ODA AL-GUSTO
¿El gusto de la realidad es un usufructo de la membresía del poder? ¿Qué decimos con esto?
Que el gusto dictamina el grado de la felicidad de las cosas como reflexión introspectiva en sus esencias, cooptados por el poder que determina lo que hemos de comer. Alimentados en nuestra furia de corsarios aparentes de las tierras de Trapalanda: el gusto es el saber misterioso de la realidad que se nos devuelve como percepción de una isotonía en sintonía entre el espíritu y la materia. La Felicidad.
Lo dulce contempla la fascinación del estar aquí y ahora; lo amargo nos trae la remembranza: un pasado triste —los que beben fernet así lo entienden—. El futuro del porvenir es del amargado.
Si tratamos la sal como impulso vital, como spermata de la conciencia entre los objetos del mundo, nuestra concentración fálica, nuestra presencia inaudita delante del mundo nos regresa con la sal esas ganas de continuar participando en la feria de los monos amaestrados. La sal da la vida.
Y, en último lugar, lo ácido de lo cítrico trae el tormento necesario para quien más resiste. En mi caso, si me interrogaran sobre un asunto urgente y me amenazaran con tortura, canto al instante: huyo de la mandarina, trago furioso el limón. Bebo de lo dulce para repararme de lo salado y así escapar al tormento de todo lo que ante mí es materia, vista y visión.
Para recalcular la comida según el gusto y la circunstancia de mi antojo, por ser estimado todavía dentro de la feria que gira... como mis ancestros me dijeron: “Juan, te lo trajimos para vos”. Caramelos pegados, hermosos, acristalados, dulces como la fantasía de que “todo estará bien”; de que la realidad es un músculo sano que comprende lo vivo como propio en lo ajeno. Bichos somos de una tierra que de todos los gustos conoce y de la que todos heredan. Comemos los frutos de nuestra cosificación: ontología de cuerpos estables en dimensiones fácticas por la asunción de la supervivencia de una idea o generación. Los universales del mundo ubican a lo amargo como lo ajeno; lo hacemos producto cuando mezclamos distintas hierbas, primero en la empírea y luego en la imaginación. Luego buscamos más yuyos para hacer brotar de nuestras cabezas esos deseos contemplados en nuestras vidas inmundas de puercos, estancos, víboras, reptiles amaestrados, brujos comparados, eunucos, comerciantes, vigilantes, oscilantes... y las madres. Todas las cosas: es el tiempo que jura al viento que regresará como un Heráclito sulfurado a entender que la vida retorna siempre como los mismos objetos de deseo, por parte de un paladar que quiere todas y cada una de esas cosas que saborear.
¡Bebamos con justicia y salud, gran pueblo argentino que mancha sombras y clava todos los clavos de su propio ataúd!
La rosa y la prima buscan la rima propia del candilejo que espera viejo una empanada delante de un lentejón. Pudiendo ser mimo de su destino, elige hurgar en el pasado y encontrar una religión para retomar la senda de sus otros hermanos, que hacen algo parecido: una diversión en definitiva.
Lo salado trae la bronca y el impulso; lo dulce, la serenidad en contemplación. No coma tanto hueso, sino postres. No soy poeta, y tampoco Perón.



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