TORRENCIAL



Escribo menos que poco, me conecto poco con el poco y tomo aquello, lo poco que queda, también como poco.

No voy a soltar nada de lo que me dicen, no voy a perdonar a nadie que se merezca morir, no pretendo el encuentro. Sé de olvidos, me nombro tu boca en silencio con el olvido de los momentos únicos en que fuimos dos, en dos por tres quisimos y no pudimos. 

No quisimos realmente tener a un tercero, un hijo amante. Un eunuco para venir al mundo de mis abuelos, conmigo hospitalizándolo todo bajo mi ala de horror. 

“No quisiste venir, y lo entiendo”.

El ruido de los mortales que soplan mi nuca, sus sueños con alarmas de autos que oigo y truenan en los escarmientos de este calvario de todos los días: ser uno mismo en este cuerpo de pellejo frío como el pollo con menudencias en la bolsa del supermercado, ese que supimos siempre devolver sin vomitar.

No quiero envidiar, necesito aprehender la puesta del tiempo en el occidente, entender lo que sucede en lo físico para hacer la Idea, que todos sean mi Idea, que todos digan que sí, que yo soy su Idea, que soy su mito, leyenda y escuela. Quiero una prosa que se sume al viento de mis dominios, en el monte claro, en el olvido de la pus que me sale en la nuca, justo entre la oreja que transpira sebo.

Detesto lo poco que soy; en consecuencia, odio lo que he sido. Vivo en este martirio muerto, propio atajo del ser en mi vida, que no por suerte fue o será mío.

No escribo siempre lo mismo; leo siempre los sueños que me hablan desde el fondo de un vacío con eco. 

Son las murallas de los principios las que comen esta noche en mi casa, dos por cuatro metros cuadrados que sostienen toda mi villanía.

Porque lo que trabajo es el odio entre los mortales hacia los dioses, los tremendos dioses. Esa es mi lucha: matar a los dioses, esos hombres que son mejores que uno. Los dioses que hacen todo bien, menos el yo, que mi cuerpo observa. No doy de alimento a un mundo que no me quiere, no alimento las fantasías. 

Dejá de llorar...

La triste agonía no es importante; siquiera es lo que viene al cuento. La música del estómago vacío tampoco es una solución para los mendigos. Todos vivimos de la realidad que comemos. Todos nos nutrimos de lo que es propio, nuestra parte animal. Tan racionales que fuimos, comimos el pan para sanar, cuando demasiado animales somos y devoramos lo que fuimos, creyendo que eso somos. Los pollos, las carnes de las vacas, los peces del océano: todos somos, a todos incumbimos, como la parte racional de un todo que se explica en su naturaleza desplegada. El organismo, todo; nosotros en la cúspide invertida por abominación, por destrucción de lo que consideramos no nuestro, animal e irracional. Así y todo, aún no como mi propio culo porque no me apetece. El asco primero es a la Idea. El que es irascible o irracional se come a lo propio. El que almuerza vaca comerá el pasto que no pudo ser, pero además, resumido en el fenómeno de la vaca, se hallan nuestras cavilaciones de brutos que quieren entender la Idea, es decir, desechar aniquilando.

A ver, a ver si me aclaro esta cosa de una vez:

El alimento es la corporización de una ambivalencia que nos genera duda. Eso que como es como yo, pero estúpido. No puede ser yo, porque es estúpido; entonces lo como, lo extermino y lo asimilo como parte superada. El problema es que seguimos criando ganado, generando nosotros mismos el mismo y estúpido problema.

La ganadería, como también la agricultura, son creaciones humanas para domesticar el lado salvaje que se nos hace estúpido y digno de aniquilar. En la asimilación de la estupidez, se da luego, claro, la repetición: es decir, resembramos, criamos cualquier bicho imbécil que consideramos digno de parrilla. Y así el perro sigue zafando porque nos lame el culo, el más vivo de todos. Él, que come algo más estúpido aún: nuestra creación más estúpida, el alimento balanceado.

Es decir, el perro come nuestra técnica, que le ahorra el trabajo de decirnos que somos unos imbéciles. El plato mismo es el testigo máximo de nuestra intestina e imbécil respuesta a la maravilla del cosmos.

Y así iremos cantando, soñando que vivimos en un pueblo con algarabía, con dedos de fierro que queman parrillas inmundas con sebo de chancho, con migajas y sonrisas. Animales, plantas, insectos, al fuego de todos los fuegos: somos tan estúpidos que consideramos todo esto un hábito de progreso hacia una final salvación donde solo habrá uno solo, el más inteligente, el de más razón, el uno que habita en el solipsismo de cada propio aunque anden juntos o en reunión.

Viva el asado y viva Perón.


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