NO DISCUTIRÉ MI MUERTE



Existe un solo tema que nadie puede decir que no sea original, hay una única argumentación que no puede ser rebatida, una idea propia, única y también individual en su singularidad. Mi muerte no puede ser tema de debate, ni pertenece a un estamento o arquetipo de categoría propia de la ilustración, ni de la edad ramplona de los seres únicos que eran diferentes por naturaleza.

¿El jugo de la esencia es la sustancia? Bueno, entonces, mi esencia al morir hará sustancia con otro aspecto del existir del tipo abreviado: un gusano es un ser sintiente, una abreviatura de mi carne en simbiosis. Diga lo que diga la biología, mi muerte y los gusanos pertenecen a la imaginación (la de Poe). Aquí es que nos ponemos epicúreos y decimos: la muerte ya no nos importa.

La muerte es la “seducción” de la dama que atrevida nos subyuga en caducar lo estoico, ceder a la baja pasión.

¿La muerte es una pasión más? Una degeneración de una pasión, que en relación con otras fuerzas del alma revierte su consideración por lo finito hacia lo próximo, así esto sea una fantasía y no una dimensión habitable.

¿Es por ello que habitar la muerte se nos vuelve ignominioso?

Siempre habrá topologías a las que recurrir: Duat, Tártaro, el cauce del río Aqueronte, etc.

En la muerte se habita dentro de los límites mismos – de los destinos de la certeza del cotidiano–, allí está el inframundo con sus leyes y tópicas.

Ahora bien, habitar mi muerte, que como ya dije: es individual en su singularidad y en lo múltiple a su vez, singularizado – esto dicho– en mi idea topológica o síntesis positiva que puede abarcar tanto su materia como la forma básica o nominal del topos (τόπος). Es decir: si buscamos la partícula última de la realidad en lo inmersivo de la técnica cuántica o en lo expansivo de la vista detrás de un telescopio, todo lo que es comprendido a los anchos será una simple síntesis entre ambos problemas.

El mundo, por lo hasta aquí dicho, es como el queso de un sándwich, entre la introspección del monje– o la inmersión entre partículas elementales– con la excentricidad del astrónomo que necesita abarcarlo todo como el dios que se busca a sí mismo en su propia creación.

Sea como fuese, mi muerte irradiará panegíricos y misterios por toda la faz del más allá que yo imagino. Un convulso estado del no-ser alimentado por el mismo vacío en agonía. La muerte me parirá en el más allá – que es mío– como a un hijo o un recién llegado. Por lo dicho: mi vacío que conformo con mi ausencia, momentánea, mientras escribo esto, al menos sabe que yo estaré allí para alienarlo desde el momento que mi corazón se detenga.

La redención del tiempo en el vacío es mi nacimiento mesiánico. Reinaré sobre la faz de mi vacío y crearé fuera de él aquello que imagino que sueño cuando pienso: que el vacío no es más que un destino propio en lo ajeno, en la pluma y en mi deseo.

Como Jesús, tendré mi año cero.

Será como el momento en el tiempo que busca los cuerpos para situarse y definir una estrategia. En mi vacío que he creado y al que iré, si es que alguna vez muero, buscaré una opción de compra bien cerca, quizá la ceniza de una urna arrojada al potrero. 

Esto no es lo importante, mi muerte como año cero de mi vacío determinará que lo que amanezca de mí no solo sea el tiempo, también la biblia, infinitos reinos y pocos empleos.

Mi muerte, y cómo será, tampoco nadie puede discutirme.

Junto al revólver, ni comentar ni opinar sobre la grama o la taxis (tarifa) de esta sintaxis, yo puedo.

Mi muerte es individual en lo singular de una multiplicidad que piensa que morirá a un lugar ya creado por otro...

Pobres... esclavos.

Comentarios

Entradas populares