MICRORRELATOS





Historia 1:

VENGANZA

Malena ata al viejo a la silla. Lo golpea en la cara con un abanico. Somete al ex campeón de concursos más famoso de la televisión de los ochenta a un duelo de preguntas sobre Dios y las momias egipcias, administrándole golpes con un abanico de madera por cada error.

El viejo, en cuestión, padece demencia senil. La intrusa resulta que es hija de un ex concursante que se voló la tapa de los sesos cuando perdió la final contra este viejo. Malena es una mujer de unos 27 o 28 años. Cuando su papá se suicidó, ella tenía solo siete.


Historia 2:

ALUCINACIONES

Malena es la pensión, Malena es la pensión y la pensión es de Malena; la melena de la pensión es Martita, la ex de Cupido, el que estaba motorizado por una capelina rubia y que solía llamarse Rubio; ahora es una señora mayor de cerca de ochenta y cuatro semestres y un décimo de pulgada.

Todo lo que fluye sin el uso restrictivo de la razón no presenta dique; es tan solo injuria, desdén por el otro, acumulación de verbos, sustantivos y adjetivos hasta el hartazgo.

Un límite se exige al fluir; muchos desniveles y suscepción de aceptabilidad. Pero la última desagregación de lo permitido es la vieja muda de ropa que viste cuando apuesta un pleno al 17.

Miento: la mentira de la injusticia es un acaecer. La mentira es la razón ulterior de que nos persiste; las ganas de no movernos por piernas anquilosadas de humus ¡ni por perros avaros! El tiempo es música de nuestras canciones consumadas. El punto “.” es justeza para los desbocados, una tranquera del “¡te quedás ahí!” Las comas, eso que organizado, del mundo, que pide entendernos en Torres de Babel, en el papel o la pantalla. Y en todos los sentidos posibles Coloso puso de pie las torres.


Historia 3:

EL HOMBRE Y EL MITO

En una era de pocas amistades, Coloso pensó que lo mejor era ser partícipe de algo grande. Una mentira que fuese suya y quizá de otros más lúcidos que él. Las tabernas de las llanuras temblaron al oír el trémulo cantar de los malditos. Estos hombres de pura paciencia y con notables pectorales con forma de triángulo invertido. La música necesita; y el momento es el exacto, cuando Coloso sube al tren y se despide de Marta con la mirada de un hombre al que la razón le ha ajustado algunas tuercas. La canción consigue el clímax.

El tren despreció el horizonte que parecía un cúmulo de imágenes coloridas por el otoño. El frío semblanteó la noche y la mañana llegó sin el desfilar de la luna. Todos los hombres de ley dormían cuando Coloso atracó la sucursal del Banco Nación de San Cristóbal. Dos balazos mataron al gerente y uno a la cajera. Coloso tuvo un digno final por esa sangre por él derramada; hacia él es que brotaron las injurias y las numerosas maldiciones.

Un corderito postró su trompa hecha de hocico y bramó una cabra; Coloso colgó una soga de la viga del establo y se ahorcó. La guita ahí por todos lados. Los pájaros oyeron un tiro, los burros dijeron que fue un grito. El ahorcado no habló más; sus deudos que habían sido traicionados no lo encontraron. La policía lo halló meses más tarde, cuando ya el cadáver era una bola formada por huesos y carne seca. Hace tiempo habían pasado unos inmundos gusanos, y hasta un chancho, muerto de hambre, probó de esa carne.

El coloso de Rodas era la estampita que había con tanto fervor buscado toda su vida. Ni por el mundo de todo el oro Miguel se la daría. Hace sesenta años, su padre se la había traído de un viaje a Grecia.

La estampita del coloso de Rodas y el personaje Coloso solo comparten nombre; son homónimos. El destino los unió por fortuna de este cuento.


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