MIRABILIA
—No puede haber dos piedras exactamente iguales, no se puede —me dijo, molesto, sin moverse de su silla favorita–. Al menos no huyó... como sí lo hizo Denilson en aquel extraño rapto de impaciencia conmigo.
Le expliqué lo que vi y le mostré lo que tenía. A primera vista: dos piedras, una blanca y una negra, pequeñas, rugosas y pesadas. En la parte inferior, restos de arena incrustada. “Se parecen al adoquín, pero — no — a ninguno que yo conozca”, argumenté. Él se tomó el vaso de cerveza y pidió la cuenta.
Descubrí algo fascinante: sus colores varían con el clima. En días nublados, parecen más oscuras o más claras; bajo el sol, relucen en tonos grisáceos o azulados. No tengo más datos que estos, pero son idénticas a simple vista. Estoy perplejo. Me invade la sensación de haber sido iluminado por la mano de algún ser primordial. Imagino ríos de tinta hablando de mi hallazgo: El porteño que descubrió el arjé en las playas de Río de Janeiro. Imagino pasar a la historia —la de H mayúscula— y desatar mi mesianismo. Que me alaben como el “cuatro veces grande”.
—¿De dónde las sacaste? —pregunta Joao, ahora intrigado, aunque no sé si por el cuento o por mi fanfarria.
Saco una carta del bolsillo de mi short. Mientras la abro, Joao examina las piedras a través del culo del vaso, como si así pudiera convertirlo en lupa. Siempre fue bruto, un jamón curado al sol (pensé).
Le leo la carta. Joao, distraído, introduce ambas piedras en el vaso. El repiqueteo contra el vidrio me recuerda al cubilete de mi primera generala.
RIO DE JANEIRO, 2025.
Para el turista promedio, la plataforma continental brasileña empieza en la rambla de Río: el calçadão de Ipanema, Copacabana, Leblon, fue parte de ese futuro veraniego, la brisa del recomienzo, de la circularidad en las ideas... las vanguardias.
Un paseo de 4 o 5 km donde el mundo abre su percepción atolondrada a un diseño onírico, tribal, futurista. Figuras acromegálicas, ondas, sinusoides, tropos, retóricas... ¿La piadosa iluminación de algún loco? ¡Misterioso hombre, culminación ornamental de una larga tradición!
Según averigüé, el empedrado portugués (calçada portuguesa) habría inspirado a Roberto Burle Marx. Wikipedia me proporcionó algunos datos: “Los griegos fueron la primera civilización en usar mosaicos policromáticos de piedra caliza y basalto para pavimentar, adornando patios y ágoras con patrones geométricos y figuras de diosas o musas. De ahí el término griego mosaicon.”
¡Por alguna razón de la fe piadosa o de la lógica proposicional, mi intelectiva me exhorta a conocer más sobre este tal Marx! ¿Qué lo llevó a infusionar semejante fetiche en su paisajística?
¿Habrá colocado dentro de mis Maravillas una última necesidad? ¿Cuestiones de algún Otro orden superior a este mundo?
Conjeturo algo (evidente): estas piedras, maravillosamente iguales, y que ahora mi mano aprieta con fervor, comprenden alguna sustancia del tipo lógico-mística dentro de una misteriosa quididad.
Veo con claridad que ya no disimulo la fiebre de los atormentados. No dudo: mi destino está ligado al de ese hombre.
26 al 31 DE ENERO (día de mi cumpleaños)
Los días son calurosos, con la pesadez de la humedad del mar. Invité a mis amigos, sin notificarlos, a este breve viaje por Rio; soles y lunas en modo festejo, con mis cincuenta años como teleología rectora. Nadie asistió, claro está (es la razón por la que escribo este mito de mi trascendencia).
Seis estupendos días de playa junto a mi esposa; feijoada, caipiriña, caipiroska, cerveza, un desafinado cantor de bossa nova, un libro de Borges como regalo, y cumplo medio siglo en alguna noche de esas.
Intentaré exponer ante ustedes, lectores, qué más pude averiguar sobre ese tal Roberto Burle Marx. Lamento la solemnidad súbita de lo que sigue, pero la Dignidad no me ha favorecido con los bellos dones. Por lo que confío en Borges (le agradezco infinitamente), quien escribirá lo próximo:
EL DEMIURGO
En la memoria de los hombres, Roberto Burle Marx no fue solo un paisajista; fue un demiurgo de la tierra, un geómetra de la selva, un alquimista del color que no solo diseñaba jardines, sino que, según me han comentado, los extraía de una dimensión anterior al tiempo. Que su primera revelación ocurrió en Berlín, mientras contemplaba un cuadro de Matisse: un jardín que nunca había existido pero que ya vivía en su mente. De inmediato supo que la selva brasileña era el verdadero lienzo del hombre, y que él debía devolverle su esplendor arcaico.
Cuando regresó a Brasil, transformó la ciudad en un palimpsesto de curvas y mosaicos. Copacabana, Leblon, Ipanema, Leme: sus calzadas no eran simples paseítos sino senderos de un laberinto. Algunos vieron en ellas la ondulación de un océano anterior a la humanidad; otros, un mensaje cifrado en piedra portuguesa.
Era un hombre de temperamento feroz. Destrozó con sus propias manos un jardín que alguien osó modificar sin su permiso. "Las plantas no perdonan", protestó. Se decía que hablaba con ellas en la madrugada y que algunas, en la profundidad de la noche, le respondían. No era un paisajista, sino un guardián de una cartografía vegetal que solo él entendía.
En tiempos de la dictadura, su arte fue requerido para embellecer ciudades donde la geometría del poder se imponía con brutalidad. Se dice que, en venganza, ocultó mensajes secretos en la disposición de sus jardines.
El día de su muerte, los jardines de Río enmudecieron. Testigos afirmaron que una sombra se deslizó entre los árboles de Guaratiba, su finca, y que las hojas de su colección personal de plantas exóticas se inclinaron levemente, como despidiéndose de su creador.
Hoy, sus jardines siguen ahí, pero dicen que han cambiado, que ciertas formas han mutado imperceptiblemente, como si una inteligencia silenciosa los siguiera dibujando. Quizás Burle Marx nunca diseñó un paisaje definitivo, sino un enigma botánico. 1
A Bioy
1. Ernesto Sábato considera todo este escrito una biografía posmoderna de Hermes Trismegisto (Ἑρμῆς ὁ Τρισμέγιστος), el “tres veces grande”, o quizá otra versión de Gog y Magog.
1 DE FEBRERO
Con María, mi esposa, habíamos caminado sin rumbo durante una hora y media, por el mero goce de pasear en mundo nuevo y destilar el alcohol de la noche anterior. Nos detuvimos en la avenida Atlántida, a pocas cuadras de la Livraria travessa de Ipanema. Fue entonces que, durante la espera del taxi, oigo cierto arrullo; como una oración que provenía de algo inmortal; desde lo hondo del mundo.
Bajo mis pies, una de las piedras de la vereda estaba salida. ¡Una piedra más de miles que hay en Rio y en Brasil, Portugal y la antigua Grecia! ¡Qué digo! Millones de piedras que algunos ubicaron allí, en esta repartición de blancas y negras por el simple propósito de que la rambla llame la atención (atención que yo solo he comprendido en su verdadero paradigma) del turista. Mientras, seguramente alucinado, el sujeto turístico, entre estas misteriosas figuras debajo de sus ojotas, es víctima de carteristas, pirañas y vendedores de choclo caliente. Sin embargo, aquel turista ultrajado jamás saldrá de su sueño marítimo de raras y enigmáticas formas que parecen nunca acabar.
Así de simple fue mi razonamiento. Así de simple me pareció la alucinación con la que cargan los turistas que pasean a diario por Rio.
El arrullo retornó, nunca se había ido. Aullaba más, y me amaba más... El taxi no aparecía. Y me tiré al suelo, aquello era mi Corán. Sobre su superficie de bellos senderos fue que me hinqué, no obstante, aquello aullaba con un penoso dolor.
Examiné las figuras con la perspectiva de la experiencia del fotógrafo. No sería la Estética el auténtico misterio... Se formó, dentro del foco, un efecto bokeh "en espiral". En el fondo de lo desenfocado, emergieron galerías infinitas de repeticiones.
El Pedregullo del basalto negro y la caliza blanca musitaba un repetido propósito (hábitos del hombre común). Un ineludible exhorto. Aullamos: “Mío, mío, mío.”
Comprendí qué es ser uno con ellas, yo en ese instante lo entendí todo.
Me incorporé mareado. Saqué una fotografía con el celular, y después otra, y diez o veinte más a todo el calçadão. Toda aquella figura pisoteada, bella silueta ultrajada. Debajo del oprobio, de lo humano que repta: exóticas curvas, cinturones y galaxias, el neutro color del ying y el yang que emerge en la abstracción, infinitas y divinas cabezas acromegálicas. Seres, como de otros mundos. Hablan por nosotros (pensé), y dejé de fotografiar.
Ambas Maravillas, ya dentro de mi puño derecho (aún no sé cómo fue que apresé la segunda). Nunca son demasiados los procederes para arriar al bruto hacia el ganado, juro que lo oí claramente.
13 DE FEBRERO
Hace varios días que María regresó a Buenos Aires y no sé de ella. Convivo en una pequeña habitación de la pousada Cachoeira de Niteroi con dos hinchas del Botafogo. Por las noches recibo de estos hombres infelices brincadeiras. Yo ya no me separo de mis Maravillas, siquiera intento esconderlas bajo el colchón. Los hinchas algo sospechan, disimulan y toman cerveza como locos. Nada es casual... Temo que mi misión se complique por estos fanáticos.
14 DE FEBRERO
Ayer decidí mudarme, regresar a Ipanema. Cuando finalmente alcanzo la avenida Atlántica oigo infinitos reproches. Aullamos y lamentamos habernos extraviado por Niterói. Cenado aquel prohibido loto de narcótica amnesia.
Me hinco llorando, recibo una misiva: debo instalarme en el morro de Cantagalo y desde allí vigilar la obra.
19 DE FEBRERO
Hace más de dos días que los hinchas me buscan desde abajo del morro. Transporto mis Maravillas en los calzoncillos, me robaron el teléfono en una pelea y me quedé sin dinero
22 DE FEBRERO
No como nada desde ayer, desde que le robé su miserable plato de farofa a ese desgraciado. Temo por la misión y decido regresar a Argentina caminando.
23 DE FEBRERO
Desisto en mi regreso, ya nadie me espera allá. Entierro los cuerpos de los hinchas en lo hondo de la mata. Con el dinero que encuentro en sus bolsillos compro un litro de açaí. Más calmo, aguardo una nueva misión.
9 DE MARZO
Es mi cuarta noche entre la servidumbre del Palacio Copacabana. Sirvo agua de coco a personas cuya importancia parece estar inscrita en el aire que respiran: importantes políticos, estrellas de cine. No sólo vernáculas, sino también internacionales. Pregunté, un día, en cuál habitación se hospedó Orson Welles. Nadie sabía quién era. Les cuento (no les interesa, salvo por uno del staff de cocina que vio alguna vez una de Glauber Rocha) que Welles estuvo a punto de matar a unos bañistas cuando arrojó una máquina de escribir por la ventana, en un día de poca inspiración.
14 DE MARZO
¡Me encontraron, no sé cómo, pero me encontraron! Ellos me mandan a comunicar la siguiente orden—lo haré de forma expedita:
Nuestros ideogramas, sobre los que ustedes deambulan bronceados, enarenados y descalzos, son parte neural de una gran red. En Neural (así es el nombre de esta red), el “amor hacia el mar” es nuestro clásico modelo de etiqueta no invasiva. A pesar de que se reglamentó inmediatamente después de la terrible experiencia del desdichado Odiseo, debido a vuestra violenta naturaleza, la norma nunca pudo ser exitosa. Todos nuestros amables consejos fueron siempre insignificantes contra vuestro deseo de “Perpetua esclavitud”.
Mis Maravillas me han nombrado. Luego de ciertos ritos —que no relataré aquí— he recibido un título nobiliario: Maestro, Gran Contrapeso. He venido a resolver una antigua disputa entre azules y colorados.
La Biblioteca de Alejandría, con múltiples copistas, demostró que las copias pueden ser igual de valiosas que un original. De aquel tiempo, el universo ha invertido su polaridad. Ahora todo está mezclado: turistas, esclavos, los que ayunan, los que muerden el polvo, los padecientes, los brutos y sus amos, los cuerdos y locos, los ancianos con los niños, los que viven adentro y los de Siempre afuera...
Yo fui turista y también un esclavo. Pisoteé tu nombre sin comprender. ¡Bendito Marx, yo no entendía nada de filosofía! Escupí saliva con agua de mar sobre tu creación. Me perdí entre las múltiples esferas de piedra, (ahora sé lo que son) sentidos de una sola ecuación... Huí de la caverna, y no pienso volver.
João volcó el vaso de cerveza y mis dos Maravillas rodaron por el paño. La blanca cayó al piso y se partió en dos; a la negra la salvé justo a tiempo. Esas piedras desiguales extinguieron, ¡por fin!, un último y pavoroso aullido.
João mira su imaginaria generala. Arroja el vaso por el aire. Escupe entre sus ojotas amoratadas. Ríe, se me ríe y se ríe. El vaso estalla sobre vos, mi amor. Me agacho, recojo algún trozo del vidrio. Le corto el cuello de lado a lado.
¡Ahora soy yo el que se ríe de Janeiro!
A María Luini



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