonte, el griterío casi primate dentro de la gruta retumba hasta que caen los créditos.
Leyenda final: “Imaginación amplificada por la memoria resulta en sustancia de distorsión de la propia y ajena realitat”
FIN



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