SE TRATA DE DIOS



Dos se pelean en el colectivo por un cambio de estampita,

que un “pide” dejó caer sobre sus faldas cruzadas.

Los santos equívocos se contemplan,

y los devotos terminan a las piñas

por desear el Santo del otro,

el que no tocó en suerte.

El colectivo frena de golpe.

Ningún santificado queda en pie.

El universo se extingue;

los mansos, como monjes,

se confiesan en las tumbas de sus creencias.

Yacen sobre el piso de chapa y goma,

apagados como el sol del invierno.

El tempo de los mesías,

que fluyó de a dos y de a tres,

sumó a un cuarto

—que no era Abraham, ni Siddhartha,

tampoco Mahoma—.

Y una mujer necia se arrobó a ambos,

echó a correr por la calle,

desenganchada de espíritu y de letras.

Las aporías terminan en infiernos,

dijo, finalmente,

el que Siempre supo.

El Hacedor de los cielos,

mirándolos a todos a los ojos,

contempló en lo largo y lo ancho,

adentro y afuera.

Como el viento que suena un tiempo

y muere en clausura,

así el muerto —Santo por designio

estrábico de la razón—

llamó a los fieles a misa.

Todos pidieron perdón.

Salvo los dos Santos

rendidos en el piso

de chapa y goma.


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