LA CONCENTRACIÓN



En el tiempo que toma mi cabeza lograr el foco o la concentración, escupo mi baba de mixtas palabras. Una discordia de siempre: la baja autonomía de mi espíritu que me asoma por los espacios que yo mismo le permito. No vaya a ser que mi espíritu, sea lo que fuera, ande por ahí en la busca de un pan que morder y una mano para acariciar… por ese mear de perro que uno fue… contra el poste de luz, a las 12 de la noche y en pleno Belgrano. 

Puesto que los principales villancicos se escribieron en pascuas y las excelentes recompensas nacen donde uno hace: “lo que en vista del progreso hace”. 

Entonces, y por eso, usted gime: “¡Es la pública razón de mi creencia!” ¡Qué pedazo de espacio de cosmovisión totalmente impune! Nadie más que uno debería saber aquello que se encuentra dentro de la mente de ese spiritus que a uno maneja, como se maniobra una máquina cartesiana. La inversa medida de lo justo, la anomalía de la razón como cimiento.

No existen enormes novedades en cuanto lo propio, pasó poco tiempo desde ese último posteo. Sin embargo, reconozco un embrutecimiento adquirido por el hacer permanente de mi oficio. El cine embrutece. 

Mejor dicho, y para no herir susceptibilidades: el hacer cinematográfico embrutece ciertas cualidades del alma. 

Sostengo que la pasión es la primera embrutecedora. Ella se canaliza en actividad con movimiento radial sobre la cosa a la que se le ejerce un determinado dominio. La pasión activa el proceso de la violencia. Genera diversos conflictos, ciertos tipos de caos y, de alguna manera, también el desorden. Engendra también al arte. 

¿El caos siempre produce arte? Creo que el arte reordena ese caos de la hechura en un abstracto conglomerado con orden aparente. Sin impuestos no habría príncipes ni reyes, y es por esto que afirmo: ¡el mejor oficio es la vida “contemplativa”! 

Y, ¿cómo se logra obtener víveres adentro de este escancio? Sabiendo que esta es la razón por la que nos sometemos a los oficios más cochinos. Saboreamos dichosos lo que “ellos” procuran que les suministremos. Esa “miel”… fruto de nuestra actividad… regurgita deidades con anchas comisuras. 

Los maldigo. Retornen a su planeta. ¡No luchen conmigo porque tengo un arma cargada con municiones de verdad! ¡Les ordeno que reculen a su galaxia interna, de donde no deberían haber venido a nuestra caverna de espíritus sometidos por ellos mismos en su propia incomprensión! 

Los alejados de mis hermanos son un pueblo de amigos. ¡Por toda la vida en la galaxia que nos corresponde en el flujo del gran espíritu divino que se desenvuelve en el espacio y en el tiempo como la cosa misma de un mixto sin resolución!

Concluyo lo que sigue: la creencia es un don que salva vidas. Empeñarse en una realidad que fue una promesa convierte al mundo en una gran sinfonía, que solamente uno escucha como cierre o colofón. Pretender que un remedio “X” sea útil “a todo el mundo” y, de la misma forma, que un relato pesaroso conmueva a todo lector: es juzgar que a todos nos da pena las mismas muertes y sufrimos el mismo dolor. ¡Poner una medida al colesterol!

Es afirmar siempre: ¡sí! como escribió el bigotudo de Nietzsche. Los pensamientos universales y las bateas de la farmacopea, en las que abundan todas las generalidades… dentro de esas variedades de medicamentos dibujaron los Entes mayúsculos, el gran círculo que incluye no solo al hombre sino también la idea de Dios. 


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