RENÉ BONACK

                        

LOS ÁNGELES, CALIFORNIA, ABRIL 2025


Así comienza la historia del hombre y la mía con René Bonack.

Un saludo. Un apretón de manos. La renuncia al solipsismo. Una mirada que sorprende y quiere asombrarse por aquello otro, allí delante. El municipio de la razón se instituye entonando una melodía desafortunada… como otro que no es… como lo que no se alcanza jamás: el rostro ajeno. El instante se esfuma.

Al soltarse esas manos, en la desunión, viene la mirada otra; una mirada opípara.

El poeta, el sano, el meticuloso, el loco, el aventurero. Otro que se presenta como único, expansivo, traído de Europa a América del Norte (este es el caso de René Bonack).

Lo saludé, cuando por fin me alejé, con mano pesada; usé el protocolo, lo de arriba ya explicado. La unión primera del saludo, y la disyunción hacia el escape: el solipsismo recuperado junto con la mirada opípara.

El alemán, René Bonack, volvió a sus asuntos; fingió demencia; hundió la nariz en su teléfono, simulando —ese ser suyo— el agujero predilecto.

“Mi nombre es René Bonack”. René (pensé, en voz alta y en francés). ¿Todo lo que René Bonack pedía era un poco de cariño? ¿Un amor momentáneo urgido de atención? ¿Un amigo? ¿Qué persona habla por hablar con un extraño? René Bonack.

¿Triste, reconoció mi gesto de restituir el vuelto mal dado a la cajera? ¿En esos diez dólares sobrantes, un inicio de aventura? ¿O todo esto no es más que la excusa de un atormentado, un perseguidor, un demente?

La cajera (una señora mayor, de origen mexicano) agradeció mi gesto y el secretismo que mantuve delante del supervisor. René Bonack presenció el intercambio; ya me había observado contar una y otra vez el vuelto excesivo. Lo conté varias veces, como quien no cree que la cajera le está pagando por comprarle un café. René Bonack vio mi sigilo. El pase de manos. Los diez dólares sobrantes de los cien con que pagué.

Advirtió también mi retirada, el asombro de la cajera, que evocó mi nombre completo (yo no se lo había dicho). Solo “Juan” dije, para que lo anotara en la taza de cartón del Starbucks. “Gracias, Juan Manuel…” —juro que lo oí. Abrió la caja registradora y depositó, con cesariana justicia, lo que correspondía entre medianeros billetes verdosos.

René Bonack vitoreó desde el fondo de la fila. El supervisor invocó mi nombre incompleto: “Juan”.

Tomé el café y salí con dos sobres de azúcar y el revolvedor entre las manos. Me senté afuera, al sol. Tragué en tres bocados el muffin y recordé aquel diálogo de Robert De Niro con el chef del Tangiers en Casino (1995):

“From now on, I want you to put an equal amount of blueberries in each muffin… an equal amount of blueberries in each muffin”.

Venía de un viaje por Las Vegas y me encontraba en Los Ángeles. Todo un mundo fantasmal de citas cinematográficas brotó cual plantín en mi cerebro, ya verde de dólar. Y sin embargo, René Bonack se sentó delante. Yo sabía que lo haría. Típico de René Bonack. Debí haber huido antes de su cacería.

René Bonack vive en Oberkrämer, al norte de Berlín. Lleva clavos en el cuerpo, cicatrices de un pasado que él describe como “salvaje”. Se agita cuando habla del nazismo primario que aún persiste en su patria. Luego, sin transición, afirma que a los turcos de la periferia de Berlín habría que arrojarlos dentro de un pozo muy profundo. Conoce la historia del Imperio romano al detalle. Me enseña una Moneta Avgvsti que lleva siempre consigo. Bebe su café de un saqué. Hablamos de China, de Alemania. Menciono a sus grandes filósofos. Él, al Papa. René Bonack se explaya, con alemánica planificación, sobre la liturgia previa al actuar del alemán. Estampilla las diferencias con el espécimen latino. Repara en cada gesto que hago.

Para René Bonack soy un paladín, un justiciero. René Bonack está loco.

Me busca y me persigue, a más de dos semanas de nuestro encuentro. El alemán —o su personaje— de mi cuento La deconstrucción vino a buscarme con una venganza. Ahora lo comprendo.

Todo sucedió en Hollywood, en un café de cadena. Allí donde todo puede pasar. Un vuelto mal dado como acción principal. La aparición del espectador de la secuencia: René Bonack.

Yo, un personaje real salido de mis fantasías… En esta tierra sagrada la imaginación se cosifica. Son colinas consagradas al ensueño. Un bosque que, eterno, produce la alucinación en todos, incluso en las criaturas mágicas de su propia manifestación.

René Bonack, como espectador, me ha creado en mi repetición del buen actuar con el prójimo. Soy su leyenda. El héroe de acción que vino a buscar a Hollywood. Yo me he visto en su espejo. Y decidí darme tan solo tres estrellas.

René Bonack tiene mi número de teléfono. Se lo di sin que me lo pidiera. René Bonack rompió la cuarta pared.


 


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