LAS VEGAS MEMORIES

 

Raro... Es como un lugar para ratones de laboratorio alienados. Muchas cosas, todas juntas: en color, en olor, en discrepancias y algunas armonías. Es un sitio para mirar un rato y huir. No irse: huir.

Techos de mentira simulan atardeceres eternos en interiores que parecen plazas y calles de Europa en su mejor hora y su mejor Era. No podía no vapear para estar a tono con la ilusión ofrecida. Hay que disfrutar el kairos que emana de las ciernes de Las Vegas.

Es una totalidad sensual al servicio de una ataraxia alucinada. La imperturbabilidad se transforma en exaltación: se alcanza el cielo o el nirvana de lo que el lugar promete y ofrece con tanta desesperación.
La tierra prometida lo tendrá todo: todo lo que pueda hacernos olvidar del cementerio, de la total insensatez del Todo.

O quizá es solo un reflejo temerario, la puesta en escena de un sinsentido manifiesto. Actores, escenarios y roles parodian el fin de la humanidad completa. El final del singular, la suma del todo: quedamos confundidos en unidad, entre altos hoteles monumentales.

Todo este sitio es la perturbación de la calma, la visión del alma curiosa. Es el propósito del siervo convertido en fantasía tangible. La experiencia inocula su delirio: entra al cuerpo y a la mente, recorre laberintos de comercio y atracciones. La poesía de los cuerpos que mendigan vuelve a corroborar la falla en el sistema.

Sin embargo, son pocos los agentes que interrumpen el sueño. Algunos cirujas, unos locos que hablan solos. Todos necesarios para recordarnos que estas son apenas las afueras de un castillo.
Todos estos hoteles simulan ser castillos que no son: fantasías, canales de Venecia, fachadas traídas del Olimpo. Copias de culturas. El verdadero castillo, solo lo conoce Kafka.

Un tal Oscar Laguna fue el elegido para reformar un viejo hotel fuera del strip: la plaza de toros de Madrid. Real, imaginaria, inmersiva. Una realidad que manifieste la gloria española en un periodo concreto: la llegada del primer barco con oro inca.

Él tenía que poner el sufrimiento del Inca en su construcción; no podía hacerse el boludo. Era argentino, sudamericano. Pero por la plata uno abandona todo y baila.

En la caja del supermercado, una empleada suspira:

I miss the old Vegas... They took the only thing people from here had left: our memories.

Me devuelve el vuelto de 10 dólares, cobrándose 8,36. 


THE END

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