TORRENCIAL II
En este frío de infierno en el que moriste bajo un clavel enterrado.
—A veces es necesario parar —dijo Juana.
Un sombrero de paja; la montaña de mis amigos perdidos. También lo pensó alguien que conoció a Juana mucho antes de que el conejo de Mafalda existiera siquiera en la cabeza de Quino.
Nunca fue una opción: mata, matero, casa y palero.
Comienza una escritura: una suerte que acontece ante este papel blanco.
La profunda herida que el cuchillo asomó en la carne. Una ensalada de órganos, compuestos de molienda y fértiles dátiles, que un hombre escaso de cerebro puso a ordeñar en un almuerzo escondido, pretendido por la dama más bella de aquel reino.
—Palabras insensatas —murmura el gusano del hombre ñato—. Este tipo es audaz y me gusta. Pero somos dos, y entre dos no se parte el alma sin que se muera.
Por eso: mejor matar que morir; mucho menos de frío.
Ya prendió en la aurora el canto de los cisnes guiseros. Parecen blancos, pero vienen de Santiago del Estero.
Un etrusco dijo que el monje Arenas estaba inmóvil sobre el asfalto, mientras un indio leyó a Galeano y pensó que la música y la canción formaban parte de un holocausto planeado.
Tienen razón al afirmar:
el saqueo es total.



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