LA REALIDAD ES UN MONTRUO



Desde chico me pregunté qué será la realidad. En cada esquina, en el colectivo, en los sueños, en mi casa con mis padres mirándome, con mi hermana quejándose, con el pobre perro que pateé una y otra vez solo por estar harto de la existencia, la materia. En principio, todo lo que rueda es redondo, y la Tierra, yo sentía, que giraba al revés; que lo que era bueno, no era tal cosa. Que lo que había que pensar no era lo debido, sino lo indicado. Que la patria y el mundo son la misma cosa. Y cuando era muy chico y creía, sentía que la Luna me seguía y que Dios me conocía. 

Hace tiempo que la realidad es un monstruo. Uno amalgama de momentos, uno peor que el otro. Siempre en constante atropello. Siempre en movimiento hacia lo peor. Y sin embargo la realidad no tiene escape. Es lo que es y es. Y nosotros no podemos ser sin ella. O sí, pero me paraliza el miedo. Porque quizá el suicidio es la valentía máxima, la verdadera revelación. 

Existen teorías de todo tipo, hipótesis alucinadas, especulativas y matemáticas sobre qué es la realidad: cómo está compuesta, qué papel tenemos dentro. Y sin embargo cada cual presiente algo similar y distinto, cada uno con su librito, con su mejor fantasía sobre lo que es imposible saber, al menos dentro de un cuerpo. Porque el cuerpo es la realidad también, la res extensa pertenece como parte y en cierta medida como un todo de la realidad. La mente juega un papel secundario, de apoyo. 

El monstruo que nos avasalla cada despertar es temible. Compuesto de una sustancia que provoca tiempo, espacios, ideas, dolores. No se la describe más que con el pensamiento y se siente en el cuerpo de donde no sale, no se eyecta. No emanamos realidad, la realidad en cierta medida nos emana sometiendo. Es deber el sincronizarnos con ella. 

Es una jornada de escritura de Absolutos. No pretendo disimular que el enojo me vuelve maniqueo, me convierto en el monstruo que me ataca y me defiendo radicalizado. La realidad es una basura atómica. No hay que darle mucha vuelta, somos animales dentro de un zoológico interplanetario. Nos caben las culpas de otros. Nos caben las propias y la intensidad de la emoción que nos recorre nos cataliza en sombreros de altos cuernos. En demonios.

El dolor es tan grande que Asmodeo depende de la lujuria para corporizarse. Miento cuando digo que entiendo lo que escribo, yo no soy. Es otro en esta realidad que atropella las teclas. No puedo más que comparecer, obedecer, ejecutar su mandato. Comer su pan y beber su vino, porque es carne de mi carne, carne del tormento eterno, por mi culpa, mi gran culpa.

El heavy metal calma las espinas de mi corona. El enojo verdadero y poetizado. Esperanzador. Los póstumos son de la generación posterior. Lo supe en 1995 cuando un compañero de la universidad, él de Cali, me dijo: tu música ya no se escucha más... Tienes que escuchar a Pearl Jam; y no sé qué otras bandas bañadas de la cultura de los 90, una cultura póstuma. No había grandes conflictos por los que pelear. Había paz. Al menos en los que dictan los humores para con sus colonias. 

La realidad se mantiene intacta, nos adaptamos a ella usando diversos mecanismos. Uno de ellos es el arte, la industria de los sujetos que distorsionan, afectan la realidad con padecimiento heroico. Aunque como todo, la respuesta de la realidad es inequívoca y siempre triunfa. Tal es la visión del mundo con la mirada de Schopenhauer, tal la mía. Con otros nombres, con sensaciones decimonónicas uno, y padecimientos del siglo veintiuno en mi caso. En todo caso la opresión se vive dentro de cada cuerpo y cada historia que cuente la buena idea que tuvo alguien de sembrar tanta angustia en los seres que bajo este limbo ideal vivimos aterrados, comprimidos como vacas al matadero. 

No busco por hoy más que estas pocas palabras para desempolvar la máquina y mis dedos; mi cabeza aún se encuentra estancada con otros asuntos que atormentan día a día un poco más. 


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