El DIABLO DE TURDERA





Voy a contar una historia.

La vida de Juan Secomanco, a quien en el barrio llamaban el Diablo de Turdera.

Fue un hombre de cepa dura y bebedor de mal vino, enemigo natural de toda medida, amigo de la ponzoña y de los tropiezos, criado en un mundo que parecía inclinarse siempre hacia el costado equivocado. Vivía bajo los olivos del patio de su madre, una mujer empeñada en cultivar árboles en macetas, convencida de que algún día serían huertos. Eso nunca ocurrió. Ella solía repetir que de esa casa no podía brotar fruto alguno, que ningún templo permitiría que alguien se acercara a su hijo sin salir manchado. No podía estar más equivocada.

La noche anterior Juan había matado a un perro. Le bebió los ojos en una jarra que mezcló con alcoholes distintos, sin método ni apuro. Sus pocos amigos lo llamaban el Diablo de Turdera; sus enemigos lo chiflaban por la calle, como se chifla en la cancha a un mal jugador. Esa costumbre, pensaba Juan, les costaría la vida tarde o temprano. No por maldad, sino por ignorancia: no saber a quién provocar es una forma lenta de suicidio.

No pasó mucho tiempo hasta que cumplió su presentimiento. Le rompió el cuello a Paulo una madrugada sin testigos. Días después hizo lo mismo con Marito, el vecino. A Susana, la mujer de la panadería, le ensartó un machete en la pierna, y a la hija de ella la violentó contra las bolsas de harina destinadas a los miñones del día siguiente. El barrio no habló de eso; el barrio aprendió a callar.

La violencia no había comenzado entonces. A los diez años Juan había matado accidentalmente a Don Turbio, el pescadero que vendía mercadería fresca desde la caja de un viejo Rastrojero. A los trece violó a una mujer anciana y ahogó a su nieto en la bañadera. Luego se duchó con cuidado, no por arrepentimiento, sino por una necesidad antigua de limpiarse, como si la culpa fuera una sustancia adherida a la piel.

A pesar de todo, Juan fue un católico riguroso. Creía en la tradición, en el orden, en la letra. Aprendió latín a los quince y, ya entrados los cuarenta, lo hablaba con fluidez suficiente como para corregir a otros. Una noche mató de un mazazo a un hombre que dijo “kit” en lugar de “quid”. No toleraba el error cuando provenía de la ignorancia.

Decían que, cuando estaba poseído por la furia, hablaba con una dicción extraña, cargada de consonantes duras, como si la lengua se le volviera ajena. Sin embargo, cada vez que pronunciaba una verdad en latín, citando a algún padre de la Iglesia, alguien moría poco después. No por castigo divino, sino por proximidad.

La noche de su muerte una tormenta cerró el barrio como un cerrojo. La central eléctrica cayó y Turdera quedó sumida en una oscuridad espesa, semejante —dirían luego— a la cueva de Platón. Juan salió convencido de que la noche volvería a protegerlo.

No vio venir el cuchillo.

El puñal le atravesó la lengua antes de que pudiera articular palabra. Cayó de rodillas, sorprendido no por el dolor, sino por el silencio. El arma pertenecía a un hombre al que llamaban el Papaso, porque hablaba siempre citando frases del Papa Francisco. Era pequeño, insignificante como un gnomo, casi invisible. Nadie lo tomaba en serio, y tal vez por eso nadie lo veía.

El Papaso no huyó. Permaneció quieto mientras Juan se desplomaba sobre la vereda. Antes de morir, el Diablo alcanzó a distinguir unos pies diminutos alejándose en la oscuridad, y comprendió —demasiado tarde— que la ignorancia también puede ser una forma de fuerza.

El abuelo del Papaso ocultó el cuerpo. Lo enterró con apuro bajo una maceta olvidada en el patio, una de esas que la madre de Juan jamás regaba. Con los años, de esa tierra brotó un zapallo verde y dulce. Luego otras verduras, todas distintas, como si el suelo hubiera aprendido a multiplicarse. Al año creció un árbol enorme, de ramas anchas como brazos humanos. Dio frutos imposibles —bananas y nueces en la misma estación— y después se secó sin causa aparente.

El barrio dejó de hablar de Juan Secomanco como de un hombre. Lo recordó como una anomalía, una fe torcida, una violencia convencida de su propia justificación. Algunos decían que su historia demostraba que la vida se parece más a un árbol que a un dogma: germina, crece, da frutos extraños y finalmente muere.

Todos los personajes de esta historia son ficticios: diablos, gnomos. El barrio, en cambio, persiste. Y la tierra, a veces, todavía da horribles frutos donde nadie los espera.¹




 

¹ Nota del narrador.

Escribo esto dos días antes de la Nochebuena, a punto de irnos de viaje a la chacra de Ayarza. Allí, el “Diablo” Secomanco será uno conmigo.

Mi yo se recompensa con el deseo de asesinar a todo el mundo con un sacacorchos, vestido como el “Diablo”, de rojo, en este lado de la vida que llamamos realidad. Dirán que soy Papá Noel, la versión sudamericana del xenófobo Santa Claus. En su equivocación descansa mi deseo de exterminio: no necesitarán siquiera preguntarse por el “kit” de la cuestión; verán su sangre antes de contestar nada.


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