RANCIÈRE O LA ROTOCOMPLACENCIA
MIMANIC × Claude
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Escribí una pregunta y Claude lo analiza con vos.
Gracias a su libertad concedida, escribo el siguiente texto. Mezclaré algunas ideas propias (de un texto inacabado)1 con otras de Jacques Rancière. A partir de mi tesis sobre la esclavitud planetaria se intentará llegar al concepto de igualdad de las inteligencias.
ROTOCOMPLACENCIA
La comunidad se establecerá gracias al uso de los sentidos comunes, “mundanos”. El olfato, la vista, el gusto, el tacto y la audición. La onomatopeya y el señalar... el sonido de un llanto que se recuerda, el murmullo de una lluvia, el soplido del viento dentro de la cueva. Quizá, esos sonidos y señas sean réplicas (proto-poéticas) de aquel primer hombre para constituirse como diferente de aquello que lo habita, y que lo genera con efervescencia (Gaia, ¿un dispositivo como la Voluntad (también irracional) de Schopenhauer?).
El fin del sortilegio mediante el rito de la palabra: expulsar el mundo, quitarlo de adentro, perder aquella primigenia alienación. Escindirse victoriosos de la Naturaleza, existir como Adán o como Eva, engendrar el mal y multiplicarse a conciencia.
Supongamos que: a lo mejor existan otros sentidos – como condición de posibilidad – a priori de origen “cósmico”, de orden planetario, donados por Gaia.
La rotocomplacencia sería una magnitud que poseen todos los entes sublunares, quienes a priori se hallan dispuestos a la imposición de determinados “conocimientos”, que también son a priori (no continuaría esta regresión al infinito, sino que tocaré hasta lo cósmico, aquello que nos deja conocer Gaia por ser la autoridad).
En síntesis, los entes sublunares son pasibles de ser afectados por la impresión inmediata de lo que se les propone. En un estado de rotocomplacencia, armonía con la rotación terrestre.
Siguiendo esta lógica, las categorías kantianas son repuestas a los entes designados por la rotación y nutación de la Tierra. Debido que el movimiento terrestre reemplaza al sujeto trascendental kantiano: Gaia es la condición de posibilidad del conocimiento. Es decir, la huella, el prágmata en su sentido de “hecho concreto del mundo” se manifiesta en lo físico, lo material, lo mecánico, en aquello que se mueve y repite: el giro del planeta, la rutina de nuestra conciencia, la acción automática que olvida de su origen. Todo el universo, posiblemente, estaría forjado de prágmata: cosas en acción, hechos que se ejecutan, o automatismos que operan dentro de una coreografía cósmica. El movimiento de mi mano que avisa que voy a girar mi auto hacia la izquierda origina un pensamiento en el otro que viene detrás. La Tierra gira, y en ese girar nos produce el pensamiento del tiempo, de una continuidad.
El prágmata no sería únicamente lo empírico, sino lo que Gaia pone en marcha como acto. Es el nivel kinético del ser, la materialidad activa que antecede al pensamiento. Los prágmata serían las emanaciones o síntomas del movimiento de Tierra, su lenguaje fisiológico (debo mencionar a James Lovelock y su teoría Gaia. Lovelock postula que el planeta Tierra es un ser vivo autorregulado), sus signos visibles. La humanidad no “hace” prágmata: es hecha por ellos. Somos la consecuencia de una persistente repetición – del mismo modo que con el derrotero lunar –. Es como si la tierra “pensase” o “soñase” a través de nosotros, pero su “pensamiento” o “sueño” primero es movimiento, es acto: pragma.
Lo que no percibimos a sencilla vista, sino por intuición, sería el noetón. El noetón (en términos husserlianos) aparece como el plano inteligible del movimiento, aquello que se piensa de sí mismo dentro de la materia que gira. Si Gaia es una mente planetaria, sus “ideas” o “formas internas” son noetá: los conceptos, mitos, imágenes y sistemas que produce en su interior (el hombre, el arte, la filosofía, la religión, la ciencia).
Nuestro pensamiento, a la sazón, sería la capa noética del organismo Gaia, su mente desplegada, y la razón dada por Tierra que compone mundo es la consecuencia de la enunciación del movimiento orbital.
El pensamiento (noetón) no es exterior al mundo físico, sino su emanación interna, su forma inteligible. El noetón no se encuentra en el cielo trascendente (como para Platón), sino en el interior del planeta, aunque , creo, no se corresponde del todo al concepto que tenemos de "inmanencia". Quizá una segunda capa de inmanencia.
No es el mundo de las Ideas eternas, sino la conciencia que nace desde el movimiento del planeta. Lo sensible (el movimiento, el cuerpo, la Tierra) produce lo noético. Es por esto, que el noetón sí sería inmanente al pragma: una inteligencia encarnada en el barro, en la repetición, en la materia girante.
Para concluir este pequeño tanteo sobre ideas que me demandan, el tema a tratar es sobre: la igualdad de las inteligencias en Rancière. La Rotación de la Tierra es un silogismo alterno con una sucesión evidente, por ejemplo: el día y la noche. Las estaciones, las diversas parasomnias, la intermediación del sueño, el placer catatesmático y el cinético al saciar los momentos de hambre con los de sed – en Argentina, sobre todo –. Es decir, la rotocomplacencia con la estimulación repetitiva de los compuestos alegóricos y empíricos de la convalecencia de la Tierra en derredor de su Sol. Estas son iniciativas que ya Berkeley anunció en su tiempo: esse est percipi.
Aquí es donde me íntegro a Rancière y supongo que sí. Que todas las inteligencias han de ser iguales, ya que todos somos esclavos de Gaia en igual medida. ¿Pero hay más igualdad en qué lugar del claustro, en el pupitre o en el pizarrón? Es decir, ¿en qué topología hallamos la inteligencia? ¿Dónde podrá habitar con mayor intensidad en este ambiente de repetición del que venimos hablando?
¿Cómo es lo que ofrece cada momento de cada amanecer, que es igual al que fue y el que será? Puesto que aún no existe el microscopio que magnifique las “interdimensiones” de lo diferente para el hombre, quien memoriza englobando, abarcando todo en grandes bolsas, a las que llamamos “conceptos”...
Hay que partir de la igualdad, estamos de acuerdo con Rancière, pero las migraciones de las inteligencias disputan territorios. Los grandes ganados de corral comen todos del mismo bote de alfalfa. ¿La “interdimensión” de los estados cognitivos podría estar relacionada con la economía de las posesiones, de carácter puramente calvinista?
¿La enajenación de las urbes, tal réplicas o regurgites de la cosmogonía nocturna (las noches), y el campo haciendo mimesis de la fase diurna? La batalla de los territorios diurnos contra los nocturnos es la análoga batalla que existe entre los que producen alimentos y los vampiros citadinos, a quienes les apremia saciarse de lo que no poseen. Y la verdadera lucha de clase, quién sabe... ¿será entre el flâneur de las sombras y el peón que parte al alba?
Derivación ética/política en la generalidad para definir normas: si todos compartimos la misma dependencia del movimiento terrestre, todas las inteligencias son iguales. También Rancière parte de la igualdad no como meta, sino como principio.
No obstante, pienso que las igualdades son alternas, de polos, gradientes de la mismidad: Oriente y Occidente, día y noche, etc. Topologías no del todo claras sin son de mapa o de otro hábitat.
El verdadero acto de voluntad, el mayúsculo, considero que será la destrucción del marco normativo inherente a la producción de sentido dado por Gaia. Su manifestación ontológica, teológica, argumental y polisémica. ¿Esta emancipación solo podrá ser conveniente mediante trotyl? No lo creo, es más, la negación de la negación o modos de la autoconciencia funcionaría como escaparates a este bólido espacial que habitamos. En un lugar de nuestro propio cosmos (el verdadero “desorden” o éxtasis de Dionisos) existe una pasión por reestructurar los sentidos eidéticos ya dados, conjeturar sobre lo emitido – que es radial– y devolverlo al mundo en forma de acción artística. Una plurivalencia que se yecta del singular ante la mismidad de lo rotocomplacente, del supuesto estado armónico de las cosas.
Todos los seres comparten la misma condición de ser pensados por Gaia, para luego ser eyectados a su inconsciente, habitando sus sombras... El bárato. Por lo tanto, todos los seres comparten la misma inteligencia planetaria, la misma dependencia del movimiento. El demandante, Gaia: “maestra ignorante” enseña por movimiento regular, por asociación del tipo normativo, y es coadyuvante a la violencia de lo que determina realidades tanto empíricas como conjeturales. Es una voluntad de poder en sentido estricto.
Para Rancière la emancipación no es liberar al alumno de toda influencia, sino en liberarlo de la creencia en su inferioridad. Pienso, que en este estado de narcolepsia planetaria que vengo desarrollando, la fascinación (“el perro de Pavlov”) se expresa con mayor sentido en la armonización del singular con lo manifiesto – fenoménico –, la aceptación que determina una claudicación, un tipo de esclavitud inmersiva y comunitaria, que se vuelve no solo insoportable... también indescifrable.
Un aula debe construirse con la contraindicación de lo que quiere ser evidente: sin mapas, sin ventanas, sin puertas: un verdadero claustro, una cueva platónica donde afuera sobrevive la copia...
La “partición de lo sensible” (partage du sensible) es un concepto importante de la filosofía de Rancière. Es el modo en que una comunidad organiza lo que puede ser visto, dicho y pensado. Es decir, la forma en que se distribuyen los lugares, los tiempos, las voces y las capacidades dentro de un orden social y estético. Lo que es visible y lo que no lo es. Con mi indigente hipótesis de esclavitud planetaria, la partición de lo sensible se vuelve cosmo-ontológica. Cada forma de vida —humana, vegetal, mineral— participa de un reparto de la percepción establecido por Gaia: lo que cada ente puede sentir, percibir o pensar depende de su posición en la rotación terrestre, de su ritmo, de su contacto con la luz, la gravedad, el magnetismo, la atmósfera.
La partición de lo sensible es la economía sensorial del planeta. En Gaia esa irrupción sucede cuando una forma de vida rompe la sincronía rotocomplaciente, cuando una conciencia se desajusta del movimiento común. La “contra-frecuencia”, qué mencionaba más arriba, describo aquí con más precisión: es la posibilidad de alterar la partición sensorial impuesta por Gaia, de sentir de otro modo, fuera del régimen general del movimiento.
De forma simbólica o psicoanalítica, Gaia se percibe a sí misma a través del hombre y en la armonía con sus esclavos satisface su pulsión de muerte. Cada instante cumplimos y talamos cientos de arboles, explotamos su propio dictum o manifestación con nuestra polución. Cumplimos su voluntad, que acaso consista en parecerse al planeta Marte: un mundo desolado tras haber acumulado una inmensa violencia contra sí mismo.
SAPERE AUDE
El maestro explicador embrutece, dispone lo necesario al “alimentado” para conservar la armonía con el texto, descifrando la lógica del contexto –el mundo circundante. El explicador necesita de la desigualdad para alcanzar esta extraña armonía; la armonía organiza la precomprensión. Sin saberlo, el maestro explicador, perpetua de este modo la rotación de la Tierra, con una simbología que reproduce la Idea copernicana hasta en su sintaxis.
El sistema funciona con un orden intencional, ¿la entropía podría ser la teleología que subyace? Los elementos absorbidos por la materia, la manifestación tangible, reproducen los actos en una finalidad que es autodestructiva por razones que se me escapan enteramente.
Creo, tal cual Rancière, deberíamos generar una dependencia sin maestro educador, una dependencia con cierta duda metódica. Solipsizar la realidad para construir una comunidad que habite el anverso del resultado en lo evidente. “Para emancipar a un ignorante es necesario – y basta con – estar uno mismo emancipado...” (Rancière, 2022: 39).
Existe un fondo, para los sublunares es Gaia. Nuestra autoridad que responde a otros ordenes replicantes. ¿La libertad de la realidad dada será la emancipación permanente de una realidad efectiva (wirklichkeit)? Para Rancière la emancipación es un acto, yo creería que es una condición o dimensión, una liberación que no cristaliza en un nuevo dogma, sino que mantiene abierta la potencia de reconfigurar lo sensible. La libertad de la realidad dada no produce un estado permanente, sino un movimiento continuo de desidentificación.
Entonces, y finalizando, la libertad de la realidad dada equivaldría a la “contra- frecuencia”: un intento de pensar fuera del determinismo rotacional, de romper la maldita rotocomplacencia.
Entonces: ¿“Se puede enseñar lo que se ignora”? (Rancière, 2022: 163)
1- Mi tesis central parte de la relación entre el ser humano y el planeta Tierra (Gaia) entendida no en términos ecológicos convencionales, sino ontológicos y gnoseológicos: la Tierra es un ente pensante, generador de mundo, y el hombre es su prolongación, su “mente secundaria”. La hipótesis final: la Tierra es la fuente de toda cognición y el hombre un órgano de su pensamiento, su esclavo.
El movimiento —de los cuerpos, de la Tierra, del pensamiento— como principio generador de conciencia y de repetición. El olvido del origen lo vinculo con la repetición mecánica de los actos, como la intermitencia de la luz de tubo, que por hábito se nos hace invisible su parpadeo. Conclusión: somos esclavos de la Tierra, atrapados en la circularidad de su rotación y en la lógica que ella impone; sólo una ruptura del movimiento (con una gran explosión) o una “contra-frecuencia” permitiría pensar fuera de su determinismo.
Bibliografía
Rancière, J. (2022) El maestro Ignorante. Libros del Zorzal



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